Una renuncia

Dos cosas me pusieron a pensar esta semana sobre el vicio de leer y el oficio de escribir. La primera fue una visita, por cuestiones de trabajo, al lujoso hotel Ritz de Madrid, donde se presentaron los ganadores del premio Planeta. Mientras escuchaba a Juan José Millás desbordarse en elogios hacia la ganadora, Ángeles Caso, no pude evitar preguntarme en qué momento la literatura se convirtió en un desfile de estrellas: el lujoso salón de estilo barroco, con una imponente lámpara de cristal en el medio, acogió decenas de personajes vestidos de gala en algo tan planeado y riguroso que no parecía la simple presentación de un libro.

La otra –sobre a lectura– tiene que ver con un comentario que apareció hace unos días en la página de Libélula, en respuesta a una pequeña reseña que hice sobre un libro de John Fante. El cruce de opiniones me hizo recordar algo que siempre he creído: el deber ser de la lectura, más allá de sus efectos secundarios, consiste en proporcionarnos un secreto placer que no se sustituye con nada. Por eso huyo de esas pequeñas cofradías que, creyéndose dueñas de la verdad, canonizan a ciertos autores y se dedican a señalar como impíos a quienes leen cosas que, para ellos, resultan “menores”. Vuelvo a decir lo que alguna vez escribí en ese boletín: que la gente lea lo que quiera, desde Cohelo hasta Thomas Bernhard, pasando, sí, por Ángela Becerra. Mejor que eso a que nunca abran las páginas de un libro.

Como una cosa lleva a la otra, volví sobre los antiguos boletines de la librería y revisé, algunas con más detenimiento que otras, las reseñas de sus colaboradores. Y entonces aterricé en el número 44, el de los siete años del lugar. Allí, en medio de tantas personas que sentían ese espacio como propio (“La mejor definición de patria es: biblioteca”, escribe Canetti), hay un mensaje mío. Un mensaje que trata de ser cálido pero que no logra acercarse a los otros por una razón muy sencilla, que vuelvo a pensar ahora: desde que conozco la librería, apenas la he pisado un par de veces. Y tal vez ni siquiera sea por la ausencia, pues he estado en Manizales durante largas temporadas; quizás sea sencillamente por ese deseo de huirle a cualquier encasillamiento de la literatura.

Le agradezco a Pablo Felipe por abrirme las puertas de ese cálido boletín durante tanto tiempo pero creo que debo dejarlo. Quizás me equivoque y la visión que tengo sea errada. Es muy probable: los prejuicios se basan, generalmente, en el desconocimiento. En cualquier caso, creo que no es honesto escribir en un lugar donde no termino de entrar, y por eso mejor dejar ese espacio a alguien que de verdad lo sienta. Seguiré viéndolo, claro, y quizás más temprano que tarde visite la librería una de esas tardes en las que, según leo, se reúnen para conversar entre cafés y libros.

3 comentarios:

Libélula libros dijo...

Lamento su decisión Martin pero obviamente la respeto. Nunca he pretendido que Libélula sea un lugar de encuentro de alguna camarilla que se crea portaestandarte de la verdad o del criterio literario, pero tampoco he pretendido acallar a quien manifiesta con toda libertad sus opiniones o gustos. Puede estar seguro, y tendrá oportunidad mas temprano que tarde de comprobarlo, que el unanimismo no es propiamente el lugar común de la librería. Cada uno tiene su rumbo, lo que no implica sin embargo que la conversación, casi siempre cargada de humor negro y duro, con los taches arriba –decimos-, no tenga lugar, todo lo contrario, la diversidad de opiniones y de querencias la enriquece y hace divertida. Insisto en que lamento su decisión, siempre lo he sentido parte del Boletín y de Libélula, y ahora no será distinto, pero he gozado con algunas de sus notas y varios lectores extrañaran no leerlo allí. Recuerde sin embargo que la puerta sigue abierta, o mejor, que ella es giratoria, tal vez en algún momento, ojala pronto, los vientos vuelvan a ponerlo mirando hacía nuestro lado.
Ah, y tenga presente que un blog es una conversación en la que también sucede, como pasa en las de verdad, que los conversadores se animan, se dicen elogios o protestas, se atacan o confirman, siempre bajo el supuesto de que se trata de amigos. La literatura después de todo no es más que otro tema de conversación.
(pfa)

Jorge Hernán A. dijo...

Creo que la lectura, aquella cuya intención no es otra que el placer, no satisface nuestro apetito, en todos lo momentos, con los mismos platos. Yo quisiera tener en la mesa no solamente el caviar de la Gran Literatura sino también toscos y sabrosos bocadillos, tal vez de esos que venden, envueltos en hojas secas, en una esquina. Debo confesar, sin ningún pudor, que también disfruto leyendo a Grisham, Clancy y a Crichton, que la novela negra me entretiene tanto como una buena película. Hay ocasiones en las que las tasas de azucar puro en las que abundan las grandes reflexiones sobre el hombre, expresadas con tino, humor y elegancia me dejan agotado; el exceso de oxígeno me obliga a correr las cortinas y abrir las ventanas. Tal vez por razones similares a las que animaron la pluma furiosa de Grombowicz en contra de los poetas. Claro, otro asunto distinto sería equiparar -Martín no lo hizo- a Becerra y a Joyce.

Jorge Hernán A. dijo...

En todo caso tener esos bocadillos a la mano nos libra de la angustia de pensar que libros vamos a vender cuando menesterosos como yo, necesitamos liquidez.