Se fue Andrés sin tiquete de regreso; se fue con su música montañera, con su impaciencia, con su bondad infinita, con su risa de dientes grandes, con sus largos silencios y sus respuestas precisas. Se fue con sus nervios y la expectativa de llegar a comenzar de nuevo. Lo vimos perderse tras la barahúnda y sólo entonces comprendí el vínculo tan fuerte que puede haber entre una madre y un hijo: varios minutos después de que ya no estuviera allí, mamá seguía con la mirada en el fondo del gentío, como esperando a que mi hermano se asomara por última vez. Allí estuvo un rato. No dijimos mucho en el camino de vuelta; a veces las palabras no describen algunas tristezas.
¡Adiós, mi querido hermano!


1 Moscas muertas:
que bonita entrada... la mas bonita en mucho tiempo Martin...
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