Muladar político

Yo lo dudé hasta el último minuto, hasta que estuve en el cubículo con el tarjetón y vi a los dos candidatos, tan cerca el uno del otro: arriba, Vargas Lleras; abajo, Mockus. Dudé del profesor –que había sido mi candidato– porque aunque sé que representa el cambio, que es honesto y pretende combatir la cultura del “todo vale”, sus constantes salidas en falso y su falta de claridad para expresar las ideas, me hicieron pensarlo dos veces. Al final la consistencia de Vargas Lleras, su programa estructurado y su convicción, me hicieron inclinarme hacia ese lado*. Voté por él. Lo hice, sí, a pesar del temor a que Santos ganara en la primera vuelta.

No quería hablar de política pero es inevitable. Así que qué más da. Ya metidos en el fango debo decir que las consignas de los mockusistas en internet también me hastiaron; durante varios meses Facebook fue el paraíso de la propaganda política, el lugar para convencernos de que el candidato verde era la solución a los problemas de Colombia. Fue curioso, pero sus seguidores terminaron haciendo lo mismo que tanto le han criticado a los uribistas: buscando un mesías. Me sorprendió ver periodistas despojados de objetividad, apasionados, enceguecidos; decenas de personas que, después del resultado del domingo, se dedicaron a hablar pestes de los que no pensaron como ellos.

Y no, no defiendo al candidato que seguramente será presidente. De hecho, todo en su campaña me parece terrible: las picardías, la maquinaria, el todo vale, el hecho de que el fin justifique los medios. Seguramente será un presidente nefasto para el país y por eso, aunque veo lejana su victoria, voy a votar por Mockus en la segunda vuelta. Aun así, no puedo dejar de pensar en que hay dos grandes derrotados en todo esto: las encuestas, que resultaron totalmente erradas; y –aunque a muchos les duela–, la falsa ilusión de ola verde que crearon algunos medios, columnistas y, sobre todo, las redes sociales. Muchos desconocieron que el verdadero electorado está afuera y que aún son pocos los que en Colombia se pueden dar el lujo de tener acceso a la red.

Lo único bueno de todo esto es que, al menos dentro de tres semanas, internet dejará de ser un muladar político.

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Ver acá, acá y acá.

Un grato encuentro

Novela de Ajedrez
Stefan Zweig
Acantilado

Vamos atrás: el centro comercial Granahorrar es otro desde hace unos meses. Antes de que lo remodelaran y pasara a llamarse Avenida Chile, era uno de los lugares más tristes que uno pudiera imaginarse: un oscuro y gris laberinto en el que apenas caminaban, sin muchas ganas, unos pocos visitantes. Ahora parece otro: nuevas salas de cine, almacenes y una moderna plazoleta de comidas, han vuelto a darle vida. En el segundo piso, justo en una esquina, pusieron una librería entrañable: pequeña, bonita y bien surtida. Apenas se pasa la entrada hay una estantería donde están organizados los libros por editorial: aquí los de Punto de Lectura, al lado los de Acantilado, un poco más allá los de Anagrama, y junto a ellos varias novedades de otras editoriales. Atrás, más y más libros divididos por categorías.

Fue justo allí donde encontré, entre los libros de Acantilado, la Novela de ajedrez, del austriaco Stefan Zweig. No había leído nada suyo pero tenía algunas referencias y se me había quedado grabado –no sé por qué– la imagen de su muerte, que había leído en alguna parte: en 1942, Zweig se suicidó en Brasil junto a su esposa, Charlotte Elisabeth Altmann.

La novela en cuestión tiene poco más de noventa páginas de las que – digámoslo de una vez–, ningún lector puede desprenderse. El ritmo de la historia va creciendo poco a poco y nos agarra tanto que es dificilísimo salirse. En ella, un campeón mundial de ajedrez que se embarca en un viaje desde Nueva York hasta Argentina, encuentra por casualidad un extraño rival que desafiará su posición de jugador imbatible. Lo interesante no es la partida (que tiene un desenlace tan genial como inesperado), sino la historia que está detrás del Señor B, un hombre que huye de su pasado como víctima de los nazis.

En fin: un libro delicioso incluso para aquellos que, como yo, apenas si sabemos cómo se mueven las fichas de ajedrez en un tablero. Pero no hay necesidad. Novela de ajedrez me deja antojado, antojadísimo, de seguir con más de Stefan Zweig. Próxima estación: Veinticuatro horas en la vida de una mujer.

Viaje al fin de la noche

A medio camino entre la desesperanza y la lucidez, esta novela de Louis Ferdinand Céline va dejando regadas, de forma descarnada, decenas de esas frases lapidarias que mucho llaman aforismos. Aunque aún no termino, porque es un libro de esos con los que hay que ir despacio, intercalándolo con otras lecturas, no resistí la tentación de dejar acá algunas de esas sentencias tan ciertas y brillantes. Luego, si me animo, pondré más; por ahora, los dejo con éstas:

“Mientras haya que amar a alguien, se corre menos riesgo con los niños que con los hombres, tienes al menos la excusa de esperar que sean menos cabrones que nosotros más adelante”.

“Toda virtud tiene su literatura inmunda”.

“Contra la abominación de ser pobre, conviene, confesémoslo, es un deber, intentarlo todo, embriagarse con cualquier cosa, vino del baratito, masturbación, cine”.

“Somos, por naturaleza, tan fútiles, que sólo las distracciones pueden impedirnos de verdad morir”.

“Una vida interior intensa se basa a sí misma y podría fundir veinte años de hielo”.

“Confiar en los hombres es ya dejarse matar un poco”.

“Nada fuerza a los recuerdos a aparecer como los olores y las llamas”.

“Tal vez lo que más se necesite para salir de un apuro en la vida es el miedo”.

“Mientras no mate, el militar es como un niño. Como no está acostumbrado a pensar, en cuanto le hablas, se ve obligado, para intentar comprenderte, a hacer esfuerzos extenuantes”.

“La mujer que sabe tener en cuenta nuestra miserable naturaleza se convierte con facilidad en nuestra amada, nuestra indispensable y suprema esperanza”.

“Pero, cuando eres débil, lo que da fuerza es despojar a los hombres que más temes del menor prestigio que aún estés dispuesto a atribuirles. Hay que aprender a considerarlos tal como son, peores de lo que son, es decir, desde cualquier punto de vista”.

“Para que te consideren razonable, nada mejor que tener una cara muy dura”.

“La tristeza del mundo se apodera de los seres como puede, pero parece lograrlo casi siempre”.

“El alma es la vanidad y el placer del cuerpo, mientras goza de buena salud, pero también es el deseo de salir de él, en cuanto se pone enfermo o las cosas salen mal”.

“Cuando estemos al borde del hoyo, no habrá que hacerse el listo, pero tampoco olvidar, habrá que contar todo sin cambiar una palabra, todas las cabronadas más increíbles que hayamos visto en los hombres y después hincar el pico y bajar”.

Madrid

A veces me hace falta. Extraño caminar por Gran Vía, desde Cibeles hasta Sol, en medio de la gente que no se detiene. Bajar por el Museo del Prado, tan verde, y llegar hasta Atocha. Subir por la callecita empinada que hay al frente, en la que están las casetas con libros viejos. Tomar el metro y bajarme en Tribunal, caminar por Chueca, meterme en una cafetería con decenas de tapas, pedir una caña a medio día. A veces extraño la biblioteca de Moratalaz, la larga calle de la Elipa que recorría todos los días hasta llegar a la casa, el frío que se metía por los sacos y las chaquetas, los recorridos del tren de cercanías. La entrada de EFE, los jamones, la Plaza Mayor, los mariachis en el centro, el Paseo de La Castellana. Los almuerzos alrededor de una botella de vino, las recetas improvisadas, los domingos, los amigos que dejé y los conocidos que pasaron, como tantos, por mi vida. Sé que si algún día vuelvo los lugares me sabrán distinto, la ciudad olerá diferente y seguro volverán recuerdos que creía olvidados. Pero será otra historia, jamás lo mismo. Es curioso, pero cada día lo siento más lejano.

Una historia que se desdibuja allá, lejos, al otro lado.

Trancón

La buseta se estancó en un trancón de la 13. No avanzaba. Al tipo lo vi cuando miré por la ventana: estaba ahí, entre la gente que pasaba apurada, justo en la mitad del estrecho andén. Llevaba muchos días sin bañarse; tenía el pelo sucio y revuelto y una barba espesa de meses. Estaba cruzado de piernas y cargaba en la mano lo que parecía ser una tiza. Concentrado, absorto, el hombre dibujaba en una baldosa del suelo; luego se rascaba la cabeza, analizaba lo hecho, y seguía en su tarea. La gente pasaba a su lado, algunos sin verlo y otros –casi todos– mirando de reojo sus dibujos. Traté de adivinar lo que pintaba pero fue imposible: no alcanzaba a ver el suelo. El trancón se disolvió; la buseta arrancó con un jalonazo brusco. Antes de perderlo de vista volteé para mirarlo otra vez; él seguía imbuido. Jamás levantó la cabeza para mirar a nadie.

El vaso medio vacío


Balada de un pesimista
Por: Alberto Salcedo Ramos (columna aparecida en El Heraldo)

Soy miembro de la logia de los pesimistas, aquellos que, viendo la botella por la mitad, no dicen que está casi llena, como los optimistas, sino que está casi vacía.

Aprendí desde temprano que siempre, por muy motivado que uno esté, puede pasar lo peor. Bob Uyeda, el sumo pontífice del pesimismo, lo dice de manera más contundente: “cada mañana anuncia un nuevo día en el cual algo puede salir mal”. El pesimismo no consiste en sentarse cruzado de brazos a esperar pacientemente que ocurra eso que podría salir mal, sino en tener de antemano la certeza íntima de que también existen los resultados no deseados, para quitarse de encima ciertos pesos adicionales que hacen mucho daño. En el fondo, entonces, el pesimista lo que quiere es salvar su pellejo, lo cual lo convierte en una especie de romántico en contravía. El pesimista no es alguien que quiera morirse, sino alguien que sabe que va a morirse. Tal vez el pesimista, como lo afirmó el pintor Antonio Mingote, no es más que un optimista bien informado. Ilustro esta idea con un ejemplo concreto: yo no me siento frente al televisor dispuesto a ver el momento en que mi Junior del alma pierda gracias a un error ridículo, pero tengo claro que el portero de nuestro equipo es Didier Muñoz.

Creo, como Andy Warhol, que ningún esplendor dura más de quince minutos. Y jamás pierdo de vista que al pantalón que más nos gusta se le daña la corredera, que el flan de caramelo a veces se nos cae de las manos y que el perro de nuestros afectos se nos muere.

Los pesimistas repetimos, en coro con Quevedo, que la vida no es más que una presente sucesión de difuntos. Nacemos y ya nos estamos muriendo. ¿Acaso al pensar así colocamos una pistola en la sien de algún risueño optimista? ¿Acaso no nos conmueven hasta las lágrimas esas entusiastas personas que escriben manuales para contarnos cómo han sido felices a pesar de sobrellevar un cáncer en el esófago? No está mal recordar nuestros límites de vez en cuando. Bien decía el querido maestro Héctor Rojas Herazo que cuando un hombre sabe que será comida de los gusanos, procura ser buen padre, buen hijo, buen hermano, buen amigo.

Cuando uno sabe que siempre es posible lo peor; cuando alguien te enseña que ni siquiera las buenas acciones están libres de castigo, es difícil que las calamidades te tomen con la guardia abajo. Cualquiera que sea tu oficio, no está de más que escuches al escritor John Ruskin cuando dice que “siempre hay otra persona que lo puede hacer un poco peor y venderlo un poco más barato”.

Pesimista verdadero era aquel hombre, cuyo nombre no recuerdo ahora, que ya ni siquiera se permitía odiar a su enemigo porque sabía muy bien que en cualquier momento lo iba a ver paseando, victorioso, en un Ferrari último modelo.

A ratos, el amor y el sexo, entre algunas contadas alegrías, nos hacen pensar que la vida, aunque tiene la desgracia de no ser eterna, puede resultar bella. Pero parece, caramba, que me estoy traicionando. Antes de terminar convertido en un insoportable optimista leeré otra vez ese viejo grafiti español, que me encanta: “la luz al final del túnel es sólo un tren. Y éste, de todas maneras, no es tuyo”.

Ese detalle...

Contracorriente
Director: Javier Fuentes León

Cualquier historia de amor funciona si se cuenta bien. No importa que sea entre un hombre y una mujer, que haya una diferencia abismal de años entre ellos, o que se dé, como en este caso, entre dos hombres. Brokeback Mountain, de Ang Lee, había demostrado que de un romance entre dos vaqueros del rudo oeste norteamericano se podía hacer un gran relato; y ahora, el director peruano Javier Fuentes León intenta demostrar lo mismo con la relación entre un pescador y un pintor en un pueblo de la costa peruana.

Y la historia, digamos, funciona hasta cierto punto: uno logra ver como a Miguel (interpretado por el boliviano Cristian Mercado) lo atormenta llevar la doble vida de esposo ejemplar y amante de Santiago (Manolo Cardona), un pintor medio bohemio que lo impulsa a salir del clóset. Va bien la cosa, sí, hasta que pasa algo (y lo voy a contar, a riesgo de tirármele la película a los que no la hayan visto): Santiago muere en el mar arrastrado por la corriente. Aquí es donde está el problema, donde entra el recurso que le quita credibilidad a la historia: después de muerto Santiago se le aparece a Miguel cada vez que este lo llama. Lo gracioso es que no sólo pueden hablar, sino, además, jugar fútbol, besarse y hasta acostarse juntos. Santiago, mientras tanto, lo impulsa a afrontar su realidad y le pide el favor de que encuentre su cuerpo y lo entierre para que así pueda descansar en paz.

Todo funciona en la película, caramba, menos eso: los personajes están bien hechos, las interpretaciones son buenas y la historia tiene un drama que está bien manejado. Entonces, ¿para qué echar mano de esa técnica? Perdonarán los que saben, pero sencillamente la cosa no es verosímil; y eso que si un recurso de ficción se usa bien, el espectador se puede tragar cualquier cosa.

Pero esto no.