¿Lo tenía todo?

“Nada indicaba el destino que tendría Lina Marulanda, quien parecía tenerlo todo para ser feliz”. La frase es de la revista Semana, pero, por supuesto, no es el único medio que la tiene: ahí está, con otras palabras y en diferente orden, la misma idea en El Espectador: “Nadie comprende aún por qué esta paisa, que aparentemente tenía todo lo que alguien puede desear (belleza, reconocimiento, talento), decidió tomar una decisión tan drástica”. Y lo mismo, seguro, seguirán escribiendo durante mucho tiempo los demás: ¿por qué se mató si lo tenía “todo”?

Más allá de los homenajes que se han escrito –algunos predecibles y cargados de un sentimentalismo más bien obvio–, y de las razones que haya tenido la modelo para tomar la decisión de suicidarse, resulta extraño que los medios escriban una y otra vez esa frase. Raro porque aún no parecen haber visto el problema, a pesar de que está al frente de sus ojos: la falla radica, precisamente, en “tenerlo todo”. (El todo, eso sí, entendido como nos lo vende esta sociedad rapaz: dinero, fama y belleza).

Ya lo dijo hace tiempo Estanislao Zuleta en ese ensayo imprescindible que es el Elogio de la dificultad: “nuestra desgracia no está tanto en la frustración de nuestros deseos, como en la forma misma de desear. Deseamos mal”. Estamos enseñados (¿obligados?) a ser siempre los mejores, los más bonitos, los más inteligentes, los más, los más, los más, sin tener en cuenta que esa presión silenciosa nos lleva a cualquier parte menos a la tal felicidad.

“El alma es la vanidad y el placer del cuerpo, mientras goza de buena salud, pero también es el deseo de salir de él, en cuanto se pone enfermo o las cosas salen mal”, escribe Céline en Viaje al fin de la noche. Curioso: deseo de salir del cuerpo, de la realidad, entre otras cosas por “tenerlo todo”. Quizás eso le pasó a Lina, no lo sé. Nadie lo sabe. Por eso a veces lo mejor es saber dejar de lado las más altas aspiraciones. En este caso, claro, la de tenerlo todo.

Esa delgada línea

Santa Evita
Tomás Eloy Martínez
Alfaguara


Es raro: Santa Evita tiene todos los elementos para ser una gran novela. No dejan de ser un tanto exagerados los comentarios de la contraportada (“Aquí está, por fin, la novela que siempre quise leer”, escribió García Márquez), pero eso no le quita que sea una obra magnífica: Tomás Eloy logra mantenerse en esa delgada línea que separa la ficción de la realidad sin que el lector sepa, al final, qué fue verdad y qué mentira. Y no nos vengamos con cuentos: la historia se la cree uno enterita, desde la primera palabra hasta la última coma.

Se la cree, entre otras, porque el punto de partida es un hecho real: el largo trasegar del cuerpo de Eva Perón, Santa Evita, una cantante barata y venida a menos que se convirtió en mito cuando enamoró al general Juan Domingo Perón y lo acompañó en el poder. Quince años duró el cuerpo de la santa en un misterioso exilio hasta que logró ser enterrado en Buenos Aires. Y de eso se ocupa la novela: de llenar los espacios vacíos, los misteriosos silencios, las preguntas sin respuesta.

¿Qué es, pues, Santa Evita? ¿Una novela, una biografía, una gran crónica? Hay personajes reales, recursos periodísticos, una investigación minuciosa… en apariencia, todas las características de un reportaje. Pero también –ojo–, hay ficción. Y ahí está la clave, que el propio Tomás Eloy justifica dentro del texto: "Todo relato es, por definición, infiel. La realidad no se puede contar ni repetir. Lo único que se puede hacer con ella es inventarla de nuevo. Y si la historia es otro de los géneros literarios, ¿por qué privarla de la imaginación, el desatino, la exageración y la derrota, que son la materia prima de la literatura?".

Pero decía al principio que es raro; y lo es porque a pesar de todos sus aciertos innegables, de su prosa limpia, de sus personajes creíbles y la historia verosímil, casi no logro terminarla. La dejaba en la mesa de noche, leyéndola poco a poco, sin ser capaz tampoco de abandonarla. No la dejé: llegué hasta el final arrastrado por la duda que saber qué pasaría con la santa aunque a veces, lo confieso, me sentía hastiado.

Curioso.

Nunca me había pasado eso con un libro.

Infancia (II)

Me acuerdo de la casa en el barrio La Leonora. Me acuerdo de mi primera bicicleta amarilla y de cómo aprendí a montarla en la cancha de fútbol del Seminario Menor. Me acuerdo del parque de La Francia. Me acuerdo de las revistas que rayaba y luego me asustaba porque creía que debía devolverlas. Me acuerdo de los cassetes rojos y amarillos y de que, para grabar la canción que quería, tenía que quedarme escuchando el radio hasta que la pasaran. Me acuerdo del ficus que sembró mi papá en el jardín de la casa en Palermo. Me acuerdo del patio de atrás, el triciclo, la moto naranja y un carro azul de pedales. Me acuerdo que coleccionaba los muñequitos que salían en los Yupis. Me acuerdo de mis primeras gafas: tenía pena de ponérmelas y las escondía; un día, en clase, el profesor de español me descubrió, las sacó y me dijo que me veía bien. Desde entonces las llevaba sin pudor. Me acuerdo de mi primera raqueta de tenis. Me acuerdo de los sábados en la mañana esperando el bus del Club Campestre. Me acuerdo de Laura, una monita que me gustaba y nunca fui capaz de decirle nada. Me acuerdo de Andrés llorando. Me acuerdo de la primera vez que fuimos a la finca. Me acuerdo del establo que estaba al lado de la casa y de que las mañanas olían a boñiga. Me acuerdo de los sábados por la mañana. Me acuerdo de mis primeras borracheras. Me acuerdo del primer beso, en las escaleras de un edificio en Manizales. Me acuerdo de que alguna vez le llevé serenata a una chica y ella no bajó. Me acuerdo de las vacaciones en Melgar. Me acuerdo de la casa de Cajicá. Me acuerdo del Sprint, MAS 383. Me acuerdo del grafitti que había en la universidad: "las mujeres feas tienen derecho a estudiar, pero, ¿por qué todas en la Nacional?". Me acuerdo de cuando llegué a Bogotá. Me acuerdo de la soledad inmensa del pequeño apartamento por la Javeriana. Me acuerdo de las tardes sin clase y con Antioqueño. Me acuerdo que mi vida era aún más feliz. Me acuerdo.

Dejar atrás

Pensaba escribir sobre la liberación de Moncayo, sobre la lluvia que prolongó su regreso por varias horas, sobre el abrazo entre padre e hijo que despertó suspicacias en muchos porque no fue un mar de lágrimas, sobre los comentarios despectivos de los foristas en los medios virtuales que no parecen entender el calvario enfrentado por ese soldado durante más de una década, sobre ese joven que se llevaron y se volvió un hombre en la selva, alguien que no puede ser el mismo, y sobre lo mal que lo juzgan por no meter en sus palabras de agradecimiento a Uribe, por hablar pausado y con calma, mesurado, por agradecer a Chávez y a Correa e ignorar al presidente que pronto se va, y, también, sobre lo jodido que le debe haber resultado enfrentar después de tanto tiempo a un país polarizado, intolerante, ciego y sin escrúpulos.

Pensaba hablar sobre esas cosas, decía, pero prefiero dejarlo así. En vez de eso he dado una vuelta por los blogs que frecuento y he encontrado, como siempre, un montón de letras sobre esto y lo otro, sobre todo y nada, sobre cosas trascendentes y anécdotas cotidianas. He descubierto que en el blog de una librería me borraron, que en otro más escribieron sobre Dino Buzatti y estuve tentado a comentar lo bonito que fue para mí encontrar El desierto de los tártaros (un libro que me recuerda a mi amigo Iván, el mexicano en Madrid) pero no lo hice, y he visto varios más que quisiera que estuvieran actualizados y siguen como antes.

En los últimos días he renunciado a escribir sobre temas que hace apenas unos meses habría tratado sin dudarlo; ya no tengo una columna, ahora muchas cosas de esta realidad torcida y desquiciada prefiero guardármelas que dejar, por ahí, opiniones deleznables. Después de todo, eso son los juicios de valor: argumentos que se parten en mil pedazos y que nosotros mismos encontramos estúpidos con el tiempo. He convertido este espacio en lo que fue al principio, varios años atrás, cuando aún el fondo era negro y sólo un par de despistados se pasaban por acá: un sitio para escribir cualquier cosa, un lugar alejado de la presión de tener que decir siempre cosas inteligentes y sesudas.

Quisiera entender por qué, de un tiempo para acá, me ronda la idea de desprenderme de tantas cosas, de cambiar la forma de abordar una profesión que me deja más dudas que certezas, más disgustos que tranquilidades y, sobre todo, decenas de incertidumbres. Doy vueltas por los blogs, por las revistas, por los periódicos y en todos veo lo mismo. Nada cambia, ni siquiera esto. Quisiera comprender por qué no mejor hablo de Moncayo, de lo mismo que trata todo el mundo todo el tiempo, o por qué mejor no me quedo callado y dejo de hacer entradas sobre nada, sobre devaneos inútiles y sin importancia, cuando allá afuera, en este mundo tan jodido, están pasando cosas, el tiempo va corriendo y los periodistas se levantan todas las mañanas a buscar la chiva, el último minuto, la información que nos va a cambiar la vida.

Quisiera entenderlo, quisiera hablar de Moncayo.

Otra vez será.