La vida por una historia

El 9 de junio de 1956, en Buenos Aires (Argentina), los generales Tanco y Valle desataron un fallido golpe militar contra la llamada “Revolución libertadora”, aquella dictadura que gobernaba el país gaucho luego del derrocamiento del presidente Juan Domingo Perón. Esa noche, un comando armado de la policía penetró en una casa donde doce civiles veían una pelea de boxeo y, acusándolos de conspirar contra el gobierno, decidió fusilarlos sin contemplaciones. La mayoría de los acusados eran obreros de clase media-baja que –cosa curiosa–, carecían de fanatismos políticos. Pero la orden era perentoria.

El objetivo del comando armado se cumplió a medias ya que, en medio de la oscuridad y la confusión, la mitad del grupo de condenados logró escapar. El periodista Rodolfo Walsh reconstruye en el escalofriante libro Operación Masacre los testimonios de los sobrevivientes y denuncia, con nombres, apellidos, fechas y lugares, los atropellos del gobierno de facto. El propio Walsh moriría años después –en 1977– asesinado por la dictadura de Jorge Rafael Videla. Así lo explica la siempre controvertida Wikipedia: “Ricardo Coquet, un sobreviviente que testificó ante el juez Torres, relató que uno de los imputados, el ex oficial Weber, le contó orgulloso:Lo bajamos a Walsh. El hijo de puta se parapetó detrás de un árbol y se defendía con una 22. Lo cagamos a tiros y no se caía el hijo de puta”.

Dejo aquí la reflexión sobre el oficio periodístico que hace Walsh al final de esta edición del libro luego de enterarse que los culpables, pese al escarnio público, quedaron impunes. Un espejo de innumerables casos que se dan en el país, como lo es, por ejemplo, el de Orlando Sierra. ¿Vale la pena arriesgar la vida por una historia? Antes de eso, mil gracias a mi buen amigo Alberto Andreo por dejarme este libro durante su paso por Bogotá.

“Hay otro fracaso todavía. Cuando escribí esta historia, yo tenía treinta años. Hacía diez que estaba en el periodismo. De golpe me pareció comprender que todo lo que había hecho antes no tenía nada que ver con una cierta idea del periodismo que me había ido forjando en todo este tiempo, y que esto sí –esa búsqueda a todo riesgo, ese testimonio de lo más escondido y doloroso–, tenía que ver, encajaba en esa idea. Amparado en semejante ocurrencia, investigué y escribí en seguida otra historia oculta, la del caso Satanowsky. Fue más ruidosa, pero el resultado fue el mismo: los muertos bien muertos, y los asesinos probados, pero sueltos.

Entonces me pregunté si valía la pena, si lo que yo perseguía no era una quimera, si la sociedad en que uno vive necesita realmente enterarse de cosas como éstas. Aún no tengo una respuesta. Se comprenderá, de todas maneras, que haya perdido algunas ilusiones, la ilusión en la justicia, en la reparación, en la democracia, en todas esas palabras, y finalmente en lo que una vez fue mi oficio y ya no lo es”.

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