Catorce minutos

4:18 p.m.
Me levanté esta mañana con un cierto vacío, una especie de ansiedad creciente que me agarra a veces y no logro explicar. Intenté concentrarme en un libro pero no pude estar en él mucho tiempo; leí el periódico a medias, pasé canales en la televisión y luego traté de dormir sin resultado. No creo en el horóscopo ni en el azar, pero esta mañana decía que hoy iba a estar inquieto por alguna razón. He vuelto sobre las entradas de este blog y me he dado cuenta que antes parecía tener más cosas que contar. En cualquier caso, releerme de vez en cuando me parece gracioso.

4:22 p.m.
Estoy pensando si vale la pena publicar entradas que no dicen nada. Estoy pensando que alguien, una vez más, me lo reprochará. Estoy pensando en que yo mismo me lo reprocharé luego y estaré tentado a borrarlas. Estoy pensando que escribir por escribir a veces libera, aunque no haya nada qué decir. Esta mañana traté de comenzar un cuento; redacté tres párrafos y desistí. El principio dice así: “Si no te fueras a morir, Mario, me quedaría difícil contarte estas cosas”.

4:27 p.m.
La semana pasada pasé por la librería porque llevo muchos días buscando un ejemplar de El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, para regalárselo a mi novia. No estaba. Ni en Arteletra, ni en San Librario, ni en la Nacional y menos en la de Granahorrar. En Panamericana ni pregunto porque sé que el dependiente me mirará con cara de asombro y, buscando en el computador, me pedirá que le repita cómo se llama el señor. Dirá así: el señor. Entonces tendré que irme.

4:32 p.m.
Hace mucho tiempo no brillaba tanto el sol en Bogotá. Me asomo a la ventana y veo lo mismo de siempre: los altos edificios, los autos que pasan, la gente en la calle, los árboles grises de tanto smog. Al fondo se ven los cerros, un tanto pelados. Se escucha una sirena, la alarma de un carro en un parqueadero.

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