Verde

Me gusta cuando, al dejar atrás el tráfico y la ciudad, Bogotá se va abriendo en esa inmensa sabana. Me gusta mirar cómo el paisaje se transforma luego de abandonar Manizales y empezar a escalar esa imponente montaña que es el páramo de Letras: a la vegetación austera y el césped corto le siguen, algunos kilómetros más adelante, las ceibas enormes de Mariquita y el paisaje de tantos verdes. Cuando viajaba por España sentía que el tiempo se había detenido; de repente el tren pasaba por aldeas pequeñísimas, villorrios diminutos en los que apenas había un par de casas comidas por tantos años de historia. Alrededor, desierto. La tierra árida de la Península. Acá, en cambio, la cosa es distinta: pese a la tranquilidad del campo y a que a veces el tiempo parece, también, estar estático, la sensación de vacío que produce ese silencio es mucho menos honda.

1 comentario:

Alberto dijo...

Esa sensación de vacio desértico en España tiene hasta un dicho: "Ancha es Castilla". Viajando en tren se tiene la sensación de la enormidad de la meseta peninsular. En carro, parece que el tiempo se deteniene en las inmensas rectas que cruzan los campos de trigo.