Votar

La realidad es que, si uno quiere tener autoridad moral para quejarse, debería votar pensando en que las cosas de verdad cambiarán. Puede que al final ganen los caciques de siempre, que los vicios electorales continúen intactos y que desde la cárcel se creen partidos fachada para que todo siga igual, pero el hecho de depositar el voto por un candidato honesto debería servir, al menos, para tener la conciencia tranquila. Mejor dicho: uno debería votar para tratar de mejorar esta compleja realidad llena de vicios, desfalcos, corrupción y abusos de poder. Y aún con todo eso claro, uno no lo hace. O yo por lo menos me abstuve. Supongo que debería sentirme culpable y que mañana tendré menos derecho a quejarme por lo que suceda en este país que tanto nos sorprende, pero lo cierto es que aunque encontré razones preferí quedarme en casa.

Pese a que todavía falta una hora para que se cierren las mesas y empiecen a contar los sufragios; a que en pocas horas los medios comenzarán a invadirnos con sus amplias coberturas y nos daremos cuenta de quiénes estarán legislando en el nuevo congreso, tengo claro que no saldré. Y en últimas no lo haré por apatía o desgano; en realidad, las únicas dos razones que me hicieron quedarme en casa son la incredulidad y la falta de información. La primera supongo que es bastante obvia: no creo en la política ni mucho menos en los políticos; me parece que a pesar de las buenas intenciones de algunos el sistema está muy viciado y siempre acabamos en lo mismo: la corrupción, el beneficio personal y los intereses de tantos. En política las buenas intenciones parecen ser el camino más corto al suicidio.

Y de la segunda, explico: no es que durante todos estos meses los periódicos, revistas y noticieros nos hayan dejado de informar sobre la cantidad absurda de personajes que aspiran a una curul (actores, bailarines, deportistas, periodistas y un largo etcétera), sino precisamente al contrario: ha sido tanta la abundancia de información superficial que al final uno no sabe nada. Comprendo que debería ser deber ciudadano estudiar con cuidado las propuestas, conocer qué es lo mejor para el país y, de esta forma, elegir a conciencia lo que más nos convenga, pero, en realidad, ¿quién puede tener el tiempo (y el ánimo) de mirar con detenimiento cada una de ellas? Al final sólo quedan en la cabeza las propuestas que, por banales o absurdas, escuchamos o leemos de paso, como la de la supuesta política que salió en SoHo proponiendo desnudarse si la elegían o, peor, hacer una red articulada de taxis rosados exclusivos para mujeres.

La verdad no sé si valga la pena botar el voto en candidatos que uno ni conoce; quizás, dentro de esa línea de escepticismo, lo mejor sea ahorrarse tanta parafernalia si al final todo va a seguir igual. Sé que no es lo ideal; que, precisamente, podrán refutarme con el argumento más obvio y válido: "si las cosas siguen como están es precisamente por su descreimiento y abstención". Pero qué le hacemos: la política es y ha sido una de las ciencias más sucias que se ha inventado el hombre. Y yo no veo muchas oportunidades de cambio.

1 comentario:

maggie mae dijo...

Todos los años pienso, no voy a votar este año, y llega ese domingo y siempre voy. Casi siempre voto en contra para que no quede alguien que siempre queda. Este año voté para que quedara alguien y creo que no quedó. No me quiero fijar ni siquiera.