Otro adiós

Ya perdí la cuenta de todo lo que ha sucedido desde la primera vez que abrí el Matamoscas, a finales del 2005: le he cambiado de diseño infinidad de veces; le borré el historial en alguna ocasión para tratar de empezar de cero; lo cerré y cancelé la dirección para abrir otro blog; y, finalmente, he escrito decenas de entradas para justificar por qué es bueno tener un espacio así o por qué a veces no vale la pena.

He hecho amigos que luego conocí; otros que se quedaron de manera virtual y unos más que aún se pasan de manera silenciosa. Me dejé llevar muchas veces por los comentarios; escribí cosas solamente por ver qué decían los foristas habituales y así alimentar el ego. Entendí que el elogio injustificado es casi tan dañino como el insulto anónimo. Agradecí que, con el tiempo, esos mismos foristas optaran por el silencio, bien sea porque dejaron de pasar o porque entendieron que a veces no valía la pena comentar entradas fútiles.

Escribí sobre libros hasta que me cansé y luego volví a hacerlo. Escribí sobre cine hasta que me di cuenta de que estaba yendo a las salas sólo para tener algo que poner aquí. Sentí que no leía por el placer de leer, sino para redactar en este lugar mis conceptos sobre una novela. Como si fuera un crítico. Puse algunas reflexiones que ahora, al leerlas de nuevo, me suenan manidas, obvias, a lugar común. Colgué algunos cuentos que luego removí porque me dio pudor. Traté de hacer cosas diferentes, de mostrar situaciones o personajes que me llamaron la atención y siento que quizás con algunos lo logré mejor que con otros.

Pero si alguna convicción me ha quedado después de estos años es que en esto de escribir no hay certezas absolutas. Que uno nunca está seguro de nada; que lo que hoy me gusta mañana lo miraré con asco; que lo más probable es que en el futuro crea en lo que ahora me parece imposible; que, como le leí alguna vez a Juan Gabriel Vásquez, “equivocarse sigue siendo uno de nuestros derechos inalienables”, y que el blog, un espacio que es de uno y en el que hay libertad, es la mayoría de las veces un arma de doble filo.

No quisiera escribir que todo tiene un ciclo y que el de este blog ha terminado. Y no quisiera, digo, porque más de una vez lo he hecho: empaco mis cosas, me despido y tiempo después estoy de vuelta. Pero siento que desde hace unos meses algo falla; que lo que antes no dudaba en colgar, hoy debo pensarlo dos, tres y cuatro veces. Que ya no me siento cómodo. Que quisiera un receso para pensar en algo diferente, para tratar de quitarle ese tono de columna de opinión a estas entradas o evitar que suenen como si tuviera una verdad revelada y estuviera siempre convenciendo a alguien de alguna cosa.

Así que lo dejo. No borraré esta vez las entradas anteriores, ni cambiaré una coma, ni variaré el diseño que ahora tiene. Quizás más adelante regrese o tal vez, como creo que es mejor, probaré suerte con algo diferente en otro lugar. No lo sé. Creo que al final es mejor no decir con propiedad “haré esto o aquello” porque siempre termino en lo contrario. Ya me conozco. A los que seguían pasándose por aquí , a los que se fueron, a los que aún comentan, a los que les gustaba, a los que nunca estuvieron de acuerdo, a los que leyeron: ya nos veremos por ahí.

O quizás, de nuevo, por aquí.

(Re)escribir en los tiempos del cólera


Un adolescente se enamora perdidamente de su vecina, a la que apenas puede ver por cuenta de la estricta vigilancia que ejerce la tía soltera en sus visitas. Cuando al fin la burlan, ambos descubren la pasión del primer amor con una intensidad desbocada. Al poco tiempo la familia se entera y, con el fin de romper una relación que no ven con buenos ojos, se lleva a la muchacha lejos. El tipo la espera durante veinte años en los que se dedica a acostarse con cuánta vieja se le pase por el frente. Tiempo después ella regresa y al fin pueden estar juntos en las puertas de la vejez.

¿Les suena familiar?

Sí, es El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez.

Y aunque parezca increíble es, también, la última novela de Fernando Quiroz, Como un bolero.

Lo confieso: pensé que después de Justos por pecadores –que le quita cualquier despojo de prestigio al Premio Planeta–, Quiroz no podía salir con algo más malo. Pero lo ha hecho. Esta novela es –y perdón por la rabia– una cosa realmente grotesca: no sólo la historia es una vil copia, sino también el estilo, la forma de los diálogos (los hace, sí, como sentencias inapelables), y hasta los personajes. Un desfile de lugares comunes que el autor va dejando así, tan tranquilo, con una cantidad de eufemismos pendejos para tratar de adornarse:

Fue el día más triste porque ni siquiera pudo darle las gracias a su tía. Lanzar sobre el cajón en el que viajaba al más allá una rosa amarilla como aquellas que solían perfumar el pasillo que llevaba a los cuartos de la casa. Y porque no le permitieron despedirse del hombre que apenas unas horas atrás había visitado sus entrañas por primera vez y las había impregnado de una humedad de la que todavía quedaban huellas cuando subió al avión que la condujo a Panamá en compañía de su padre” (p.77). ¿El hombre que había “visitado sus entrañas”? ¡No fregués, Quiroz!

No hay necesidad de leerlo todo: si usted salta de página en página –o de a tres o cuatro– y lee las primeras líneas de algunos párrafos escogidos al azar, se enterará perfectamente de lo que pasa. Y se ahorrará la rabia. Así me tocó hacer cuando pasé de la mitad porque no soporté más.

Lo único que logró este libro, de verdad, fue hacerme caer en cuenta de que estaba perdiendo el tiempo.

Por favor: no lo hagan ustedes.

Imperdible

Soldados de Salamina
Javier Cercas
Tusquets

Cada vez me convenzo más de que uno lee libros por la misma razón que ve películas o se embelesa con alguna historia: para evadir, al menos por un buen rato, esa realidad que nos tocó en suerte; para entrar en la vida de otros y tratar de entender, así no vayamos a lograrlo jamás, cómo es que funciona esa cosa tan contradictoria que llamamos conducta humana. Y si uno sabe esperar –pero, sobre todo, si prueba con más curiosidad que descanso–, tarde o temprano llegarán a sus manos esas historias por las que vale la pena pasar las páginas. No sucede con mucha frecuencia, pero sucede. Me pasó hace un tiempo con John Kennedy Toole y Carson McCullers, para citar sólo un par de ejemplos, y ahora me sucede con Soldados de Salamina, la novela más nombrada del español Javier Cercas.

Yo, la verdad, ni siquiera tenía al libro como primera opción cuando vi la edición de Tusquets en la librería; de no haber sido porque el otro –el que quería– valía más de cien mil pesos, quizás no lo habría llevado y me hubiera demorado mucho tiempo en llegar a él. Y así, por ese pequeño detalle, me hubiera quedado sin leer la historia brillante, conmovedora y preciosa que se narra este libro. Una historia que, a grandes rasgos y saltándome lo más importante, va más o menos así: Rafael Sánchez Mazas, el falangista más antiguo de España, logra escapar de un fusilamiento que organiza el ejército Republicano antes de que las tropas de Franco entren a Cataluña en 1939. Perdido durante días en la espesura del monte, hambriento y temeroso, se topa en algún momento de frente con uno de los soldados republicanos que habían emprendido su búsqueda; convencido de que es el fin, en un instante que parece eterno, se queda mirándolo a la espera de que lo mate. Pero el soldado, por algún extraño motivo, le perdona la vida.

Muchos años después un periodista se obsesiona con la historia de Sánchez Mazas y se da a la tarea de buscar a ese soldado. Y ahí es que empieza todo, pero me detengo para no privar de conocer lo que sucede al final a quién quiera meterse en este libro increíble. Además de unas frases sueltas estupendas (“Tal vez son los momentos decisivos de la vida los que con mayor voracidad engulle el olvido”; “Porque uno nunca encuentra lo que busca, sino lo que la realidad le entrega”) la historia gira en torno a Suspiros de España, esta bella canción que acá interpreta Diego el Cigala. Aquí la pongo y, por favor, no dejen de leer este libro. De verdad.

Un extraño proceder

Tengo una tía que desde hace unos años se volvió cristiana. Y fanática. Como casi todas las personas que por cosas de la vida han terminado adorando al Señor de manera desmedida, mi tía no desaprovecha oportunidad para dejarnos saber por qué el Todopoderoso es la mejor opción de vida. No tengo nada con que las personas crean en lo que quieran, pero sí me aburre que los cristianos estén tratando todo el tiempo de imponerles a los demás su credo; por lo demás, es sabido que tratar de argüir con ellos es la mejor manera de perder el tiempo. Ya lo dice bien el lúcido Christopher Hitchens: “Si alguna vez has discutido con un devoto religioso, por ejemplo, habrás advertido que su amor propio y su orgullo participan en la discusión, y que le estás pidiendo que renuncie a algo más que un argumento”.

Yo, que aún me pregunto si Dios existe o no, creo que en ocasiones la propia vida –o el destino, o como se llame–, me dan más opciones para creer lo segundo. Me cuesta trabajo pensar que un Dios justo, como dicen que es, permita cientos de las cosas atroces que vemos a diario. ¿No es paradójico que a veces el Dios del que hablan se ensañe con la gente desprotegida y deje pasar impune a verdaderos cabrones? Pensaba en eso hace unos días a raíz de la muerte de María Camila Angarita, la niña de once años que falleció en el accidente del avión de Aires, en San Andrés. La historia es terrible: su madre, Noemí Sánchez, había ahorrado durante siete años para darle el viaje y, cuando finalmente logró reunir el dinero, ocurrió la catástrofe. Yo no creo que Dios tenga nada que ver en un accidente (digamos, mejor, que es una fatalidad más entre las muchas que ocurren a diario), pero si fuéramos a poner la cosa en esos términos, no estaría de más preguntarse por qué quiso el Señor llevarse a una niña que apenas comenzaba a vivir. Dirán, sí, que sus designios son inescrutables, pero a mí me sigue pareciendo una respuesta facilista.

Lo curioso del asunto es que, en vez de cuestionarse, la familia vuelve a dejarlo todo en las manos de Dios: “sabemos que es la voluntad de nuestro Señor. Él necesitaba tener el angelito más hermoso a su lado, y ese era nuestra prima María Camila”, dijeron. Los envidio, de verdad: sé que así al menos estarán más tranquilos, aunque la pérdida de un hijo sea un dolor para el que las lágrimas no alcancen.

El caso es que, si Dios existe, a mí aún me cuesta mucho trabajo entender su confuso proceder.

Dos hombres

UNO. Hace más de veinte años que mi abuelo se jubiló de su puesto en el banco y desde entonces todos los días se levanta, se organiza y se pone corbata. No importa que no vaya a salir a ningún lado; cada mañana, después de desayunar y leer el periódico, se viste con camisa, chaleco y saco. Yo, en cambio, ni siquiera sé hacerme el nudo; el único vestido que tenía –que compré para el grado del colegio, me sirvió para unas cuantas fiestas y se recicló para el de la universidad–, lo dejé colgado en el clóset de la que fue mi casa en Málaga porque no cabía en la maleta. Esta mañana, cuando iba para el trabajo, me encontré con mi abuelo; lo saludé eufórico, cruzamos un par de palabras y luego cada uno siguió su camino. Iba, como siempre, vestido de manera impecable.

DOS. De vez en cuando me da por sacar de la biblioteca el libro que escribió mi otro abuelo. Son dos tomos y ambos llevan el mismo título: Antes del olvido. Los dos están escritos a máquina, por una sola cara, y tienen en la portada una foto del abuelo caminando por una calle de Manizales. Lleva un vestido elegante, sin corbata, zapatos lustrados y un bastón. Está bien peinado; se ve joven. El primero, que cuenta su infancia, es rojo; el segundo, amarillo, narra su vida adulta. Él mismo mandó a hacer los ejemplares y los repartió entre la familia, quizás como una forma de intentar que su recuerdo perdure un poco, sólo un poco más entre nosotros, cuando se haya ido.

La feria con otros ojos

Una columna que por fortuna y para bien , rebate mi ingenua teoría sobre la feria del libro:

Otra vez la feria
Por Juan David Correa.
(El Espectador)

Quedan tres días, quizá sea hora de cambiar el recorrido.

¿Cuál es el libro de la Feria? ¿Qué ha comprado, visto, hojeado, que valga la pena? ¿Le parece que la Feria es lo mismo de antes? ¿Le da la impresión de que ir a la Feria es como asistir a una fiesta con los amigos de hace veinte años que se empeñan en las previsibles salidas de siempre? Es probable que usted haya oído y respondido esas preguntas si se ha paseado por la Feria en estos días. Es factible que todas puedan contestarse con un sí rotundo por esa manía que tenemos de dar por sentado que todo sigue igual; que cuando los espacios se consolidan, es como si estuviéramos releyendo una historia de sobra conocida. Sin embargo, cuando la gente pregunta o afirma ese “siempre” con repetida manía, es muy posible que se estén pasando por alto libros y esquinas realmente sorprendentes que, a lo mejor, no tienen que ver con los centros comerciales que ya conocemos .

El primer ejemplo está en el estand del Distrito. Libros como Bogotá retroactiva, de Andrés Ospina, un ejercicio de memorabilia bogotana; Árboles de Bogotá, una hermosa edición en la que se pueden conocer los nombres de los cientos de árboles sembrados en nuestras calles, y La carrera de la modernidad. Construcción de la carrera décima. Bogotá (1945-1960), de Carlos Niño Murcia y Sandra Reina, uno de esos libros que dan ganas de leer y mirar y tener para saber a qué nos referimos cuando hablamos de urbanismo, son sólo tres ejemplos de ediciones muy cuidadas, bellamente editadas, bien escritas, investigadas, en fin, libros buenos, libros que quizá no estén bajo los faros de neón de los primeros pisos, pero que brillan solos.

Al lado del estand del Distrito está el de Reic, la Red de Editoriales Independientes, que a pesar de ser un adefesio en diseño arquitectónico, recoge lo mejor de fondos como Taller de Edición Rocca, La Silueta o Ícono, editoriales que nos están demostrando que la independencia no es sinónimo de precariedad. Un piso más abajo está el estand de Tragaluz Editores, que acaba de lanzar un hermoso libro de poemas ilustrados de Juan Felipe Robledo y cuyas ediciones prueban que el futuro de la edición está en la ambición por recuperar al libro como un objeto contra el cual no podrán mil kindles.

Si el plan es comprar libros para niños, hay un pabellón entero con verdaderas sorpresas. Desde el Fondo de Cultura Económica a Babel Ediciones hasta Fundalectura, que este año cumple su 20° aniversario y en donde se encuentra la más completa selección de libros para niños y jóvenes, hay verdaderas sorpresas. Y si el plan es entrar a una librería, la del Fondo de Cultura Económica, en el pabellón 4, o del Bicentenario, que, en honor a la verdad, está mucho mejor que casi todos los países que ponen danzas folclóricas y trajes típicos cuando son invitados de honor. Quedan tres días de Feria. Y quizá sea hora de cambiar el recorrido: comience por los segundos pisos y piérdase lo mismo de siempre.

Vivir con el miedo

El bombazo sonó cuando apenas estaba amaneciendo. Duro, fuerte, con un eco que se expandió durante varios segundos largos. De inmediato comenzó otra vez la escena que tanto hemos vivido en este país de bombas: el pánico, la alarma, las especulaciones y el miedo. Sobre todo el miedo. Mientras desayunaba y me arreglaba para ir al trabajo pensaba que, a pesar de todo, tendría que tratar de hacer que el día fuera normal; creí que iba a ser difícil llegar a la revista, que las calles estarían atestadas de policía, que la gente dejaría de salir, que se hablaría otra vez de la guerrilla y que los años de terror que veíamos tan lejanos estaban en realidad agazapados.

Pero cuando salí a la calle (apenas a tres cuadras de donde explotó el carro bomba), todo seguía su curso: la gente caminaba tranquila, los carros pasaban por la carrera novena, dos jóvenes con morral esperaban el bus y un camión descargaba frutas en Carulla. Cogí el colectivo a la misma hora; el tráfico estaba igual que siempre. Afuera, la gente no parecía notar nada. Entonces pensé que tantos años de bombas nos han enseñado a vivir con el terror y ahora solemos mirarlo sin sorprendernos. Pensé que en algún lugar, no lejos de allí, un marido volvería a su casa a medio día, almorzaría con su esposa y apenas tratarían el tema por encima: "¿Viste lo de la bomba?", diría él. "Ah, sí: terrible", respondería ella. Y pasarían a otro tema.

Quizás lo más sorprendente de todo fue mi propia reacción. Aturdido por el bombazo y el sueño, con los ojos medio cerrados y las cobijas hasta el cuello, apenas intenté levantarme y pregunté, adormilado:

—¿Qué fue eso?

—No sé —respondió mi hermano, que estaba a punto de salir para el restaurante en el que trabaja.

—Qué raro —dije.

Y me volví a quedar dormido.

Un cuento de Dino Buzzati

Algo había sucedido
Dino Buzzati*

El tren había recorrido sólo pocos kilómetros (y el camino era largo, nos detendríamos recién en la lejanísima estación de llegada, después de correr durante casi diez horas) cuando vi por la ventanilla, en un paso a nivel, a una muchacha. Fue una casualidad, podía haber mirado tantas otras cosas y en cambio mi mirada cayó sobre ella, que no era hermosa ni tenía nada de extraordinario. ¡Quién sabe por qué había reparado en ella! Era evidente que estaba apoyada en la barrera para disfrutar de la vista de nuestro tren, superdirecto, expreso al norte, símbolo -para aquella gente inculta- de vida fácil, aventureros, espléndidas valijas de cuero, celebridades, estrellas cinematográficas... Una vez al día este maravilloso espectáculo y absolutamente gratuito, por añadidura.

Pero cuando el tren pasó frente a la muchacha, en vez de mirar en nuestra dirección se dio vuelta para atender a un hombre que llegaba corriendo y le gritaba algo que nosotros, naturalmente, no pudimos oír, como si acudiera a prevenirla de un peligro. Solamente fue un instante: la escena voló, quedó atrás y yo me quedé preguntándome qué preocupación le había traído aquel hombre a la muchacha que había venido a contemplarnos. Y ya estaba por adormecerme, al rítmico bamboleo del tren, cuando quiso la casualidad -se trataba seguramente de una pura y simple casualidad- que reparara en un campesino parado sobre un murito, que llamaba y llamaba hacia el campo, haciéndose bocina con las manos. También esta vez fue un momento porque el expreso siguió su camino, aunque me dio tiempo de ver a seis o siete personas que corrían a través de las praderas, los cultivos, la hierba medicinal, pisoteándola sin miramientos. Debía ser algo importante. Venían de diferentes lugares -de una casa, de una fila de viñas, de una abertura en la maleza- pero todos corrían directamente al murito, acudiendo alarmados, al llamado del muchacho. Corrían, sí, ¡por Dios cómo corrían!, espantados por alguna inesperada noticia que los intrigaba terriblemente, quebrando la paz de sus vidas. Pero fue sólo un instante, lo repito apenas un relámpago; no tuvimos tiempo de observar nada más.

"¡Qué extraño!", pensé, "en pocos kilómetros ya dos casos de gente que recibe, de golpe, una noticia" (eso, al menos era lo que yo presumía). Ahora, vagamente sugestionado, escrutaba el campo, las carreteras, los paisajes, con presentimiento e inquietud. Seguramente estaba influido por el especial estado de ánimo, pero lo cierto es que cuanto más observaba a la gente, más me parecía encontrar en todos lados una inusitada animación. ¿Por qué aquel ir y venir en los patios, aquellas afanadas mujeres, aquellos carros...? En todos los lados era lo mismo. Aunque a esa velocidad era imposible distinguir bien, hubiera jurado que toda esa agitación respondía a una misma causa. ¿Se celebraría alguna procesión en la zona? ¿O los hombres se dispondrían a ir al mercado? El tren continuaba adelante y todo seguía igual, a juzgar por la confusión. Era evidente que todo se relacionaba: la muchacha del paso a nivel, el joven sobre el muro, el ir y venir de los campesinos: algo había sucedido y nosotros, en el tren, no sabíamos nada.

Miré a mis compañeros de viaje, algunos en el compartimiento, otros en el corredor. No se habían dado cuenta de nada. Parecían tranquilos y una señora de unos sesenta años, frente a mí, estaba a punto de dormirse. ¿O acaso sospechaban? Sí, sí, también ellos estaban inquietos y no se atrevían a hablar. Más de una vez los sorprendí echando rápidas miradas hacia fuera. Especialmente la señora somnolienta, sobre todo ella, miraba de reojo, entreabriendo apenas los párpados y después me examinaba cuidadosamente para ver si la había descubierto. Pero, ¿de qué teníamos miedo?

Nápoles. Aquí, habitualmente, el tren se detiene. Pero nuestro expreso, no, hoy no. Desfilaron cerca las viejas casas y en los patios oscuros se veían ventanas iluminadas. En aquellos cuartos -fue un instante- hombres y mujeres aparecían inclinados, haciendo paquetes y cerrando valijas. ¿O me engañaba y todo era producto de mi fantasía?

Se preparaban para marcharse. "¿Adónde?", me preguntaba. Evidentemente no era una noticia feliz, pues había como una especie de alarma generalizada en la campaña como en la ciudad. Una amenaza, un peligro, el anuncio de un desastre. Después me decía: "Si fuera una desgracia se habría detenido el tren; y en cambio, el tren encontraba todo en orden, señales de vía libre, cambios perfectos, como para un viaje inaugural.

Un joven a mi lado, simulando que se desperezaba, se había puesto de pie. En realidad quería ver mejor y se inclinaba sobre mí para estar más cerca del vidrio. Afuera, el campo, el sol, los caminos blancos y sobre los caminos carros, camiones, grupos de gente a pie, largas caravanas, semejantes a las que marchan en dirección a la iglesia el día del santo patrón de la ciudad. Ya eran cientos, cada vez más gentío a medida que el tren se acercaba al norte. Y todos llevaban la misma dirección, descendían hacia el mediodía, huían del peligro mientras nosotros íbamos directamente a su encuentro; a velocidad enloquecida nos precipitábamos, corríamos hacia la guerra, la revolución, la peste, el fuego... ¿Qué más podía pasarnos? No lo sabríamos hasta dentro de cinco horas, en el momento de llegar y seguramente sería demasiado tarde.

Nadie decía nada. Ninguno quería ser el primero en ceder. Cada uno quizás dudara de sí mismo, como yo, y en la incertidumbre se preguntara si toda aquella alarma sería real o simplemente una idea loca, una alucinación, una de esas ocurrencias absurdas que suelen asaltarnos en el tren, cuando ya se está un poco cansado. La señora de enfrente lanzó un suspiro, aparentando que recién se despertaba e igual que aquel que saliendo efectivamente del sueño levanta la mirada mecánicamente, así ella levantó las pupilas, fijándolas, casi por azar, en la manija de la señal de alarma. Y también todos nosotros miramos el aparato, con idéntico pensamiento. Nadie se atrevió a hablar o tuvo la audacia de romper el silencio o simplemente osó preguntar a los otros si habían advertido, afuera, algo alarmante.

Ahora las carreteras hormigueaban de vehículos y gente, todos en dirección al sur. Nos cruzábamos con trenes repletos de gente. Los que nos veían pasar, volando con tanta prisa hacia el norte, nos miraban desconcertados. Un multitud había invadido las estaciones. Algunos nos hacían señales, otros nos gritaban frases de las cuales se percibían solamente las voces, como ecos de la montaña.

La señora de enfrente empezó a mirarme. Con las manos enjoyadas estrujaba nerviosamente un pañuelo, mientras suplicaba con la mirada. Parecía decir: si alguien hablaba... si alguno de ustedes rompiera al fin este silencio y pronunciara la pregunta que todos estamos esperando como una gracia y ninguna se atreve a formular...

Otra ciudad. Como al entrar en la estación el tren disminuyó su velocidad, dos o tres se levantaron con la esperanza de que se detuviera. No lo hizo y siguió adelante como una estruendosa turbonada a lo largo de los andenes donde, en medio de un caótico montón de valijas, un gentío se enardecía, esperando, seguramente, un convoy que partiera. Un muchacho intentó seguirnos con un paquete de diarios y agitaba uno que tenía un gran titular negro en la primera página. Entonces, con un gesto repentino, la señora que estaba frente a mí se asomó, logrando detener por un momento el periódico, pero el viento se lo arrancó impetuosamente. Entre los dedos le quedó un pedacito. Advertí que sus manos temblaban al desplegarlo. Era un papelito casi triangular. Del enorme título, sólo quedaban tres letras: ION, se leía. Nada más. Sobre el reverso aparecían indiferentes noticias periodísticas.

Sin decir palabra, la señora levantó un poco el fragmento, a fin de que pudiéramos verlo. Todos lo habíamos visto, aunque ella aparentaba ignorarlo. A medida que crecía el miedo, nos volvíamos más cautelosos. Corríamos como locos hacia una cosa que terminaba en ION y debía de tratarse de algo espeluznante; poblaciones enteras se daban a la fuga. Un hecho nuevo y poderoso había roto la vida del país, hombres y mujeres solamente pensaban en salvarse, abandonando casas, trabajos, negocios, todo, pero nuestro tren no, el maldito aparato, del cual ya nos sentíamos parte como un pasamano más, como un asiento, marchaba con la regularidad de un reloj, a la manera de un soldado honesto que se separa del grueso del ejército derrotado para llegar a su trinchera, donde ya la ha cercado el enemigo. Y por decencia, por un respeto humano miserable, ninguno de nosotros tenía el coraje de reaccionar. ¡Oh los trenes, cómo se parecen a la vida!

Faltaban dos horas. Dos horas más tarde, a la llegada, ya sabríamos la suerte que nos esperaba a todos. Dos horas. Una hora y media. Una hora. Ya descendía la oscuridad. Vimos a lo lejos las luces de nuestra anhelada ciudad y su inmóvil resplandor reverberante, un halo amarillo en el cielo, nos volvió a dar un poco de coraje.

La locomotora emitió un silbido, las ruedas resonaron sobre el laberinto de los cambios. La estación, la superficie -ahora oscura- del techo de vidrio, las lámparas, los carteles, todo estaba como de costumbre. Pero, ¡horror! Aún el tren se movía, cuando vi que la estación estaba desierta, los andenes vacíos y desnudos. Por más que busqué no pude encontrar una figura humana. El tren se detuvo, al fin. Corrimos por el andén hacia la salida, a la caza de alguno de nuestros semejantes. Me pareció entrever al fondo, en el ángulo derecho, casi en la penumbra, a un ferroviario con su gorro que desaparecía por una puerta, aterrorizado. ¿Qué habría pasado? ¿No encontraríamos un alma en la ciudad? De pronto, la voz de una mujer, altísima y violenta como un disparo, nos hizo estremecer. "¡Socorro! ¡Socorro!", gritaba y el grito repercutió bajo el techo de vidrio con la vacía sonoridad de los lugares abandonados para siempre.

*(Belluno, 16 de octubre de 1906 – Milán, 28 de enero de 1972). Escritor y periodista italiano.

La feria, lo mismo de siempre

Hace unos años solía ir a la feria del libro con una mezcla de emoción y curiosidad. Paseaba por los stands de las editoriales sin importar los tumultos y terminaba llevándome más de un libro bajo el brazo. Era, por decirlo así, un buen plan de sábado en la tarde. Pero con el tiempo la cosa empezó a perder gracia: siempre los mismos stands en los mismos lugares; los escritores firmando libros y las colas para verlos y tocarlos, como si fueran unas estrellas; el gentío insoportable que no deja caminar y la plaza de comidas sin una silla libre.

Para quienes nos gusta visitar librerías con cierta frecuencia la feria del libro no tiene mucha gracia; al final, no es más que una enorme venta de garaje con pocos atractivos extra. Porque no nos digamos mentiras: lo del país invitado es casi siempre un chorro de babas y hay salones (como el de caricatura) que son simple y puro relleno. La ventaja de las pequeñas librerías es que casi siempre están vacías y uno puede mirar a su antojo y sin afán; en la feria, en cambio, la gente se aglutina de manera desesperada como si a la vuelta de la esquina no hubiera una tienda de libros.

Ni siquiera los invitados (¿hay invitados?) o los lanzamientos de este año llaman la atención. Lo peor de todo es que, por lo general, la gente suele ir a la feria sólo por cumplir con la tarea; no digo que todos, pero supongo que muchos de los libros que allí se compran se quedan adornando más de una biblioteca.

No sé, ya no tiene gracia. Para ser sincero a mí me da pereza ir. Prefiero quedarme en la casa con un buen libro.

Convocatoria*



Vamos a escribir las memorias del agua

Convocatoria. Talleres de crónica periodística: Memorias del agua
Del lunes 2 de agosto al viernes 20 de agosto

Esta es una invitación para personas mayores de 17 años, que vivan en Bogotá y quieran participar en talleres de crónica periodística, donde aprenderán a escribir relatos en este género que recuperen la memoria del agua en la ciudad y muestren la transformación o destrucción de este recurso natural en el entorno urbano y en relación con su vida cotidiana. La convocatoria, organizada por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República y la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana, cuenta con el apoyo del Archivo de Bogotá y BibloRed, y estará abierta entre el 2 y el 20 de agosto.

Bogotá es una ciudad que cuenta con abundantes fuentes de agua, dentro y fuera de su perímetro urbano, una característica no muy frecuente entre las grandes capitales del mundo. Sin embargo, la relación actual entre agua – ciudad - habitantes pone en evidencia la falta de consciencia, por parte de los bogotanos, sobre el carácter agotable y limitado de este recurso.

MAYORES INFORMES A MEDIOS DE COMUNICACIÓN
Biblioteca Luis Ángel Arango del
Banco de la República
Oficina de Divulgación:
Silvia Echavarría – Sofía Restrepo
Teléfonos: 343 23 96 – 343 13 77
prensablaa@banrep.gov.co

Los Talleres de crónica:
Memorias del agua se realizarán entre los sábados 4 de septiembre y 23 de octubre, con el objetivo de consolidar un archivo de memorias mediante el género de crónica periodística y brindar a la comunidad información amplia sobre el agua y su preservación. Los seleccionados, que se anunciarán el lunes 30 de agosto en la página web http://www.banrepcultural.org/blaa, participarán en talleres gratuitos dictados por destacados periodistas, egresados de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana, y asistirán a charlas complementarias en la Biblioteca Luis Ángel Arango, durante la Semana de la Ciencia.Todas las crónicas que se reciban formarán parte del archivo histórico “Memorias del agua”, que enriquecerá la historia de Bogotá para las futuras generaciones. Las mejores crónicas producidas en los talleres se publicarán en las páginas electrónicas del evento y formarán parte de una antología de crónicas que publicará el Archivo de Bogotá.

Esta convocatoria es organizada por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República y la Pontificia Universidad Javeriana, con el apoyo del Archivo de Bogotá y BibloRed, entidades que en 2007 y 2008 desarrollaron los “Talleres de crónicas barriales” en el marco de la celebración de “Bogotá Capital Mundial del Libro”. Quienes estén interesados en conocer el libro y las mejores crónicas de este proyecto las encontrarán en: http://www.lablaa.org/cronicas-barriales/antologia.html

Más información:
http://www.banrepcultural.org/blaa,

Requisitos para participar:
• Vivir en Bogotá y querer aprender las técnicas de la reportería y de la escritura periodística.
• Tener disponibilidad de tiempo para participar en las ocho sesiones sabatinas de los talleres, que se realizarán entre el 4 de septiembre y el 23 de octubre de 2010.
• Enviar antes del 20 de agosto un relato descriptivo de máximo tres cuartillas a doble espacio, en versión digital, a la siguiente dirección electrónica: directobogota@gmail.com.
• El relato puede abordar temas del pasado o del presente relacionados con el agua en Bogotá: usos, oficios y costumbres en torno a los chorros y las pilas; paseos a los lagos, cascadas y ríos que se hacían en otras épocas; luchas que han librado las comunidades por el agua; recuperación de las quebradas en los cerros orientales; líderes barriales de campañas por la protección del agua; leyendas y mitos urbanos sobre el agua.
• El autor deberá adjuntar sus datos personales: nombre y apellidos, documento de identidad, edad, oficio, profesión o actividad que desempeña (si es estudiante, indicar el colegio y el curso; si es universitario, la universidad, la carrera y el semestre), barrio y localidad donde vive.

*Si a alguien le interesa participar, estaré dictando el taller que se hará en la biblioteca El Tintal, al sur-occidente de la ciudad.

Bibliotecas

Desde hace casi seis meses estoy a cargo de una sección de perfiles en la revista; en cada número debo encontrar un personaje, lograr que me abra las puertas de su casa e indagar por sus gustos, aficiones y todas esas cosas que uno hace en su tiempo libre pero que por lo general no le gusta contar. No es fácil encontrarlos, la verdad, pero tampoco me quejo: la sección me gusta.

El caso es que cada que voy a la entrevista suelo hacer dos cosas: hurgar en la biblioteca de los personajes y preguntarles qué les gusta leer. Me encanta mirar los títulos que descansan en los estantes porque ese tipo de cosas dicen más sobre la persona que lo que ellos mismos puedan revelar en la entrevista; después de todo, cuando uno tiene una grabadora al frente puede armar un discurso sin mucho esfuerzo . ¿O Cuántas personas, acaso, no viven de una pose?

Y uno ve de todo, claro. Bibliotecas envidiables como las de Andrés Hoyos y Ramiro Bejarano, que ocupan no sólo una sino varias salas y se meten sin pedir permiso por toda la casa: en la sala, el estudio, la habitación y la mesa de noche. (A propósito, con Bejarano me pasó una cosa curiosa: mientras me mostraba los libros de su enorme biblioteca sacó, de repente, una edición del mismo que yo estaba leyendo por entonces: La novela de ajedrez, de Zweig).

Hay bibliotecas llenas de obsesiones, como la de Mario Hernández y sus libros sobre la cultura oriental; aquellas con todos los libros de un autor, como la de Rodrigo Triana y su gusto por las novelas, ensayos y cuentos de Mario Mendoza, y algunas que, simplemente, no existen. Como Siad Char, la insulsamente bella presentadora de Caracol que apenas tiene tres libros polvorientos de Khalil Gibrán encima de la chimenea y que a leguas se ve que pocos han tocado.

Pero eso, al final, no es pecado.

O quizás sí.

Catorce minutos

4:18 p.m.
Me levanté esta mañana con un cierto vacío, una especie de ansiedad creciente que me agarra a veces y no logro explicar. Intenté concentrarme en un libro pero no pude estar en él mucho tiempo; leí el periódico a medias, pasé canales en la televisión y luego traté de dormir sin resultado. No creo en el horóscopo ni en el azar, pero esta mañana decía que hoy iba a estar inquieto por alguna razón. He vuelto sobre las entradas de este blog y me he dado cuenta que antes parecía tener más cosas que contar. En cualquier caso, releerme de vez en cuando me parece gracioso.

4:22 p.m.
Estoy pensando si vale la pena publicar entradas que no dicen nada. Estoy pensando que alguien, una vez más, me lo reprochará. Estoy pensando en que yo mismo me lo reprocharé luego y estaré tentado a borrarlas. Estoy pensando que escribir por escribir a veces libera, aunque no haya nada qué decir. Esta mañana traté de comenzar un cuento; redacté tres párrafos y desistí. El principio dice así: “Si no te fueras a morir, Mario, me quedaría difícil contarte estas cosas”.

4:27 p.m.
La semana pasada pasé por la librería porque llevo muchos días buscando un ejemplar de El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, para regalárselo a mi novia. No estaba. Ni en Arteletra, ni en San Librario, ni en la Nacional y menos en la de Granahorrar. En Panamericana ni pregunto porque sé que el dependiente me mirará con cara de asombro y, buscando en el computador, me pedirá que le repita cómo se llama el señor. Dirá así: el señor. Entonces tendré que irme.

4:32 p.m.
Hace mucho tiempo no brillaba tanto el sol en Bogotá. Me asomo a la ventana y veo lo mismo de siempre: los altos edificios, los autos que pasan, la gente en la calle, los árboles grises de tanto smog. Al fondo se ven los cerros, un tanto pelados. Se escucha una sirena, la alarma de un carro en un parqueadero.

¿A quién le importa?

Hace unos días Argentina se convirtió en el primer país de Latinoamérica en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo. Un paso difícil que no estuvo alejado de la polémica: cientos de personas se lanzaron a la calle a protestar por esa aberrante ley que, según ellos, afecta la formación natural de la familia, el bastión principal de cualquier sociedad.

Apenas anoche vi Milk, la película de Gus Van Sant protagonizada por Sean Penn donde se cuenta la vida del activista político Harvey Milk, primer homosexual en conseguir un puesto público en los Estados Unidos y luchar por los derechos del género en los años setenta. La cinta es una historia emotiva que narra con acierto los matices de un personaje que, como todos, no deja de ser un tanto contradictorio; en cualquier caso, el camino que comenzó Milk al norte sigue dando frutos y cada vez más los homosexuales ganan un terreno por el cual no deberían estar luchando. Y no deberían, digo, por algo tan elemental como ignorado: en el fondo lo que priman son los derechos del individuo y no sus gustos bajo las sábanas.

Yo lo aprendí mejor gracias a Madrid. Hace más de un año, cuando llegué, arrendé un apartamento con Bia, la becaria brasileña, y Guillermo, el mexicano. Pese a que no sabíamos nada los unos de los otros íbamos a ser lo más parecido a una familia al menos por seis meses; creo que por entonces, debido a la emoción de la nueva vida que comenzaba, ninguno se preocupaba demasiado por el pasado de los otros. Pero a medida que corrió el tiempo, las cosas empezaron a revelarse: Guille, que es Cristiano Bautista, descubrió que lejos de lo que había sido su vida podía sentirse sin ataduras; poco a poco comenzó una lucha interna hasta que decidió contarnos su verdadera inclinación sexual.

Mentiría si negara que al principio me resultó un poco incómodo saber que mi vecino de cuarto se encerraba en el suyo con otro tipo, pero al poco tiempo me di cuenta de que esas cosas no tenían por qué importarme. Quizás sin saberlo Guillermo me hizo practicar un silencioso ejercicio de tolerancia que, hasta entonces, no había tenido la oportunidad de vivir. Y fue grandioso, no sólo porque Guille es una persona brillante, noble y admirable, sino porque pese al poco tiempo logramos construir una bonita amistad. Eso, claro, sin contar con que varias de las mejores fiestas que recuerdo de Madrid nos las dimos en Chueca.

A veces me cuesta entender por qué mucha gente piensa aún que lo que uno hace en su cama deba tener repercusiones en otros aspectos de la vida. Supongo que aún quedan varias barreras morales que serán difíciles de destruir. Yo, mientras tanto, espero algún día poder volver a ver a Guillermo en México.

Opinar

Semanas atrás viajé a Manizales y me encontré con alguien a quien no veía hace muchos años. Hablando de esto y aquello, en medio de las formalidades que siempre se dicen, me contó que un par de veces leyó las columnas que escribía en La Patria. Hace ya unos seis meses que renuncié a ese espacio por decisión propia; nunca, durante los casi dos años que duró esa segunda etapa (ya había estado antes y también me salí), la dirección del periódico me dijo una palabra por los textos, ni me sugirió siquiera que dejara de escribir sobre un tema en especial. Era libre de decir lo que quisiera y jamás tuve reproche por ello; al contrario: en diciembre, cuando estuve unos días allá, el director del diario me invitó a conversar y a conocer las instalaciones.

Pero también hace unos días volví sobre los columnistas del periódico y reafirmé la decisión de abandonar. Estos seis meses sin enviar el texto me han hecho entender algunas cosas: una, que tener ese espacio en un diario no es, como muchos creen, tarea sencilla. Hablar por hablar es muy fácil, pero intentar sostener las cosas con argumentos es otro cuento (sé que suena obvio, pero así es); dos, que en ocasiones llegaba a apasionarme tanto con los temas que terminaba practicando el mismo error que quienes me criticaban: creía que mi verdad era la única, que tenía la obligación de abrirles los ojos a los lectores con temas vedados en una ciudad pequeña y, al parecer de muchos, pueblerina. Y ahí otro error, más grave aún: generalizaba, creía de manera equivocada que la mayoría de la ciudad continuaba siendo así. Ahora me pregunto qué sé yo de eso, si hace más de diez años me fui de Manizales y solo voy a veces, cada vez con menor frecuencia.

Escuchaba hace poco a Leila Guerriero, la gran cronista argentina, decir a los periodistas que nunca estuvieran contentos con sus textos pues lo que hoy los enorgullecía en cinco años les haría dar vergüenza. Si ahora releo algunas de las columnas que escribí no estoy seguro de creer en verdad todo lo que dice en ellas.

A veces, también, me daba la sensación de estar dando batallas innecesarias; sin saber por qué ni con qué objetivo, tomaba la batuta en temas que no debían incumbirme. Escribí muchas columnas sobre religión con el ánimo —debo aceptarlo— de fastidiar a los creyentes de misa de domingo en la iglesia de Palermo. Pero ahora sé que es una completa estupidez intentar convencer a la gente de algo, y menos en terrenos de fe. El quiera creer está en todo su derecho, sobre todo si eso lo hace sentir más tranquilo. Quizás escribir —sobre todo columnas de opinión— conlleve despertar odios y pasiones, pero supongo que el hecho de que ni siquiera nosotros mismos estemos seguros de muchas de nuestras ideas o convicciones pone ya un primer obstáculo.

No pretendo discutir sobre la importancia de escribir o no columnas de opinión, porque ésa es otra historia. Sólo digo que, al menos por ahora, me siento tranquilo de haberla dejado.

Y muchas de ellas, quizás la mayoría, tampoco me enorgullecen demasiado.

Andrés Hoyos: Malpensante y poco diplomático


*Publicado en la revista CROMOS, edición 4785.

Los que apenas lo han visto un par de veces pueden pensar que Andrés Hoyos –escritor, fundador y hasta hace un tiempo director de la revista El Malpensante– es una persona fría, vanidosa. Y aunque él lo sabe, parece que al final el asunto no lo desvela demasiado: “Seguramente lo dirán –cuenta dándole la espalda a una parte de su enorme biblioteca, organizada con esmero por orden alfabético–, pero no puedo evitar que me casquen cuando durante tanto tiempo El Malpensante ha cascado a más de uno”.

Los que lo conocen, en cambio, saben que detrás de esa apariencia un tanto hostil hay otra cosa. “De él dicen que es huraño, mala gente. Después de siete años de trabajar a su lado puedo decir que no lo es. Es más bien descuidado socialmente: no se ocupa mucho de ser diplomático, ni está pendiente de la convención social del saludo o la amabilidad impostada”, dice Camilo Jiménez, antiguo editor de la revista que, junto a su amigo Mario Jursich, Hoyos fundó por allá en el año de 1996.

Y sí: quizás no se preocupe mucho por ser diplomático. Por eso, tal vez, llega media hora tarde a la entrevista, parquea su camioneta roja sin fijarse demasiado y sube apurado las escaleras de su casa con varios libros bajo el brazo. El lugar es un bosque en medio de la ciudad; en la parte de atrás se ven árboles altos y esa vegetación más bien desigual de la sabana. Para llegar hay que subir una pequeña colina en la que el tráfico de la ciudad desaparece. Adentro, la casa parece habitada por libros: están a la entrada, en el pasillo del segundo piso, dentro de la habitación, en la sala y en el estudio en el que escribe frente a un enorme ventanal.

Antes de sentarse en el sofá de la sala –desde donde se ve, al fondo, una terraza amplia– habla por celular. Concreta los últimos detalles de la nueva versión del Festival Malpensante que invita, como es usual, a varios pesos pesados de las letras. Sin mirar demasiado a los ojos y frunciendo el ceño cuando se le pregunta, Hoyos habla.

Dice, para empezar, que no es muy original en sus gustos. “Soy bastante straight”, confiesa pronunciando la última palabra con un inglés pulcro. Cuenta que le gusta leer de todo; que le encanta ir a cine aunque desde que nació su hijo Iván ha tenido que bajarle; que ha desarrollado una fascinación por series de televisión gringas tipo Los Soprano o Mad Men, y que lo que más le gusta es sentarse a tener una buena charla. “Soy básicamente un conversador”, dice.

Para eso es de mucha ayuda otra de sus grandes pasiones: la buena comida. “La verdad es que he sido siempre bastante sibarita –confiesa sin ningún asomo de pudor–. Me gusta mucho la comida mediterránea; en cambio, no me gusta la griega ni tampoco la oriental. En ese aspecto soy muy occidental”.

Comer bien, expresa, conlleva ese elemento de la conversación que tanto le gusta. Por eso, cuando viaja se informa y saca tiempo para visitar los mejores restaurantes de cada ciudad. “No siempre visito los de tres estrellas Michelin, aunque he ido a uno que otro”, revela. Como también cuenta que, puesto que su motricidad fina no está muy desarrollada, prefiere evitar meterse a la cocina.

Y, claro, viaja mucho. Le gusta Europa y suele ir con relativa frecuencia a Estados Unidos, no sólo porque tiene familia allá sino porque le encanta la cultura norteamericana. “En algunos aspectos, no en todos, los gringos están en el curubito. Digamos que el periodismo es extraordinariamente bueno; ha habido pintores muy importantes, y el cine independiente sigue siendo valioso. Y la música: uno no puede simplemente chulear a un país que ha dado a Bob Dylan”.

Pese a que se declara seguidor del rock –Los Beatles, Rolling Stones, The Doors, Tom Waits, Leonard Cohen–, admite que durante un tiempo, cuando fue militante de izquierda, dejó de escucharlo y se volcó sobre la salsa. “Empecé a comprar muchos discos e iba en camino a convertirme en un erudito –dice–. Ahora me gusta la música clásica y algunos cantantes franceses, pero no soy fanático de nada”. La salsa le dejó el gusto por el baile, una actividad que aún practica de vez en cuando: “Pero eso es como los deportes: pasados los cincuenta años uno ya no puede estarse hasta las cuatro de la mañana dando lora”.

Aunque no es lo único que lo entusiasma: al hablar de revistas, por ejemplo, se declara abiertamente proimperialista. “Las mejores del mundo son americanas. The New Yorker, Atlantic Monthly y el New York Review of Books son publicaciones de una tradición extraordinaria”. Y, de paso, aprovecha para sacar su mala leche: “Hay excepciones, pero en Colombia el periodismo no es suficientemente independiente; sucede que se mira de manera obsesiva la política cuando debería ser más polifacético. Yo diría que en general la calidad del periodismo que se hace es baja”.

Lo cierto es que, para bien o para mal, la vida de Andrés Hoyos está atravesada por libros. Lector, editor y escritor, dice que acaba de terminar una novela de mil páginas que le costó ocho años y medio de trabajo y de la cual, al menos por ahora, prefiere mantener el título en reserva. “Mis primeras tres novelas, de carácter histórico, tuvieron más o menos buena crítica y pocos lectores. Esa es la realidad”, dice.

Pero si hay algo que le logra robar tiempo a la literatura, aunque él intente restarle trascendencia, es su faceta como padre. “Ser papá, aunque tardío, me revivió la infancia, que estaba un poco relegada en la parte de atrás de la memoria. Ver a un niño crecer y adquirir las herramientas de la vida es algo muy emocionante y al mismo tiempo enigmático”.

Es medio día. Cuando termina de hablar Hoyos se levanta y va hasta el comedor. La última imagen que se ve es esta: el escritor está sentado en la cabecera de una mesa grande, con una servilleta de tela en sus piernas, mientras dos empleadas del servicio le sirven el almuerzo.

Fútbol

He estado pensando en ciertas cosas que con el tiempo me gustan un poco menos. El fútbol, por ejemplo. Antes solía disfrutar más cada partido –cualquiera que fuese– pero ahora me cuesta trabajo terminarlos. Con el mundial la cosa cambia un poco, aunque no soy de esos que ve los sesenta y pico de juegos ni se queda pegado a la pantalla con un Serbia-Ghana. No sé por qué uno de los mundiales que más recuerdo es el de Estados Unidos, en el 94; quizás, como todos, pensaba que por fin Colombia sería campeona del mundo y me dejaba llevar por esa ilusión de ver a esa brillante generación de futbolistas en lo más alto. Todavía recuerdo el día en que asesinaron a Escobar, poco después de que la selección saliera del campeonato por la puerta de atrás: estábamos de vacaciones en la finca de mi abuelo; todas las mañanas el viejo ponía el radio muy temprano y más de una vez nos despertaba el sonido de la emisora, que no sintonizaba del todo bien. Ese día me desperté como siempre y vi a los que estaban levantados con las caras largas, pegados al aparato. Muchos años después pienso en ese momento y aún no puedo entender por qué una persona es capaz de matar a otra por un simple juego. Supongo que tal vez por eso es que cada vez le voy perdiendo más el gusto: porque cada día que pasa el fútbol se vuelve menos alegría y más negocio; menos juego y más pasión; menos distracción y más locura. Que un equipo gane no debería ser el fin del mundo. Mucho menos que pierda. Después de todo no son más que veintidós muchachos corriendo detrás de un balón.

¿Vale la pena recordar?

¿Cuánto de recuerdo hay en cada texto? ¿Qué tanta verdad o mentira tienen las palabras que escribimos? Las preguntas me quedaron sonando después del comentario que me dejó una amiga en la entrada sobre Málaga. Y digamos que me llamó la atención porque trata un punto que yo ya había pensado: muchas veces, quizás más de las que nos imaginamos, sentimos que algunos recuerdos no nos importan más que a nosotros mismos. El problema es que el auge de los blogs –que se han convertido en una especie de diarios en línea–, han disparado el afán de la gente por contar su vida y la forma cómo percibe las cosas. Algo que no es malo, por supuesto, pero que seguramente nos hace escribir cosas que quizás no necesitamos contar.

(Un paréntesis: se me ocurre pensar que eso mismo ocurre ahora con Twitter: cada minuto la gente está lanzando frases con situaciones que no deberían importar más que a ellos mismos. No tengo Twitter, pero como en Facebook hay una aplicación que permite a sus usuarios poner lo tweets allí, en ocasiones no queda más remedio que aguantarlos. El otro día un contacto de mi lista rebosó la copa al escribir –no sé por qué, lo juro– que estaba "en sus días de fin de mes". ¿De verdad hay que saber esas cosas?).

Digamos, pues, que hay blogs de blogs. No hay mayor problema con los temáticos, pero cuando alguno no tiene una categoría específica –como este–, la cuestión se vuelve difusa. Al final no debería ser tan complicado, pero no puedo dejar de pensar que hay cierta vanidad en contar lo que nos sucede o en evocar recuerdos. Después de todo, ¿qué nos hace pensar que son especiales? O, mejor aún, ¿quién nos dice que a los demás les interesa saber? Siempre he tenido alguna prevención con ese tipo de cosas, aunque más de una vez he dejado entradas así en este blog. ¿Buenas o malas? No lo sé. Pero sí sé que a veces pienso lo contrario. Pienso que escribir sobre el pasado permite entender mejor ciertos recuerdos que a veces se quedan como imágenes dispersas; pienso, también, que poner las cosas en "papel" es una manera de comprendernos, de intentar saber qué es lo que hay más allá de los simples hechos.

Quizás no haya una conclusión; a lo mejor no tiene que habernos sucedido algo extraordinario para que merezca la pena ser recordado (y escrito). O tal vez sí, no lo sé. Supongo que al final es una cosa de lectores: habrá algunos a los que les guste y otros pensarán que no vale la pena. Pero eso, claro, es inevitable.

Un año


Hace un año, por esta época, empacaba maletas para irme a Málaga. A veces me sorprende lo rápido que pasa el tiempo, sobre todo porque ahora, mientras escribo, siento como si todo aquello hubiera sucedido hace mucho, muchísimo. Cada que me pongo a pensar en lo que fue mi vida al otro lado el paisaje se hace difuso, la gente que conocí se aleja un poco más y solo quedan, por fortuna, recuerdos dispersos, imágenes que me llegan en los momentos menos esperados.

Imágenes como la del bus que me llevó por primera vez a esa ciudad del sur, donde encontré algo diferente a lo que había imaginado: edificios viejos y tierra baldía. No me arrepiento en ningún momento de haber viajado, ni tampoco de regresar a Madrid apenas tres meses después. Recuerdo, eso sí, el calor infernal, la avenida del centro con los puestos de flores, la Calle Larios engalanada en la feria, la cerveza Cruzcampo, los espetos de sardina, los domingos en la playa con un libro, los chiringuitos, la entrada al conjunto con cagadas de perro que nadie recogía, la paisa que atendía la cafetería justo debajo de EFE y que siempre, mientras me tomaba una cerveza, hablaba de Colombia. Quizás el único día en que de verdad fui feliz en Málaga fue uno antes de abandonarla para siempre. Y cuando, otra vez en el bus, dejé atrás un lugar, una gente, un recuerdo más.

No sé si algún día regrese.

No lo creo.