Infancia (I)

Siempre he sufrido de una terrible timidez que, como a muchos, me hace pasar por antipático. Pero no es eso: simplemente a veces no encuentro las palabras exactas, ni sé cuál es la fórmula para sentirme cómodo en medio de gente que no conozco. He sido tímido y quizás eso tenga algo que ver el pasado: ahora, varios años después, lo entiendo cuando veo las fotos de mi infancia.

Mi mamá es una fanática de las fotografías; desde que tengo uso de razón ha andado con una cámara bajo el brazo: primero fueron las viejas máquinas –que ahora extraño porque tenían un límite: el rollo se acababa–; y de un tiempo para acá las digitales, que son terribles porque le permiten tomar, mirar, borrar y volverlo a hacer una y otra vez. Así que mi casa está llena de álbumes con fotos de los mismos personajes (primos, tías, abuelos) en idénticos escenarios, pero durante diferentes etapas: cuando estábamos pequeños, cuando andábamos por la adolescencia y a medida que han pasado los años. Aún hoy, cuando viajo a Manizales o ella viene de visita, no hay escapatoria para las largas sesiones. Es inevitable: parece como si quisiera atrapar cada instante.

Pero hay momentos que uno quisiera olvidar. O eso es lo que pienso cada que vuelvo a ver las fotos: ahí estoy, junto a mi prima, en la finca que durante muchos años tuvieron mis abuelos en Melgar; llevo puesta una camiseta blanca con estampado, una pantaloneta de baño y unas gafas enormes que cubren casi toda mi cara. Ahí estoy, a los 12 ó 13 años, sonriendo con los dos dientes frontales que me salieron completamente atravesados, disparejos, enfrentados uno a otro. Una terrible situación que me costó años de freno de caballo (sí, ése, el que se pone por fuera con una banda que atraviesa la nuca) y luego un tiempo interminable de braquets.

Ah, Melgar. El destino de todas las vacaciones era esa casa de dos pisos metida en un conjunto de fincas con piscina llamado La Herradura. El plan era el mismo todos los días: levantarse temprano, desayunar, dar una caminada y luego mirar qué hacer cuándo los adultos se ponían a tomar unos “aperitivos” antes del almuerzo. Yo, que aún no bebía, solía tumbarme en una hamaca a leer y en las noches salía con los amigos que mi prima tenía en el conjunto.

Por entonces odiaba a los bogotanos; siempre que íbamos a una casa o la otra se ponían a conversar sobre sus fiestas (que las llamaban –tan fantoches– “proms”), sus colegios, sus conquistas y a preguntar si conocían a pepito y zutanito. Debían pensar que yo era un idiota pues hablaba apenas lo necesario; prefería sentarme a escucharlos, como si no estuviera ahí, y soñar con sus proms y sus historias. Los odiaba, quizás, porque anhelaba lo que decían. Los odiaba porque era tímido.

2 comentarios:

Alberto dijo...

Delicioso. Como siempre.
P.D. Lo que hubiese dado por verte con ese aparato ;)

Terapia de piso dijo...

Hay que reconocer nuestras pequeñas envidias, porque todos las tenemos.

Saludos.

José Roberto Coppola