Opinar

Semanas atrás viajé a Manizales y me encontré con alguien a quien no veía hace muchos años. Hablando de esto y aquello, en medio de las formalidades que siempre se dicen, me contó que un par de veces leyó las columnas que escribía en La Patria. Hace ya unos seis meses que renuncié a ese espacio por decisión propia; nunca, durante los casi dos años que duró esa segunda etapa (ya había estado antes y también me salí), la dirección del periódico me dijo una palabra por los textos, ni me sugirió siquiera que dejara de escribir sobre un tema en especial. Era libre de decir lo que quisiera y jamás tuve reproche por ello; al contrario: en diciembre, cuando estuve unos días allá, el director del diario me invitó a conversar y a conocer las instalaciones.

Pero también hace unos días volví sobre los columnistas del periódico y reafirmé la decisión de abandonar. Estos seis meses sin enviar el texto me han hecho entender algunas cosas: una, que tener ese espacio en un diario no es, como muchos creen, tarea sencilla. Hablar por hablar es muy fácil, pero intentar sostener las cosas con argumentos es otro cuento (sé que suena obvio, pero así es); dos, que en ocasiones llegaba a apasionarme tanto con los temas que terminaba practicando el mismo error que quienes me criticaban: creía que mi verdad era la única, que tenía la obligación de abrirles los ojos a los lectores con temas vedados en una ciudad pequeña y, al parecer de muchos, pueblerina. Y ahí otro error, más grave aún: generalizaba, creía de manera equivocada que la mayoría de la ciudad continuaba siendo así. Ahora me pregunto qué sé yo de eso, si hace más de diez años me fui de Manizales y solo voy a veces, cada vez con menor frecuencia.

Escuchaba hace poco a Leila Guerriero, la gran cronista argentina, decir a los periodistas que nunca estuvieran contentos con sus textos pues lo que hoy los enorgullecía en cinco años les haría dar vergüenza. Si ahora releo algunas de las columnas que escribí no estoy seguro de creer en verdad todo lo que dice en ellas.

A veces, también, me daba la sensación de estar dando batallas innecesarias; sin saber por qué ni con qué objetivo, tomaba la batuta en temas que no debían incumbirme. Escribí muchas columnas sobre religión con el ánimo —debo aceptarlo— de fastidiar a los creyentes de misa de domingo en la iglesia de Palermo. Pero ahora sé que es una completa estupidez intentar convencer a la gente de algo, y menos en terrenos de fe. El quiera creer está en todo su derecho, sobre todo si eso lo hace sentir más tranquilo. Quizás escribir —sobre todo columnas de opinión— conlleve despertar odios y pasiones, pero supongo que el hecho de que ni siquiera nosotros mismos estemos seguros de muchas de nuestras ideas o convicciones pone ya un primer obstáculo.

No pretendo discutir sobre la importancia de escribir o no columnas de opinión, porque ésa es otra historia. Sólo digo que, al menos por ahora, me siento tranquilo de haberla dejado.

Y muchas de ellas, quizás la mayoría, tampoco me enorgullecen demasiado.

4 comentarios:

Juanito Efectivo dijo...

Yo creo que muchas veces lo que a uno le avergüenza es la seriedad con la que expresa sus opiniones. Cuanto más serio sea uno en sus planteamientos, más insoportable es el escarmiento al evidenciarse el descache. Por ligero no se le reclama a nadie con mucha severidad, creo yo, pues.

Martín Franco dijo...

Claro. El problema con las columnas es que, por lo general, hay dos opciones: una, tomarse en serio y levantar esas pasiones (que es lo que la mayoría hace), o dos, irse al otro lado y terminar haciendo lo de Daniel Samper junior, que a mí -insisto- de verdad no me parece ni cinco de gracioso. Es difícil estar en el medio, por eso me gusta mucho lo que hace, digamos, Héctor Abad. Pero bueno, al final el tema es tan serio como aburrido.

taranto dijo...

¡Extraordinario!

yacasinosoynadie dijo...

que lindo texto... es muy cierto... la opinión es algo jodido y lo peor cualquier pequeña opinión lanzada al aires, le puede car agrandada en la cabeza a uno tiempo después.