Bibliotecas

Desde hace casi seis meses estoy a cargo de una sección de perfiles en la revista; en cada número debo encontrar un personaje, lograr que me abra las puertas de su casa e indagar por sus gustos, aficiones y todas esas cosas que uno hace en su tiempo libre pero que por lo general no le gusta contar. No es fácil encontrarlos, la verdad, pero tampoco me quejo: la sección me gusta.

El caso es que cada que voy a la entrevista suelo hacer dos cosas: hurgar en la biblioteca de los personajes y preguntarles qué les gusta leer. Me encanta mirar los títulos que descansan en los estantes porque ese tipo de cosas dicen más sobre la persona que lo que ellos mismos puedan revelar en la entrevista; después de todo, cuando uno tiene una grabadora al frente puede armar un discurso sin mucho esfuerzo . ¿O Cuántas personas, acaso, no viven de una pose?

Y uno ve de todo, claro. Bibliotecas envidiables como las de Andrés Hoyos y Ramiro Bejarano, que ocupan no sólo una sino varias salas y se meten sin pedir permiso por toda la casa: en la sala, el estudio, la habitación y la mesa de noche. (A propósito, con Bejarano me pasó una cosa curiosa: mientras me mostraba los libros de su enorme biblioteca sacó, de repente, una edición del mismo que yo estaba leyendo por entonces: La novela de ajedrez, de Zweig).

Hay bibliotecas llenas de obsesiones, como la de Mario Hernández y sus libros sobre la cultura oriental; aquellas con todos los libros de un autor, como la de Rodrigo Triana y su gusto por las novelas, ensayos y cuentos de Mario Mendoza, y algunas que, simplemente, no existen. Como Siad Char, la insulsamente bella presentadora de Caracol que apenas tiene tres libros polvorientos de Khalil Gibrán encima de la chimenea y que a leguas se ve que pocos han tocado.

Pero eso, al final, no es pecado.

O quizás sí.

Catorce minutos

4:18 p.m.
Me levanté esta mañana con un cierto vacío, una especie de ansiedad creciente que me agarra a veces y no logro explicar. Intenté concentrarme en un libro pero no pude estar en él mucho tiempo; leí el periódico a medias, pasé canales en la televisión y luego traté de dormir sin resultado. No creo en el horóscopo ni en el azar, pero esta mañana decía que hoy iba a estar inquieto por alguna razón. He vuelto sobre las entradas de este blog y me he dado cuenta que antes parecía tener más cosas que contar. En cualquier caso, releerme de vez en cuando me parece gracioso.

4:22 p.m.
Estoy pensando si vale la pena publicar entradas que no dicen nada. Estoy pensando que alguien, una vez más, me lo reprochará. Estoy pensando en que yo mismo me lo reprocharé luego y estaré tentado a borrarlas. Estoy pensando que escribir por escribir a veces libera, aunque no haya nada qué decir. Esta mañana traté de comenzar un cuento; redacté tres párrafos y desistí. El principio dice así: “Si no te fueras a morir, Mario, me quedaría difícil contarte estas cosas”.

4:27 p.m.
La semana pasada pasé por la librería porque llevo muchos días buscando un ejemplar de El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, para regalárselo a mi novia. No estaba. Ni en Arteletra, ni en San Librario, ni en la Nacional y menos en la de Granahorrar. En Panamericana ni pregunto porque sé que el dependiente me mirará con cara de asombro y, buscando en el computador, me pedirá que le repita cómo se llama el señor. Dirá así: el señor. Entonces tendré que irme.

4:32 p.m.
Hace mucho tiempo no brillaba tanto el sol en Bogotá. Me asomo a la ventana y veo lo mismo de siempre: los altos edificios, los autos que pasan, la gente en la calle, los árboles grises de tanto smog. Al fondo se ven los cerros, un tanto pelados. Se escucha una sirena, la alarma de un carro en un parqueadero.

¿A quién le importa?

Hace unos días Argentina se convirtió en el primer país de Latinoamérica en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo. Un paso difícil que no estuvo alejado de la polémica: cientos de personas se lanzaron a la calle a protestar por esa aberrante ley que, según ellos, afecta la formación natural de la familia, el bastión principal de cualquier sociedad.

Apenas anoche vi Milk, la película de Gus Van Sant protagonizada por Sean Penn donde se cuenta la vida del activista político Harvey Milk, primer homosexual en conseguir un puesto público en los Estados Unidos y luchar por los derechos del género en los años setenta. La cinta es una historia emotiva que narra con acierto los matices de un personaje que, como todos, no deja de ser un tanto contradictorio; en cualquier caso, el camino que comenzó Milk al norte sigue dando frutos y cada vez más los homosexuales ganan un terreno por el cual no deberían estar luchando. Y no deberían, digo, por algo tan elemental como ignorado: en el fondo lo que priman son los derechos del individuo y no sus gustos bajo las sábanas.

Yo lo aprendí mejor gracias a Madrid. Hace más de un año, cuando llegué, arrendé un apartamento con Bia, la becaria brasileña, y Guillermo, el mexicano. Pese a que no sabíamos nada los unos de los otros íbamos a ser lo más parecido a una familia al menos por seis meses; creo que por entonces, debido a la emoción de la nueva vida que comenzaba, ninguno se preocupaba demasiado por el pasado de los otros. Pero a medida que corrió el tiempo, las cosas empezaron a revelarse: Guille, que es Cristiano Bautista, descubrió que lejos de lo que había sido su vida podía sentirse sin ataduras; poco a poco comenzó una lucha interna hasta que decidió contarnos su verdadera inclinación sexual.

Mentiría si negara que al principio me resultó un poco incómodo saber que mi vecino de cuarto se encerraba en el suyo con otro tipo, pero al poco tiempo me di cuenta de que esas cosas no tenían por qué importarme. Quizás sin saberlo Guillermo me hizo practicar un silencioso ejercicio de tolerancia que, hasta entonces, no había tenido la oportunidad de vivir. Y fue grandioso, no sólo porque Guille es una persona brillante, noble y admirable, sino porque pese al poco tiempo logramos construir una bonita amistad. Eso, claro, sin contar con que varias de las mejores fiestas que recuerdo de Madrid nos las dimos en Chueca.

A veces me cuesta entender por qué mucha gente piensa aún que lo que uno hace en su cama deba tener repercusiones en otros aspectos de la vida. Supongo que aún quedan varias barreras morales que serán difíciles de destruir. Yo, mientras tanto, espero algún día poder volver a ver a Guillermo en México.

Opinar

Semanas atrás viajé a Manizales y me encontré con alguien a quien no veía hace muchos años. Hablando de esto y aquello, en medio de las formalidades que siempre se dicen, me contó que un par de veces leyó las columnas que escribía en La Patria. Hace ya unos seis meses que renuncié a ese espacio por decisión propia; nunca, durante los casi dos años que duró esa segunda etapa (ya había estado antes y también me salí), la dirección del periódico me dijo una palabra por los textos, ni me sugirió siquiera que dejara de escribir sobre un tema en especial. Era libre de decir lo que quisiera y jamás tuve reproche por ello; al contrario: en diciembre, cuando estuve unos días allá, el director del diario me invitó a conversar y a conocer las instalaciones.

Pero también hace unos días volví sobre los columnistas del periódico y reafirmé la decisión de abandonar. Estos seis meses sin enviar el texto me han hecho entender algunas cosas: una, que tener ese espacio en un diario no es, como muchos creen, tarea sencilla. Hablar por hablar es muy fácil, pero intentar sostener las cosas con argumentos es otro cuento (sé que suena obvio, pero así es); dos, que en ocasiones llegaba a apasionarme tanto con los temas que terminaba practicando el mismo error que quienes me criticaban: creía que mi verdad era la única, que tenía la obligación de abrirles los ojos a los lectores con temas vedados en una ciudad pequeña y, al parecer de muchos, pueblerina. Y ahí otro error, más grave aún: generalizaba, creía de manera equivocada que la mayoría de la ciudad continuaba siendo así. Ahora me pregunto qué sé yo de eso, si hace más de diez años me fui de Manizales y solo voy a veces, cada vez con menor frecuencia.

Escuchaba hace poco a Leila Guerriero, la gran cronista argentina, decir a los periodistas que nunca estuvieran contentos con sus textos pues lo que hoy los enorgullecía en cinco años les haría dar vergüenza. Si ahora releo algunas de las columnas que escribí no estoy seguro de creer en verdad todo lo que dice en ellas.

A veces, también, me daba la sensación de estar dando batallas innecesarias; sin saber por qué ni con qué objetivo, tomaba la batuta en temas que no debían incumbirme. Escribí muchas columnas sobre religión con el ánimo —debo aceptarlo— de fastidiar a los creyentes de misa de domingo en la iglesia de Palermo. Pero ahora sé que es una completa estupidez intentar convencer a la gente de algo, y menos en terrenos de fe. El quiera creer está en todo su derecho, sobre todo si eso lo hace sentir más tranquilo. Quizás escribir —sobre todo columnas de opinión— conlleve despertar odios y pasiones, pero supongo que el hecho de que ni siquiera nosotros mismos estemos seguros de muchas de nuestras ideas o convicciones pone ya un primer obstáculo.

No pretendo discutir sobre la importancia de escribir o no columnas de opinión, porque ésa es otra historia. Sólo digo que, al menos por ahora, me siento tranquilo de haberla dejado.

Y muchas de ellas, quizás la mayoría, tampoco me enorgullecen demasiado.

Andrés Hoyos: Malpensante y poco diplomático


*Publicado en la revista CROMOS, edición 4785.

Los que apenas lo han visto un par de veces pueden pensar que Andrés Hoyos –escritor, fundador y hasta hace un tiempo director de la revista El Malpensante– es una persona fría, vanidosa. Y aunque él lo sabe, parece que al final el asunto no lo desvela demasiado: “Seguramente lo dirán –cuenta dándole la espalda a una parte de su enorme biblioteca, organizada con esmero por orden alfabético–, pero no puedo evitar que me casquen cuando durante tanto tiempo El Malpensante ha cascado a más de uno”.

Los que lo conocen, en cambio, saben que detrás de esa apariencia un tanto hostil hay otra cosa. “De él dicen que es huraño, mala gente. Después de siete años de trabajar a su lado puedo decir que no lo es. Es más bien descuidado socialmente: no se ocupa mucho de ser diplomático, ni está pendiente de la convención social del saludo o la amabilidad impostada”, dice Camilo Jiménez, antiguo editor de la revista que, junto a su amigo Mario Jursich, Hoyos fundó por allá en el año de 1996.

Y sí: quizás no se preocupe mucho por ser diplomático. Por eso, tal vez, llega media hora tarde a la entrevista, parquea su camioneta roja sin fijarse demasiado y sube apurado las escaleras de su casa con varios libros bajo el brazo. El lugar es un bosque en medio de la ciudad; en la parte de atrás se ven árboles altos y esa vegetación más bien desigual de la sabana. Para llegar hay que subir una pequeña colina en la que el tráfico de la ciudad desaparece. Adentro, la casa parece habitada por libros: están a la entrada, en el pasillo del segundo piso, dentro de la habitación, en la sala y en el estudio en el que escribe frente a un enorme ventanal.

Antes de sentarse en el sofá de la sala –desde donde se ve, al fondo, una terraza amplia– habla por celular. Concreta los últimos detalles de la nueva versión del Festival Malpensante que invita, como es usual, a varios pesos pesados de las letras. Sin mirar demasiado a los ojos y frunciendo el ceño cuando se le pregunta, Hoyos habla.

Dice, para empezar, que no es muy original en sus gustos. “Soy bastante straight”, confiesa pronunciando la última palabra con un inglés pulcro. Cuenta que le gusta leer de todo; que le encanta ir a cine aunque desde que nació su hijo Iván ha tenido que bajarle; que ha desarrollado una fascinación por series de televisión gringas tipo Los Soprano o Mad Men, y que lo que más le gusta es sentarse a tener una buena charla. “Soy básicamente un conversador”, dice.

Para eso es de mucha ayuda otra de sus grandes pasiones: la buena comida. “La verdad es que he sido siempre bastante sibarita –confiesa sin ningún asomo de pudor–. Me gusta mucho la comida mediterránea; en cambio, no me gusta la griega ni tampoco la oriental. En ese aspecto soy muy occidental”.

Comer bien, expresa, conlleva ese elemento de la conversación que tanto le gusta. Por eso, cuando viaja se informa y saca tiempo para visitar los mejores restaurantes de cada ciudad. “No siempre visito los de tres estrellas Michelin, aunque he ido a uno que otro”, revela. Como también cuenta que, puesto que su motricidad fina no está muy desarrollada, prefiere evitar meterse a la cocina.

Y, claro, viaja mucho. Le gusta Europa y suele ir con relativa frecuencia a Estados Unidos, no sólo porque tiene familia allá sino porque le encanta la cultura norteamericana. “En algunos aspectos, no en todos, los gringos están en el curubito. Digamos que el periodismo es extraordinariamente bueno; ha habido pintores muy importantes, y el cine independiente sigue siendo valioso. Y la música: uno no puede simplemente chulear a un país que ha dado a Bob Dylan”.

Pese a que se declara seguidor del rock –Los Beatles, Rolling Stones, The Doors, Tom Waits, Leonard Cohen–, admite que durante un tiempo, cuando fue militante de izquierda, dejó de escucharlo y se volcó sobre la salsa. “Empecé a comprar muchos discos e iba en camino a convertirme en un erudito –dice–. Ahora me gusta la música clásica y algunos cantantes franceses, pero no soy fanático de nada”. La salsa le dejó el gusto por el baile, una actividad que aún practica de vez en cuando: “Pero eso es como los deportes: pasados los cincuenta años uno ya no puede estarse hasta las cuatro de la mañana dando lora”.

Aunque no es lo único que lo entusiasma: al hablar de revistas, por ejemplo, se declara abiertamente proimperialista. “Las mejores del mundo son americanas. The New Yorker, Atlantic Monthly y el New York Review of Books son publicaciones de una tradición extraordinaria”. Y, de paso, aprovecha para sacar su mala leche: “Hay excepciones, pero en Colombia el periodismo no es suficientemente independiente; sucede que se mira de manera obsesiva la política cuando debería ser más polifacético. Yo diría que en general la calidad del periodismo que se hace es baja”.

Lo cierto es que, para bien o para mal, la vida de Andrés Hoyos está atravesada por libros. Lector, editor y escritor, dice que acaba de terminar una novela de mil páginas que le costó ocho años y medio de trabajo y de la cual, al menos por ahora, prefiere mantener el título en reserva. “Mis primeras tres novelas, de carácter histórico, tuvieron más o menos buena crítica y pocos lectores. Esa es la realidad”, dice.

Pero si hay algo que le logra robar tiempo a la literatura, aunque él intente restarle trascendencia, es su faceta como padre. “Ser papá, aunque tardío, me revivió la infancia, que estaba un poco relegada en la parte de atrás de la memoria. Ver a un niño crecer y adquirir las herramientas de la vida es algo muy emocionante y al mismo tiempo enigmático”.

Es medio día. Cuando termina de hablar Hoyos se levanta y va hasta el comedor. La última imagen que se ve es esta: el escritor está sentado en la cabecera de una mesa grande, con una servilleta de tela en sus piernas, mientras dos empleadas del servicio le sirven el almuerzo.

Fútbol

He estado pensando en ciertas cosas que con el tiempo me gustan un poco menos. El fútbol, por ejemplo. Antes solía disfrutar más cada partido –cualquiera que fuese– pero ahora me cuesta trabajo terminarlos. Con el mundial la cosa cambia un poco, aunque no soy de esos que ve los sesenta y pico de juegos ni se queda pegado a la pantalla con un Serbia-Ghana. No sé por qué uno de los mundiales que más recuerdo es el de Estados Unidos, en el 94; quizás, como todos, pensaba que por fin Colombia sería campeona del mundo y me dejaba llevar por esa ilusión de ver a esa brillante generación de futbolistas en lo más alto. Todavía recuerdo el día en que asesinaron a Escobar, poco después de que la selección saliera del campeonato por la puerta de atrás: estábamos de vacaciones en la finca de mi abuelo; todas las mañanas el viejo ponía el radio muy temprano y más de una vez nos despertaba el sonido de la emisora, que no sintonizaba del todo bien. Ese día me desperté como siempre y vi a los que estaban levantados con las caras largas, pegados al aparato. Muchos años después pienso en ese momento y aún no puedo entender por qué una persona es capaz de matar a otra por un simple juego. Supongo que tal vez por eso es que cada vez le voy perdiendo más el gusto: porque cada día que pasa el fútbol se vuelve menos alegría y más negocio; menos juego y más pasión; menos distracción y más locura. Que un equipo gane no debería ser el fin del mundo. Mucho menos que pierda. Después de todo no son más que veintidós muchachos corriendo detrás de un balón.