Otro adiós

Por segunda vez en veinte días he vuelto al aeropuerto. Por segunda vez, como hace poco más de un año, me senté en el Juan Valdez que queda cerca a la entrada de emigración y volví a vivir la misma escena: mi familia reunida en torno a una mesa, agotando los minutos con cualquier conversación banal. Por segunda vez en más de catorce meses volvimos a despedirnos, a abrazarnos y –como no– a llorar. Sólo que esta vez quien pasó la puerta, el que nos hizo adiós con la mano antes de perderse en el otro lado, fue mi hermano.

Se fue Andrés sin tiquete de regreso; se fue con su música montañera, con su impaciencia, con su bondad infinita, con su risa de dientes grandes, con sus largos silencios y sus respuestas precisas. Se fue con sus nervios y la expectativa de llegar a comenzar de nuevo. Lo vimos perderse tras la barahúnda y sólo entonces comprendí el vínculo tan fuerte que puede haber entre una madre y un hijo: varios minutos después de que ya no estuviera allí, mamá seguía con la mirada en el fondo del gentío, como esperando a que mi hermano se asomara por última vez. Allí estuvo un rato. No dijimos mucho en el camino de vuelta; a veces las palabras no describen algunas tristezas.

¡Adiós, mi querido hermano!

1 comentario:

yacasinosoynadie dijo...

que bonita entrada... la mas bonita en mucho tiempo Martin...