Un año


Hace un año, por esta época, empacaba maletas para irme a Málaga. A veces me sorprende lo rápido que pasa el tiempo, sobre todo porque ahora, mientras escribo, siento como si todo aquello hubiera sucedido hace mucho, muchísimo. Cada que me pongo a pensar en lo que fue mi vida al otro lado el paisaje se hace difuso, la gente que conocí se aleja un poco más y solo quedan, por fortuna, recuerdos dispersos, imágenes que me llegan en los momentos menos esperados.

Imágenes como la del bus que me llevó por primera vez a esa ciudad del sur, donde encontré algo diferente a lo que había imaginado: edificios viejos y tierra baldía. No me arrepiento en ningún momento de haber viajado, ni tampoco de regresar a Madrid apenas tres meses después. Recuerdo, eso sí, el calor infernal, la avenida del centro con los puestos de flores, la Calle Larios engalanada en la feria, la cerveza Cruzcampo, los espetos de sardina, los domingos en la playa con un libro, los chiringuitos, la entrada al conjunto con cagadas de perro que nadie recogía, la paisa que atendía la cafetería justo debajo de EFE y que siempre, mientras me tomaba una cerveza, hablaba de Colombia. Quizás el único día en que de verdad fui feliz en Málaga fue uno antes de abandonarla para siempre. Y cuando, otra vez en el bus, dejé atrás un lugar, una gente, un recuerdo más.

No sé si algún día regrese.

No lo creo.

6 comentarios:

Juliana González dijo...

¿Por qué insistes siempre en que nunca vas a volver?

Eso de que "abandonaste Málaga para siempre" te hace sonar como de 90 años. A veces, cuando evocas tus recuerdos, pareces mayor y misteriosamente lleno de nostalgias sin confesar...

Estamos muy jóvenes, moneco. Dejémosle la evocación de los recuerdos a los que ya no pueden hacer otra cosa... Porque como decía -creo que Graham Greene- no hay que hablar de los sueños, que solo nos interesan a nosotros mismos. Quizá pasa lo mismo con los recuerdos...

Martín Franco dijo...

Digamos que tienes razón con eso de la frase. Sí, puede que regrese, pero la verdad es que Málaga no me interesa. Y tampoco estamos de acuerdo con eso de los recuerdos: contrario a ti, yo no veo nada de malo en evocarlos, ni considero, como sugieres, que "no interesen más que a nosotros mismos". Si eso fuera así, un libro como El olvido que seremos no tendría sentido. Y eso por citar solo un ejemplo. Pero, como te digo, yo no le veo nada de malo: en últimas de recuerdos es que estamos hechos.

CarolinaVK dijo...

Y hace un año yo estaba en Alemania, ¿te acuerdas?

Martín Franco dijo...

¡Claro!

Martín Franco dijo...

A propósito de viejos, dice Stefan Zweig: "“La vejez no significa nada más que dejar de sufrir por el pasado”.

Juliana González dijo...

Quizá fui muy genérica al hablar de los recuerdos, y me expliqué vagamente. No creo que ningún recuerdo importe, al contrario, los recuerdos son una de las principales fuentes literarias, y son necesarios en la comprensión del hombre, del pasado y de la historia. Los recuerdos de Primo Levi, por ejemplo, imprescindibles. Y así tantos. Los de Abad quizá también, porque son una perspectiva que contribuye a la comprensión de una parte de la historia de Colombia.
Lo que quise decir, Moneco, es que hay recuerdos más importantes que otros, que los recuerdos hay que evocarlos, pero depende de qué recuerdos, y de la importancia o trascendencia que puedan tener para quienes nos leen. Esa es una elección del autor, y también del lector.
Quise decir, pues, que hay recuerdos y recuerdos. Eso es todo.
Un beso.