Precious

“A veces quisiera estar muerta”, dice Clarice Precious Jones, una adolescente negra y obesa atrapada en una realidad terrible: violada por su padrastro, madre de una hija con síndrome de Down, analfabeta, embarazada y obligada a vivir con una mamá que no deja de recordarle lo mucho que se arrepiente de no haberla abortado.

Precious, la cinta del director Lee Daniels, no es ninguna metáfora sobre la vida ni mucho menos deja una esperanza para seguir adelante: es, por el contrario, un drama durísimo y descarnado que nos obliga a quedarnos pegado a la silla varios minutos después de que empiezan a correr los créditos y nos deja durante mucho rato la imagen de su protagonista en la cabeza. Y todo porque sabemos que, mientras regresamos a nuestra cómoda realidad, el mundo está lleno de Precious que no tienen ni siquiera un presente (y así ni hablar de un posible futuro).

No sé si venga al caso, pero Precious me reforzó una idea que he venido pensando y que –por supuesto– no es ningún descubrimiento: el mundo no es para los débiles. Siempre nos llenan la cabeza con ese cuento de que debemos ser los mejores, sobresalir, vencer, triunfar; cada minuto es valioso para alcanzar la cima, así no sepamos muy bien por qué ni mucho menos qué objeto tiene. Pero hay vidas, tantas vidas, que están perdidas de antemano; gente que se entrega en el camino o gente que nace rendida porque sencillamente su realidad no le deja oportunidades. Clarice es una de ellas.

Precious es una película para joderse. Una cinta para quedarse pensando en el sentido que tienen las cosas (si es que lo hay) y para salir del cine estremecido, fregado, noqueado. Destacables, además, las apariciones de Mariah Carey y Lenny Kravitz en papeles que nos hacen olvidar por un momento sus realidades de estrellas de la música. En últimas, son actores secundarios: la que queda rondando, seguro por muchos días, es la imagen obesa y desoladora de Clarice Precious Jones.

Asco

Desde hace unos días he venido preguntándome si esto del periodismo tiene algún sentido. Primero fue lo de Claudia López; luego, el penoso cierre de la revista Cambio, y ahora una entrevista que vi hace apenas unas horas en el programa La barbería, que presenta William Calderón en el canal Cable Noticias. No sé si han visto el formato, pero sobra decir que produce una terrible pena ajena: Calderón, un periodista bonachón y sesgado, se disfraza de barbero y entrevista a sus invitados mientras simula cortarles el pelo. En esta oportunidad quien se puso el delantal fue el presidente Uribe y a Calderón poco le faltó para arrodillarse; no pudo, supongo, porque su enorme barriga no le permite moverse con soltura. De lo contrario, hubiera terminado en el suelo sin problemas.

El programa fue vergonzoso: después de dejar hablar a Uribe a sus anchas (sobra decir que no le hizo ninguna pregunta incómoda), y de permitirle demostrar sus dotes de poeta, Calderón simulaba sintonizar una radio vieja en la que él mismo, creyéndose gracioso, imitaba la voz de personajes de la vida nacional que le agradecían al presidente por haber cambiado el país. Tuvo incluso el descaro de hacer la voz de fallecido ex presidente Misael Pastrana quien –según el periodista de la papada abundante– le rendía pleitesía desde el cielo al mesías paisa y descalificaba a su hijo Andrés por no haber seguido trabajando a su lado.

Me dio asco verlo, pero no pude evitar seguirlo hasta el final. Entonces recordé la respuesta que Daniel Coronell le dio a la revista Semana en la edición que está circulando: “Para alabar los méritos del gobierno hay un batallón periodístico de primera línea. Allá no les hago falta”. Sí, Daniel: no cabe duda de que Calderón es un gran general en ese batallón de aduladores.

Siempre he pensado que es malo escribir con la sangre caliente, pero esta vez no puedo evitarlo. Siento asco de esta profesión; me produce nauseas ver cómo los periodistas se venden al poder y olvidan que no todo es color de rosa. ¿Y Agro Ingreso Seguro? ¿Y los falsos positivos? ¿Y la jodida violencia que no se acaba? Ver lo que se quiere ver no muestra la realidad; la verdad está hecha de diferentes matices.

Son tiempos difíciles para el periodismo. Y es más difícil aún seguir adelante en esta farsa.

Dos apuntes sobre el periodismo

1. Una de las cosas más preocupantes del cierre de una revista es que –perdón por la crudeza–, la situación no le importa más que a unos cuantos periodistas. La gente del común dirá que sí, que qué vaina, que es una tristeza, pero continuará su vida como si nada hubiera sucedido. Los columnistas, mientras tanto, derramarán tinta inútil y se publicarán durante un par de meses algunas entrevistas con los periodistas afectados por la situación. Pero al final, como dice la frase, “negocios son negocios” y el dinero prevalecerá sobre términos tan intangibles como “libertad” o “expresión”.

2. Dice John Lee Anderson en una entrevista que publica el diario El País, de España, con motivo del lanzamiento de su libro El dictador, los demonios y otras crónicas: “Me doy cuenta de que soy uno de los reporteros que ha tenido una carrera en primera persona, no virtual, sino primaria. Aunque deje de ser periodista, seguiré llevando esa vida. No quiero otra forma de ver el mundo. Y no es un juicio de valor. Los jóvenes de hoy tienen algunas ventajas, algunos bagajes que nosotros no tuvimos. Su mayor reto va a ser superar el flujo de la información para adquirir contacto directo con la realidad, un contacto que yo necesité para aprender. Quería definirme a través de la experiencia propia. Tampoco se ha planteado el destino de los dinosaurios, los que se van a convertir en fósiles o los que se van a transformar en pájaros o cocodrilos para sobrevivir. Pueden ser brillantes y tener carreras pero enteramente virtuales, sin una experiencia primaria”.

Sexo y mentiras, sin video

Melodrama
Jorge Franco
Planeta


Si algo hay que abonarle a Jorge Franco es que en este libro hace todo lo posible por quitarse de encima dos historias que le han dado popularidad pero que, a la vez, han terminado encasillándolo: Rosario Tijeras y Paraíso Travel.

Y hay que abonárselo, digo, porque Melodrama es todo lo opuesto a los anteriores: quizás cansado de que sus textos sean adaptados a la imagen, Franco decidió hacer un libro lleno de personajes (Vidal, Perla, Milord, Suzzane, Ilinka, Anabel, el Tío Amorcito, Flavia y La Mudita, entre muchos otros), que tiene un complejo manejo de la técnica (la narración se desarrolla en tres tiempos, pasando de uno a otro en apenas un párrafo), con el fin –supone uno– de acercar la historia más a la literatura que al terreno audiovisual.

Y lo logra. Melodrama es un libro oscuro en el que rondan los fantasmas del sexo y los vicios y en donde todos los personajes, atormentados, guardan secretos que los mortifican. Una madre alcohólica, un hijo bello pero enfermo, una mujer recogida y despreciada, una abuela adicta a los fármacos, un tío abusador… todos tienen un pasado oscuro, algo oculto que los va llevando hacia el abismo.

La historia de Melodrama está contada al revés y el narrador, hábil, va soltando información de a poquitos, con pequeñas gotas que van revelando el carácter y las acciones de los personajes. Nada está dejado al azar y, en ocasiones, uno entiende muchas páginas más adelante por qué tal o cual hizo atrás algo que parecía incongruente.

No nos digamos mentiras: la bandita que Planeta le puso al libro con la frase de Gabo es, además de pretenciosa, una simple estrategia comercial. Pero eso no quita que Franco, en mi opinón, sea uno de los buenos escritores que tiene Colombia.

Citas

"El único patrimonio del periodista es su buen nombre y su lenguaje. Cada vez que se firma un texto insuficiente, se pierde parte de ese patrimonio".
Tomás Eloy Martínez

"Quienes hemos vivido en campos de concentración, podemos recordar a ciertas personas que andaban entre las chozas llevando consuelo a los demás y regalando su último medrugo de pan. Su número puede haberse reducido, pero son una prueba fehaciente de que todo es posible quitarle a un hombre, menos una cosa, la última de las libertades humanas: la de elegir su propia actitud bajo cualquier circunstancia dada, la de escoger su propio camino".
Victor Frankl, siquiatra.

Donde viven los monstruos

Max es un niño travieso, cansón y caprichoso, de esos a los que provoca darle una pela. Una noche, luego de una pelea con su madre, Max huye de casa y se embarca en un viaje imaginario a una isla habitada por monstruos.

En ese curioso lugar Max descubre una serie de personajes que, emocionados por su llegada, deciden proclamarlo rey. Su misión parece sencilla, y más para un niño de nueve años: unir y hacer felices a sus nuevos súbditos. Pero a medida que pasa el tiempo, Max se da cuenta de que no todas sus decisiones son correctas y de que, al mejor estilo humano, los monstruos están llenos de virtudes y defectos: envidias, miedos, frustraciones, alegrías, tristezas, celos y dolor.

La adaptación del clásico infantil “Where the wild things are”, escrito en 1963 por el estadounidense Maurice Sendak, no es una película infantil sino, como lo dijo el director Spike Jonze, una cinta sobre la infancia. Imposible no estremecerse con Carol, el monstruo de boca ancha y cuernos en la cabeza que, desde el primer momento, se convierte en el confidente de Max. Donde viven los monstruos –que por alguna razón iba a ser estrenada en enero pero se pospuso–, es una bonita metáfora sobre lo complejas que resultan las relaciones humanas y, sobre todo, una oda justa a la infancia.

Verde

Me gusta cuando, al dejar atrás el tráfico y la ciudad, Bogotá se va abriendo en esa inmensa sabana. Me gusta mirar cómo el paisaje se transforma luego de abandonar Manizales y empezar a escalar esa imponente montaña que es el páramo de Letras: a la vegetación austera y el césped corto le siguen, algunos kilómetros más adelante, las ceibas enormes de Mariquita y el paisaje de tantos verdes. Cuando viajaba por España sentía que el tiempo se había detenido; de repente el tren pasaba por aldeas pequeñísimas, villorrios diminutos en los que apenas había un par de casas comidas por tantos años de historia. Alrededor, desierto. La tierra árida de la Península. Acá, en cambio, la cosa es distinta: pese a la tranquilidad del campo y a que a veces el tiempo parece, también, estar estático, la sensación de vacío que produce ese silencio es mucho menos honda.