Bibliotecas

Desde hace casi seis meses estoy a cargo de una sección de perfiles en la revista; en cada número debo encontrar un personaje, lograr que me abra las puertas de su casa e indagar por sus gustos, aficiones y todas esas cosas que uno hace en su tiempo libre pero que por lo general no le gusta contar. No es fácil encontrarlos, la verdad, pero tampoco me quejo: la sección me gusta.

El caso es que cada que voy a la entrevista suelo hacer dos cosas: hurgar en la biblioteca de los personajes y preguntarles qué les gusta leer. Me encanta mirar los títulos que descansan en los estantes porque ese tipo de cosas dicen más sobre la persona que lo que ellos mismos puedan revelar en la entrevista; después de todo, cuando uno tiene una grabadora al frente puede armar un discurso sin mucho esfuerzo . ¿O Cuántas personas, acaso, no viven de una pose?

Y uno ve de todo, claro. Bibliotecas envidiables como las de Andrés Hoyos y Ramiro Bejarano, que ocupan no sólo una sino varias salas y se meten sin pedir permiso por toda la casa: en la sala, el estudio, la habitación y la mesa de noche. (A propósito, con Bejarano me pasó una cosa curiosa: mientras me mostraba los libros de su enorme biblioteca sacó, de repente, una edición del mismo que yo estaba leyendo por entonces: La novela de ajedrez, de Zweig).

Hay bibliotecas llenas de obsesiones, como la de Mario Hernández y sus libros sobre la cultura oriental; aquellas con todos los libros de un autor, como la de Rodrigo Triana y su gusto por las novelas, ensayos y cuentos de Mario Mendoza, y algunas que, simplemente, no existen. Como Siad Char, la insulsamente bella presentadora de Caracol que apenas tiene tres libros polvorientos de Khalil Gibrán encima de la chimenea y que a leguas se ve que pocos han tocado.

Pero eso, al final, no es pecado.

O quizás sí.

9 comentarios:

Mónica Palacios dijo...

A mí también me gusta hurgar en las bibliotecas ajenas. No exactamente porque quiera saber más del dueño, sino por metida, creo. O bueno, también para ver si coincidimos en algo o si tienen alguna de esas curiosidades que me hacen babear de envidia.
El tema del tamaño de las biliotecas personales me recuerda una discusión que he tenido con algunos amigos. Mi biblioteca no es vergonzosa como la de la presentadora que mencionás al final, pero tampoco es especialmente memorable por su tamaño, porque yo me siento culpable si se me van acumulando en ella muchos libros sin leer, y entonces dejo de comprar mientras los evacúo. La posición de mis amigos, al contrario, es que ya están seguros de que nunca van a alcanzar a leer todos los libros que tienen en sus bibliotecas, pero eso no les importa, sólo tenerlos y tener cada vez más los hace felices. Supongo que todos tenemos algo de razón, pero son más felices ellos que no estudiaron con monjas que les dejaran la tara de la culpa. Yo es que siento que les estoy rebajando su dignidad literaria a los libros si los uso como objetos decorativos y no los leo.

Cambio de tema. Cuando escribís que "cuando uno tiene una grabadora al frente puede armar un discurso sin mucho esfuerzo", recordé esta 
entrevista que publicó El País con Héctor Abad hace un tiempo, en la que prefiere escribir las respuestas en lugar de hablarle a la grabadora, dice HAF: "No soy capaz de pensar hablando. Por eso tengo este cuaderno para contestarte por escrito. Porque con otras entrevistas cuando las leía me veía muy mal, me parecía que yo no había dicho lo que me ponían a decir, aunque no podía demostrarlo. Entonces opté por nunca más leerlas para no enfadarme".
Ahí te dejo el enlace, por si no la conocías. Me gustó mucho el tono y la narración de la entrevista, más que lo que dice el escritor.

Martín Franco dijo...

Sí, Mónica, en eso tienes razón: el tamaño no necesariamente significa que tal o cual personaje haya leído un montón. ¿Cuántos libros hay en todas las bibliotecas que no han sido leídos? A eso hay que sumar los que se prestan y jamás se devuelven, los que se pierden y, peor, los que se leen y después se olvidan. ¡Que son tantos! Y la entrevista es muy buena, sí, la vi en Babelia (una revista que, debo decirlo, el 98 por ciento de las veces se me hace aburridísima).

Juanito Efectivo dijo...

Yo comparto con usted el gusto por formarme una impresión, casi un perfil sicológico, una evaluación del gusto, a partir de la biblioteca. Asumo además, cada que me detengo frente a los estantes, que el dueño de la biblioteca, como yo, mezcla en desorden los libros de su agrado con algunos que eventualmente, en caso de una visita que se pase de curiosa, puedan servir para alentar o desvirtuar un cierto perfil.

En mi biblioteca, por ejemplo, que no pasa de un estante, reposa solo una pequeña porción de mis libros preferidos, ya que la mayoría los abandono en otra parte, los regalo o los vendo para convertirlos en una especie de objetos perdidos, irrecuperables y legendarios.

Martín Franco dijo...

El problema de eso, don Juanito... O no, mejor: los problemas, porque hay dos, son los siguientes: uno, que si algún día le da por releer, le toca conseguirse el libro de nuevo; y dos -que es mejor aún-, se le reducen las opciones de agarrar un libro al azar y leer un párrafo, una página o seguir de largo, si así lo quiere.

Juanito Efectivo dijo...

Eso sí es verdad, pero es que yo soy "Amante del bien perdido", como dicen en una canción muy vieja que se llama Virgen y flor.

Y por ejemplo en la biblioteca tengo muchos libros con vocación decorativa... libros como políticamente correctos de esos con los que uno no queda mal, muchos de los cuales me parecen aburridísimos. EN este momento puedo pensar en El almuerzo desnudo.

Claro que en mi defensa puedo decir que esos libros los he acumulado sin culpa.

Martín Franco dijo...

Ah, sí: de esos todos tenemos. En la mía está "Mañanas FM", una transcripción de las "mejores" entrevistas de Julio Sánchez Cristo en radio. Lo bonito de ese libro es que me lo regaló una tía cuando me vine a vivir a Bogotá, a principios del 2000, y en la primera página tiene una sentida dedicatoria. Es comprensible: los familiares suelen creer que si uno va a ser periodista -como por entonces sucedía-, hay que pasar a los "maestros": Julito, Gossaín, Amat... ¡Ay!

JuanDavidVelez dijo...

Señores, les doy un buen argumento para no votar los libros: puede que tengan hijos o sobrinos lectores, para esos muchachos será un placer curiosiar la biblioteca mientras los llevan obligados a acompañar una visita. Cuando uno es muchacho esa ansiedad que da ir a hacer una hijueputa visita obligado donde un man bien baboso (como uno) y que no haya ni un librito pa entretenerse. O ese placer igualmente cuando uno es muchacho y llega a una casa llena de libros.

Por dios que por ese motivo, por pensar en el prójimo menor de edad, no he votado los libros míos, porque una cosa si es cierta y es que los libros son estorbosos.

Incluso no me he desprendido de algunos ejemplare de soho y playboy colombia, las puse "escondidas" para que algún culicagado visitante las encuentre y crea que mi casa es sencillamente el paraíso.

Martín Franco dijo...

Claro, Juan David: esa es otra buena razón.

Juanito Efectivo dijo...

Ah, eso sí es verdad. Yo, por ejemplo, que no tengo intención inmediata de procrear, pienso mucho en mis sobrinos (que no han nacido), y guardo un montón de libros. Lo que pasa es que seguro ellos van a encontrar también por azar sus favoritos en muchas otras bibliotecas. O tal vez ni lean. Bacano si no leen también. En ese caso les presto el carro.