Esa delgada línea

Santa Evita
Tomás Eloy Martínez
Alfaguara


Es raro: Santa Evita tiene todos los elementos para ser una gran novela. No dejan de ser un tanto exagerados los comentarios de la contraportada (“Aquí está, por fin, la novela que siempre quise leer”, escribió García Márquez), pero eso no le quita que sea una obra magnífica: Tomás Eloy logra mantenerse en esa delgada línea que separa la ficción de la realidad sin que el lector sepa, al final, qué fue verdad y qué mentira. Y no nos vengamos con cuentos: la historia se la cree uno enterita, desde la primera palabra hasta la última coma.

Se la cree, entre otras, porque el punto de partida es un hecho real: el largo trasegar del cuerpo de Eva Perón, Santa Evita, una cantante barata y venida a menos que se convirtió en mito cuando enamoró al general Juan Domingo Perón y lo acompañó en el poder. Quince años duró el cuerpo de la santa en un misterioso exilio hasta que logró ser enterrado en Buenos Aires. Y de eso se ocupa la novela: de llenar los espacios vacíos, los misteriosos silencios, las preguntas sin respuesta.

¿Qué es, pues, Santa Evita? ¿Una novela, una biografía, una gran crónica? Hay personajes reales, recursos periodísticos, una investigación minuciosa… en apariencia, todas las características de un reportaje. Pero también –ojo–, hay ficción. Y ahí está la clave, que el propio Tomás Eloy justifica dentro del texto: "Todo relato es, por definición, infiel. La realidad no se puede contar ni repetir. Lo único que se puede hacer con ella es inventarla de nuevo. Y si la historia es otro de los géneros literarios, ¿por qué privarla de la imaginación, el desatino, la exageración y la derrota, que son la materia prima de la literatura?".

Pero decía al principio que es raro; y lo es porque a pesar de todos sus aciertos innegables, de su prosa limpia, de sus personajes creíbles y la historia verosímil, casi no logro terminarla. La dejaba en la mesa de noche, leyéndola poco a poco, sin ser capaz tampoco de abandonarla. No la dejé: llegué hasta el final arrastrado por la duda que saber qué pasaría con la santa aunque a veces, lo confieso, me sentía hastiado.

Curioso.

Nunca me había pasado eso con un libro.

4 comentarios:

Mónica Palacios dijo...

Santa Evita es una deuda que tengo pendiente. Siempre me gustaron las columnas de Tomás Eloy y sus textos sobre periodismo. En la Gatopardo No. 0, la que se distribuyó en un tiraje muy corto, hay una crónica increíble sobre la obsesión de los argentinos con los cadáveres, no sólo el de Evita.

Yo acabo de terminar un texto de esos de lectura lenta, Heart of Darkness, de Conrad, que no tiene más de 150 páginas, pero que te pide leerlo con calma, como te pasó con éste.

Wong Hinocopi dijo...

Larga, redundante, aburrida. A mí no me gustó ni un poquito.

Juliana González dijo...

No he leído Santa Evita, pero la verdad es que me interesa poco. Pero comento también para coincidir con Mónica: El corazón de las tinieblas de Conrad, que es uno de los mejores libros que he leído nunca -ha entrado rápidamente a mis libros de cabecera- y parece corto pero cuando terminas tienes la sensación de haber leído todo un tratado de la condición humana (algo, evidentemente, para leer con mucha calma). Dejo aquí el que es, quizá, mi pasaje preferido del libro, cuando el marino regresa a tierra firme. Una maravilla.
…“me encontré de regreso en la ciudad sepulcral donde me molestaba la vista de la gente apresurándose por las calles para sacarse un poco de dinero unos a otros, para devorar sus infames alimentos, para tragar su insalubre cerveza, para soñar sus insignificantes y estúpidos sueños. Se entrometían en mis pensamientos. Eran intrusos cuyo conocimiento de la vida era para mí una irritante pretensión, porque yo estaba seguro de que era imposible que supieran las cosas que yo sabía. Su conducta, que era simplemente la conducta de individuos vulgares ocupándose de sus negocios con la certeza de una perfecta seguridad, era ofensiva para mí, como ultrajantes ostentaciones de insensatez ante un peligro que es incapaz de comprender. No tenía ningún deseo especial de ilustrarles, pero me resultaba bastante difícil contenerme y no reírme de sus caras, tan llenas de estúpida importancia (…) no eran mis fuerzas las que requerían cuidados, era mi imaginación la que necesitaba consuelo”…

Martín Franco dijo...

Qué cosa, como son las casualidades: justo ahora cuelgan en la página de internet del Malpensante un artículo de Juan Forn sobre lo difícil que fue para Tomás Eloy escribir esa novela. El texto está curioso porque, entre otras, narra que al periodista argentino le rechazaron muchas veces Santa Evita pues “la había arruinado a fuerza de brochazos de realismo mágico”. El caso es que, cuando Martínez se fue a vivir a Estados Unidos, encontró la forma de desatascar su novela: incluirse como personaje en ella, “con voz de periodista”. Y miren ustedes: ése, precisamente, es el recurso que a mí menos me gusta. Ahora lo entiendo.

(http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=1563)