Tres apuntes

Pasada ya la época de bienvenidas, abrazos y reencuentros, he vuelto a instalarme en el apartamento de Bogotá. Aunque, para ser sincero, esto de estar desempleado (o como me dijo una amiga: ‘freelance’ o ‘independiente’) tiene sus ventajas: puedo aprovechar el tiempo para leer mucho, escribir la mitad y disfrutar del ocio al que tantos le temen. Lo dice Goethe en su libro Werther: “La raza humana es harto uniforme. La inmensa mayoría emplea casi todo su tiempo en trabajar para vivir, y la poca libertad que les queda les asusta tanto, que hacen cuanto pueden por perderla”. Lo malo es que llenar la nevera con el ocio es privilegio de apenas unos pocos.

Pues bien, mientras vuelvo a retomar contactos, a cuadrar algunas conversaditas con colegas acompañadas de café o cervezas, empiezo a adaptarme a la ciudad y su rutina. Es curioso, pero no he sentido hasta ahora el impacto del que tanto hablan quienes regresan, ni esas ganas terribles de volver a lo que, de manera a veces despectiva, llaman “el primer mundo”. El año que viví en Madrid lo recuerdo con cariño; la gente que conocí, los lugares a los que viajé y las experiencias que tuve, las veo ahora un tanto lejanas, distantes, a pesar de que ha pasado poco tiempo. Fue, digamos, una especie de paréntesis necesario.

***

Por estos días me he topado con dos libros que no quisiera pasar por alto. El primero lo vi en la librería del aeropuerto y, aunque no lo compré de inmediato, tampoco pude aguantar mucho tiempo: Traiciones de la memoria, de Héctor Abad Faciolince. Leer a Héctor es siempre delicioso; uno siente cada página como una conversación amena, relajada y sencilla con alguien que va soltando, de a poquitos, una cantidad de perlitas valiosísimas.

El libro está compuesto por tres ensayos: en el primero, el escritor amplía un texto que salió hace algunos meses en El Espectador (Un poema en el bolsillo), en el que hace un recorrido por la historia del poema de Borges que le halló a su padre el día en que lo asesinaron y del que Harold Alvarado Tenorio decía ser su autor; en el segundo, cuenta sus días difíciles en Turín y remata con un espléndido desenlace; y, finalmente, en el último texto aborda la posibilidad que nos brinda la literatura de ser lo que no somos. La edición de Alfaguara es, además, preciosa y bien cuidada: los textos están acompañados de fotografías y anotaciones con la caligrafía del propio Héctor.

El otro libro –ya para no alargar más esta entrada– se llama El desierto de los Tártaros, del italiano Dino Buzatti. Jamás había escuchado hablar de este escritor hasta que un “cuate” muy querido me regaló el libro dos días antes de volver a Colombia. Quedé fascinado. Buzzati (me entero ahora), era uno de los escritores favoritos de Borges y en esta novela traza una fábula desoladora sobre lo que es el destino de casi todas las personas. No adelantaré demasiado pero siembro la inquietud por si a alguno le queda. El que lo busque, seguro, no se arrepentirá.

6 comentarios:

yacasinosoynadie dijo...

Buzzati es un grande... a mi me lo presentó un profesor ya hace años... leete este relato cortito al que no le sobra ni un adjetivo... Un abrazo Martin...

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ita/buzzati/algo.htm

CarolinaVK dijo...

La magia del lenguaje, como bien dijiste. Aprovecha, aprovecha.

Gracias por ese link, Yacasi. Voy a investigar a Buzzati.

Esteban Dublín dijo...

De acuerdo, Martín. Traiciones de la memoria es un libro estupendo. Aquí te dejo un enlace con respecto a él: http://historiasdubliners.blogspot.com/

yacasinosoynadie dijo...

el link no salio completo acá va de nuevo

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ita/buzza
ti/algo.htm

Martín Franco dijo...

Interesante el blog,mi estimado Esteban.

Ivan Andrade dijo...

Yo tampoco conocía a Buzzati. Habrá que buscarlo. Y claro, Abad Faciolince siempre es una delicia.

Saludos.