El corazón es un cazador solitario

Esta estúpenda novela de Carson McCullers, que escribió cuando apenas tenía veintitrés años (carajo: ¿cómo lo hizo?), ha sido un feliz descubrimiento en mi vida de lector. Tenía ganas de leerla desde hacía un buen rato y, cuando al fin la vi, temí que me sucediera lo que suele pasar cuando uno llega a algo con muchas expectativas. Pero no fue así: la historia de varios personajes marginales que tienen en común el inmenso vacío de la soledad, agarra al lector desde el principio y lo suelta, con rabia, en el triste desenlace de cada uno.

El gran mérito de esta hermosa novela es que los personajes son tan reales que no pueden quedarse sólo en la ficción. Existen. Si bien el destino de todos gira en torno a un sordomudo llamado Jhon Singer ―situémonos: el lugar es un pequeño pueblo de los Estados Unidos, en los años treinta―, cada uno de ellos está tan bien construido que se hace inolvidable. McCullers tiene una enorme capacidad de pintar como son, en general, la mayoría de los seres humanos: con sus vacíos, miedos, soledades y contradicciones.

Y aunque para muchos Singer es el gran protagonista de esta obra, el personaje que a mí más me conmovió fue el doctor Copeland, un viejo médico de raza negra a quien le hierve la sangre al ver la mansedumbre con que los suyos le agachan la cabeza a los blancos. La escena en la que pronuncia un enardecido discurso de emancipación durante una cena de navidad es memorable, sobre todo porque, al final, todo se va al traste por culpa de la sumisión y las creencias religiosas de los demás negros.

Pero todos, en general, son personajes reales, de carne y hueso: Jake Blount, el borracho que reivindica los derechos de los trabajadores; Biff Branon, el dueño del restaurante; y, por supuesto, la pequeña e incomprendida Mick. Todos ellos encuentran en Singer un amigo que creen íntimo, hasta que el impredecible final del sordomudo los deja, como se dice, con los crespos hechos. Lo bonito del personaje ―y la razón por la que lo creen tan amigo― radica, precisamente, en su limitación física. Lo único que eso demuestra es una realidad tan cínica como verdadera: todos queremos que nos escuchen, pero a pocos nos interesa oír.

Hay que leer esta obra tan bonita. Hay que leerla.

Yo critico, tú criticas...


La última entrega del boletín de Libélula* trae un artículo titulado “Nuestra mayor crítica consiste apenas en el silencio” que firma Pablo Felipe Arango, dueño de la librería. El texto vuelve sobre la polémica entre Arcadia y El Malpensante por cuenta de la entrevista que hace unos meses le hicieron a Harold Alvarado Tenorio, en la que el marginal poeta se dedica a despotricar de todo y contra todos hasta no dejar la cabeza de nadie en su sitio. Para los que no se han enterado de la trifulca dejo los enlaces, si tienen tiempo y ganas de controversia.

Volvamos. Dice PFA en el boletín que “No es necesario entrar en la discusión pues ya se bastan ellos para provocarse, pero vale meter basa para advertir que el mundo literario en Colombia merece más color, más provocación, más controversia, menos unanimismo, seguimos en el mismo estado de autoelogios, gestando escritores a veces con oficio pero siempre insípidos, y cuando más, llorones pretensiosos que suponen insuperable la capacidad de juntar de manera coherente más de tres frases. Nuestra mayor crítica consiste apenas en el silencio”. Y más adelante: “Alvarado Tenorio podrá ser un provocador que da golpes bajos, pero el establecimiento literario y editorial no se encumbra para mucho más. Un poco de humor y mala leche no pueden ser mal vistos en medio de tanto gris y tanta tristeza”.

Perdonarán, pues, pero quisiera meter la cucharada. Lo digo porque en este caso don Pablo Felipe mezcla peras con manzanas: después de todo, no es lo mismo la “mala leche” que el triste y repetido lugar común del “me cago en todo”. Una situación curiosa porque en el mismo texto da ejemplos de columnistas que, si bien tienen mala leche, van más allá de la descalificación per se (como Nicolás Morales Thomas). Y aunque puede tener razón en eso de que el mundo literario requiere más color y menos unanimismo, hay que tener cuidado en la forma en que se hace. ¿Tirar golpes a diestra y siniestra porque nos da la gana no nos convierte, al final, en simples bufones?

Lo triste del caso es que la fórmula del “me cago en todo” se utiliza cada vez con mayor frecuencia. Uno tiene derecho a pensar lo que le dé la gana, pero cuando va a volverlo público lo mínimo que se exige es un poco de coherencia. ¿O en qué se basa Efraim Medina –por citar sólo un ejemplo– para decir que García Márquez es un “papagayo disecado”? Y por favor, señores, no mezclemos las cosas: otros se escudan en el supuesto sentido del humor para machar a los mismos personajes con chistes repetidos y de mal gusto. ¿Humor eso?

Echarle el agua sucia a otro es de lo más sencillo. Decir “este es un pendejo” porque yo lo digo es facilísimo y quien escribe suele quedar como un rebelde sin causa. ¡Qué va! A mí me encanta la mala leche, pero desconfío de los que desdicen de todo sin argumentos. Y eso es lo que hacen Alvarado Tenorio y muchos más: dar alaridos, berridos, creerse los malos sólo para llamar la atención. Critiquen lo que quieran –y más si algo no les gusta–, pónganle toda la mala leche del mundo, sacudan el correcto y aburrido mundillo intelectual, pero que sea, por favor, de manera inteligente. Y eso ya es más difícil.

*Si alguien quiere el boletín y no lo tiene, déjeme su correo electrónico y se lo hago llegar.

El caso Claudia López

Dos días después de que El Tiempo empleara un eufemismo para despedir a la columnista Claudia López por cuenta de su columna Reflexiones sobre un escándalo, he tratado de comprender bien el asunto y ver lo que éste deja. Aquí van algunas conclusiones:

1. El público no es pendejo ni traga entero. El editorial con que el periódico explicó ayer las razones de su abrupta –y a mi juicio equivocada– decisión, no convenció a la mayoría de los más de mil usuarios que dejaron mensajes en la página. La gente se dio cuenta de que la justificación no responde a las acusaciones de la periodista, sino que se dedica a defenderse con retórica: “Haber respondido con el silencio, o una imposible actitud flexible, equivaldría a aceptar como verdaderas, afirmaciones que son a la vez mentirosas y temerarias”. “Por otra parte, sabemos que el protagonismo público de algunos miembros de la familia Santos -accionistas minoritarios de la Casa Editorial EL TIEMPO- o los intereses legítimos que sobre el tercer canal de televisión tiene el socio mayoritario -el Grupo Planeta- son utilizados para construir absurdas interpretaciones sobre las noticias que publicamos. Algunas son fruto de las suspicacias exageradas, tan propias de la idiosincrasia nacional. Otras son producto de malas intenciones y de intereses empeñados en hacer daño”.

2. Los comentarios evidencian que la credibilidad del periódico queda, en este caso, muy mal parada. ¿No va a ser extraño ver ahora al señor Enrique Santos hablando de libertad de prensa desde la SIP?

3. Comprendo que a nadie le gusta que lo vapuleen en la esfera pública –y menos que desde adentro le “pateen la lonchera”–, pero el periodismo de opinión consiste, precisamente, en pensar, analizar y cuestionar a los elementos de poder que no funcionen de manera idónea. ¿Y quién dice que en ese costal no pueda estar incluida la “casa” de la columnista?

4. He releído varias veces la columna de López y no encuentro “afirmaciones mentirosas y temerarias”; lo que veo es una interpretación de los hechos que puede o no ser válida –el criterio de cada lector permitirá determinarlo–, y que, en mi opinión, debió haberse manejado con más cautela. Un debate ideológico hubiera sido mucho más provechoso que esa riesgosa decisión. Después de todo parece como si estuvieran lanzando el mismo mensaje de Uribe: “el que no está conmigo, está contra mí”.

5. ¿Cuáles de los demás columnistas de El Tiempo serán capaces de abordar el tema después de esta “amenaza camuflada”? Hasta ahora, ninguno; hoy en El Espectador escriben María Teresa Herrán, Rodolfo Arango y ayer una muy lúcida reflexión de Cecilia Orozco, quien fuera defensora del lector del diario de los Santos.

6. En ese bellísimo libro que es El olvido que seremos, Héctor Abad dice: “(…) hay un único motivo por el que vale la pena conseguir algún dinero: para poder conservar y defender a toda costa la independencia mental, sin que nadie nos pueda someter a un chantaje laboral que nos impide ser lo que somos”. Conservar esa independencia mental es algo que cuesta, sobre todo en el ámbito periodístico. Y para lograrla hay que pasar por estos trámites. Por desgracia en Colombia no es la primera vez que sucede –Pascual Gaviria pasó hace poco por algo parecido con El Colombiano– y seguramente no será la última.

Un pañuelo

Acompañé a un amigo a entrevistar al escritor mexicano Yuri Herrera. Hace algunos meses devoré su primera novela, Trabajos del reino, una tarde de sábado con apenas un par de paradas para ir al baño. Yuri presentó el martes su segunda obra, Señales que precederán al fin del mundo, que publica también con Periférica, una editorial de libritos muy bien cuidados, pequeños y bonitos. No alcancé a leerla porque la invitación fue casi sobre el tiempo, pero en todo caso nos fuimos.

Yuri se está quedando en la nueva sede de la editorial, la quinta planta de un edificio de ladrillos, ni muy viejo ni muy moderno, como suelen ser muchas de las construcciones que hay en Madrid. Llegamos como a las cuatro y nos recibió una mujer joven, de ojos azules; al lado de la puerta estaba Herrera. Llevaba una camiseta blanca, jeans, zapatos cafés y unas gafas de marco grueso; con maneras amables y hablar pausado nos hizo pasar a una habitación que sólo tenía un sofá rojo.

Hablamos más de una hora. La entrevista con lo que dijo la colgará en los próximos días mi amigo en La sala de interrogatorios, un blog por el que los invito a pasar. Preguntas formales aparte, Herrera me dejó la impresión de ser un tipo sencillo, cordial, que a pesar del éxito no se come el cuento del escritor vedette. Más que una entrevista fue una charla muy sabrosa en la que habló de su obra, de escribir y de los escritores de su generación, si es que tal cosa existe. Por desgracia, cuando andábamos de lo más contentos charlando nos interrumpieron para decirnos que debían irse a otra entrevista en radio.

Cuando le dije que era colombiano me contó que su novia es paisa y que él, sin dudarlo, se iría a vivir al país. Al salir nos regaló un par de ejemplares de El perro, una revista que edita. Cuando íbamos en el metro le dije a mi amigo que conocía una de las que escribía porque era de la universidad y fue cuando él cayó en cuenta:

―Ésa es su novia, güey.

Qué pequeño es el mundo, caramba.

Sobre la locura

Auto de fe
Elías Canetti
De Bols!llo (Random House Mondadori)

Peter Kien, el protagonista de esta novela, hace parte de la larga lista de locos que pueblan la literatura. Pero no sólo él: todos los personajes de este libro desquiciado tienen, en mayor o menor grado, un tornillo zafado.

Kien es “el mayor sinólogo vivo de nuestro tiempo”; un tipo alto y desgarbado dueño de una enorme biblioteca en la que vive encerrado (Todo ser humano necesita una patria, pero no tal como la entienden algunos patrioteros primitivos, ni tampoco una religión, incluso anticipo de una patria ultraterrena. (…) La mejor definición de patria es: biblioteca). Peter vive con un ama de llaves –Teresa– a la que considera burda e ignorante; sin embargo, su percepción comienza a cambiar cuando ve que trata a los libros con cariño y dedicación. Decide hacerla su esposa y allí empiezan los problemas. Teresa es una mujer ambiciosa y arribista que sólo busca apoderarse de una supuesta herencia que, en su fructífera imaginación, magnifica y hace enorme (El dinero, para los analfabetos, es la prueba decisiva en todo orden de las cosas: la amistad, la bondad, la cultura, el pode o el amor).

Cuando está convencida de que Kien no le dejará un testamento con los millones imaginarios, lo echa de la casa y entran en escena dos personajes igual de chiflados: el portero, un ex policía jubilado que se dedica a espiar a los vecinos del barrio por una mirilla instalada en una caseta –y también a golpear hasta dejar moribundos a los mendigos que se acercan–; y Fischerle, un enano jorobado que sueña con quitarle el campeonato mundial de ajedrez a Capablanca y que, luego de conocer a Kien en un antro de mala muerte, se dedica a estafarlo de todas las maneras posibles (La locura, decía con gran énfasis y clavando en su mujer una mirada aguda y penetrante que la hacía sonrojar, la locura ataca a los que sólo piensan todo el tiempo en sí mismos. La demencia es el castigo del egoísmo).

Auto de fe es un desfile de personajes desquiciados que caminan por la delgada línea que separa la realidad de la ficción. La trama va enredándose, poco a poco, en capítulos que a veces se dejan leer con gracia y otros en los que el terreno se vuelve denso, pantanoso, y del cual resulta difícil salir. Compré este libro, básicamente, por razones prácticas: necesitaba algo grande y barato porque pronto regreso y no quiero que los libros me ocupen media maleta; y porque las dos bibliotecas que fui en Málaga eran más pobres que las de cualquier colegio público. La novela es una extraña experiencia llena de aforismos (Un librero es un rey, pero un rey no es un librero) que, seguro, vale la pena.

Una cosa más: me gustó la historia de Canetti que cuentan en el prólogo: “sus diarios se hallan celosamente custodiados en la biblioteca central de Zurich, en un búnker situado a quince metros de profundidad, donde se encuentra en la actualidad el “legado Canetti”, parte de lo cual no podrá ver la luz, por voluntad expresa del escritor, hasta el año 2024”.