Nicolás Castro, ¿víctima o villano?

La implacable reacción de la justicia en el caso de Nicolás Castro, el joven que creó un grupo de Facebook donde se comprometía a matar al hijo del presidente Uribe, deja un mal sabor en la boca de muchos colombianos: capturado como un peligroso delincuente, el ingenuo estudiante enfrenta ahora un proceso que podrá llevarlo varios años a la cárcel. Algo que, seguro, estaba lejos de imaginar cuando se le ocurrió promover la idea en la popular red social.

Pero deja un mal sabor de boca, decía, porque más allá del hecho en sí -que es totalmente reprochable-, a muchos nos queda la sensación de que la Policía actuó de tal modo porque el afectado es el hijo del presidente. De lo contrario, ¿por qué no se ha hecho lo mismo con las decenas de grupos que, como denunció la propia senadora Piedad Córdoba, se han creado en la red social instando a asesinarla? Difícil dejar de pensar en que la justicia actuó en este caso con más presteza movida por una razón específica.

Y aunque la reacción es sin duda exagerada, el caso de Castro sienta un precedente sobre las opiniones que emitimos en Internet. Convertida en el paraíso del anonimato, la red se ha transformado en un inmenso muladar donde los cibernautas desahogan sus frustraciones convencidos de que no les sucederá nada. Puede que, como dicen, “del dicho al hecho haya mucho trecho” y que Castro no tuviera ni la más remota intención de atentar contra la vida de Jerónimo Uribe, pero al crear un grupo así, pésele a quien le pese, está instando a cometer un delito.

Si bien la situación de Castro ha llegado a extremos, no estoy de acuerdo con utilizar -otra vez, sí- el argumento de la libertad de expresión para defender su causa, como lo hace un grupo de Facebook que -otra vez, sí-, se creó para promover una marcha. Vilipendiado y manoseado durante años, el término sirve ahora para justificar casi cualquier acción, sin tener en cuenta una verdad tan obvia que se cae de su propio peso: la palabra es un arma poderosa y las cosas que decimos tienen consecuencias. Uno no puede escudarse detrás de la libertad de expresión para escribir que se compromete a matar a alguien y luego pretender no responder por ello.

En cualquier caso, no parece muy justo que a este joven le caiga todo el peso de la ley cuando allá afuera hay verdaderos delincuentes, asesinos sin escrúpulos que han cometido verdaderas barbaridades. Castro no es más que un estudiante con rabia e impotencia que, por desgracia, enfocó mal su ira. De todas maneras, el hecho debe servir para que, a pesar del aparente anonimato, la gente se dé cuenta de que decir lo primero que se le viene a la cabeza en Internet puede -y sobre todo, debe- tener consecuencias. Es necesario asumir responsabilidad y evitar escribir cosas que, por lo demás, no pueden refugiarse bajo el escudo protector de la libertad de expresión. Contrario a lo que muchos creen, no todo cabe bajo el mancillado término.

Publicado en La Patria (Diciembre 9, 2009).

No hay comentarios: