Colombia

No tuve necesidad de llegar a Colombia para sentirme en casa: bastó montarme al avión en el aeropuerto de Barajas para darme cuenta de que ya estaba entre los míos. Y lo digo porque las dos horas de retraso que sufrimos dentro del aparato se debieron a que, según dijo el capitán, hubo varios compatriotas que se negaron a apagar los celulares a pesar de las múltiples advertencias de interferencia que causaban los teléfonos en el sistema. Así que, acomodados en las sillas mientras los minutos pasaban y afuera caían unas goticas mínimas –casi imperceptibles–, mis compatriotas comenzaron a hacer lo que mejor saben: socializar. Colombiano que se respete no puede quedarse callado o quieto en una silla leyéndose un libro; hay que hacer amigos.

Desesperado por la demora, un caleño que estaba adelante mío dijo, medio en serio medio en broma, que iba a sacar una botellita de whisky para la espera; de inmediato dos paisas que estaban a su lado abrieron los ojos como platos, y entre chistes y burlas por la “interferencia”, una señora sacó vasos y una botella de agua. Se sirvieron, riéndose, y luego se empujaron el primer trago animados por las palabras de uno de los paisas: “brindo por conocerlos y por vivir en el país más chimba del mundo”. La alegría no les duró demasiado porque uno de los azafatos, visiblemente molesto, tuvo que decomisarles el trago. Ellos continuaron riéndose.

Y así fue la cosa: diez horas y mucha turbulencia después aterricé en el aeropuerto El Dorado. Ahora han pasado cuatro días y, luego de varias botellas de Antioqueño, muchas risas y varios abrazos, puedo decir que me siento contento. Es como si el tiempo no hubiera pasado: vuelvo a recorrer los lugares que dejé y compruebo que siguen siendo los mismos. Aún es temprano pero por ahora me gusta estar de vuelta; me agrada, sobre todo, encontrarme otra vez con cosas y personas que necesitaba. Ya tendré tiempo de volver a organizar la rutina; por ahora, feliz fin de año a los que todavía se pasen por acá. Volveremos a leernos.

Regreso

“Qué importa, qué más da: recuerdos son recuerdos, llamitas moribundas que ya apagará el olvido. En la mísera trama de la vida tejida de deleznables instantes, ¿qué es un instante entre millones, además?
Fernando Vallejo


Decir adiós siempre duele. Algo se queda en el lugar que dejamos; algo que esperamos volver a encontrar un día aunque sepamos que en el futuro todo será diferente. Hay una parte nuestra que no se va: un recuerdo, una imagen, un momento.

Un año, un mes y casi veintidós días después llega el adiós; volver, como dice el tango, bajo el burlón mirar de las estrellas. Decir adiós a lugares, a personas, a una tierra que me deja tantas cosas. No soy –no puedo ser– la misma persona que llegó hace tiempo. Es difícil mirar atrás y pensar que todo ha pasado tan rápido; al otro lado me espera, de nuevo, la vieja realidad.

¿Qué me queda?

Momentos inolvidables, amigos entrañables.

Y quedan, sobre todo, recuerdos.

Recuerdos. Frágiles instantes de la memoria que alguna vez nos hicieron felices. O algo parecido. A todos los que quedan y los que ya no están, los que quizás me demore en volver a ver, a los que han hecho parte de este capítulo que ahora se cierra, les deseo que soplen buenos vientos. Hasta que el destino nos vuelva a poner en el camino.

A España, esta tierra árida y cálida, a sus cañas y sus jamones, a sus trenes, a sus gritos, sus copas y sus olivos, sin duda echaré de menos.

Adiós Madrid. Adiós España.

Adiós.

Nicolás Castro, ¿víctima o villano?

La implacable reacción de la justicia en el caso de Nicolás Castro, el joven que creó un grupo de Facebook donde se comprometía a matar al hijo del presidente Uribe, deja un mal sabor en la boca de muchos colombianos: capturado como un peligroso delincuente, el ingenuo estudiante enfrenta ahora un proceso que podrá llevarlo varios años a la cárcel. Algo que, seguro, estaba lejos de imaginar cuando se le ocurrió promover la idea en la popular red social.

Pero deja un mal sabor de boca, decía, porque más allá del hecho en sí -que es totalmente reprochable-, a muchos nos queda la sensación de que la Policía actuó de tal modo porque el afectado es el hijo del presidente. De lo contrario, ¿por qué no se ha hecho lo mismo con las decenas de grupos que, como denunció la propia senadora Piedad Córdoba, se han creado en la red social instando a asesinarla? Difícil dejar de pensar en que la justicia actuó en este caso con más presteza movida por una razón específica.

Y aunque la reacción es sin duda exagerada, el caso de Castro sienta un precedente sobre las opiniones que emitimos en Internet. Convertida en el paraíso del anonimato, la red se ha transformado en un inmenso muladar donde los cibernautas desahogan sus frustraciones convencidos de que no les sucederá nada. Puede que, como dicen, “del dicho al hecho haya mucho trecho” y que Castro no tuviera ni la más remota intención de atentar contra la vida de Jerónimo Uribe, pero al crear un grupo así, pésele a quien le pese, está instando a cometer un delito.

Si bien la situación de Castro ha llegado a extremos, no estoy de acuerdo con utilizar -otra vez, sí- el argumento de la libertad de expresión para defender su causa, como lo hace un grupo de Facebook que -otra vez, sí-, se creó para promover una marcha. Vilipendiado y manoseado durante años, el término sirve ahora para justificar casi cualquier acción, sin tener en cuenta una verdad tan obvia que se cae de su propio peso: la palabra es un arma poderosa y las cosas que decimos tienen consecuencias. Uno no puede escudarse detrás de la libertad de expresión para escribir que se compromete a matar a alguien y luego pretender no responder por ello.

En cualquier caso, no parece muy justo que a este joven le caiga todo el peso de la ley cuando allá afuera hay verdaderos delincuentes, asesinos sin escrúpulos que han cometido verdaderas barbaridades. Castro no es más que un estudiante con rabia e impotencia que, por desgracia, enfocó mal su ira. De todas maneras, el hecho debe servir para que, a pesar del aparente anonimato, la gente se dé cuenta de que decir lo primero que se le viene a la cabeza en Internet puede -y sobre todo, debe- tener consecuencias. Es necesario asumir responsabilidad y evitar escribir cosas que, por lo demás, no pueden refugiarse bajo el escudo protector de la libertad de expresión. Contrario a lo que muchos creen, no todo cabe bajo el mancillado término.

Publicado en La Patria (Diciembre 9, 2009).

América para los americanos

El insomnio de Bolívar.
Jorge Volpi
Debate

¿Qué significa ser latinoamericano? ¿Cuáles son los elementos comunes –si lo hay– que nos unen como ciudadanos de un mismo continente? ¿Por qué sabemos tan poco y nos interesan todavía menos nuestros vecinos?

Preguntas como éstas son el punto de partida del libro “El insomnio de Bolívar”, una serie de ensayos con que el mexicano Jorge Volpi acaba de ganar el premio “Debate-Casa de América”. Un libro ameno, ágil y lleno de humor que arranca con mucha fuerza pero que al final va perdiendo impulso. En el intermedio, sin embargo, deja valiosas reflexiones sobre el pasado, presente y futuro de nuestras divididas naciones.

Dice Volpi, para empezar, que fue en España donde se dio cuenta de lo que significa ser latinoamericano. Justo allí, cuando se vio en la necesidad de reivindicar ante sus compañeros españoles a un continente generalmente olvidado y menospreciado, pensó por primera vez lo poco que en nuestros propios países conocemos de los vecinos. (Aquí un paréntesis: es increíble que Europa, separada por barreras lingüísticas y culturales casi infranqueables, haya logrado unirse, mientras que América con el mismo idioma –salvo la excepción del “impávido coloso” que es Brasil– y creencias no tan disímiles, continúe, doscientos años después de las independencias, mirando cada vez más para distintos lados).

Un ameno recorrido por el pasado y presente de nuestros países –punto a favor: la prosa es ágil y el libro está desprovisto de esas citas eruditas con que los ensayistas nos demuestran lo mucho que han leído–, nos permite ver un poco la luz: gobiernos actuales que, disfrazados bajo la etiqueta de “democracia”, son casi el reencauche de las dictaduras que proliferaron en la segunda mitad del siglo XX; peligrosos nacionalismos que nos identifican como naciones (“¿Qué significa ser chileno? Básicamente, no ser peruano. ¿Y salvadoreño? Básicamente, no ser nicaragüense. ¿Y venezolano? Básicamente, no ser colombiano”); y puntos comunes como el cansancio del mecenazgo estadounidense, son algunos de los elementos que nos identifican.

Volpi aborda, también, el fracaso de la guerra contra las drogas y el auge de la “cultura narco”; la ausencia de los compromisos por parte de los escritores actuales quienes, a diferencia de los narradores del Boom, son políticamente escépticos; las enormes desigualdades económicas de un continente lleno de contrastes –demasiados pobres y un grupo selecto de millonarios–; y la forma como, según él, América Latina en realidad no existe.

“El insomnio de Bolívar” está lleno de frases valiosas (“Se conforma la previsión de los escépticos: la democracia no garantiza el bienestar ni la felicidad”. “Paradoja latinoamericana: por un lado, la hipócrita veneración de las leyes escritas y, de otro, el burdo desprecio hacia su práctica”), pese a que el aparte dedicado a la literatura suena, más bien, como un pago de favores a sus amigos. Salvo esta pequeña excepción –y la desmedida adoración al personaje de Roberto Bolaño–, el libro vale la pena.

Que sea pues el propio Volpi quien, a manera de conclusión, cierre el comentario. Ah, y en cualquier caso lean el libro, pues, seguro, muchas de estas ideas apenas quedan aquí esbozadas a medias: “Tal vez la mejor manera de celebrar nuestras independencias, es decir, los dolorosos procesos que convencieron a los distintos pueblos latinoamericanos de aislarse unos de otros, sea renunciando de una vez por todas a esas convicciones patrióticas, a los himnos y las banderas, a los odios y las exclusiones, a las caducas ideas de soberanía, para entrar en un mundo nuevo, en una era donde la pertenencia a un solo país no sea crucial y donde sea posible articular una ciudadanía –y una identidad– más amplia”.