Cómo olvidar

La delegación de la agencia en Málaga es más grande de lo que yo había pensado al principio: tiene buenos computadores, escritorios amplios, oficina aparte para el jefe y una sala de juntas que nadie usa con las paredes llenas de fotos.

Con el tiempo recordaré algunos de los personajes con los que trabajé y a otros, como siempre sucede, terminaré olvidándolos. Quizás dentro del primer grupo estarán los “becarios”: periodistas noveles –o ya ni tanto– que van de empresa en empresa detrás de lo que llaman becas. Debo explicarlo, porque acá el concepto es distinto: las “becas”, en España, son una especie de convenio entre alguna institución (llámese universidad, entidad financiera, empresa tecnológica o lo que sea) y un medio de comunicación por medio del cual se permite a jóvenes periodistas hacer prácticas por un tiempo y ganar poco. Eso está bien cuando uno sale de la universidad, pero hasta ahí. El problema es que aquí la práctica continúa de manera indefinida y las empresas, para ahorrarse lo costoso que resulta hacer un contrato, van rotando a su personal de beca en beca. Llega un becario, está seis meses, le pagan poco –pero trabaja lo mismo– y a buscar otra. Según cuentan en la agencia, la delegación de Málaga lleva más de diez años con esta técnica. Y los becarios, que ganan menos de la mitad que un redactor, hacen fines de semana, cierres y un largo etcétera.

No olvidaré a los becarios, sobre todo por esa resignación tácita a aceptar este periodismo de ruedas de prensa. Cómo borrar de la memoria a Esperanza y sus ojitos lastimeros, que miran siempre a Antonio –el jefe– con una súplica de “quiero quedarme”. Imposible dejar de recordar su terrible abnegación y esa fastidiosísima manera de quejarse –pero a la vez disfrutar– con el exceso de trabajo. Hay gente a la que le encanta flagelarse, qué le vamos a hacer.

Málaga me deja cientos de dudas. Me asusta imaginar –casi con certeza– que en unos años las ruedas de prensa, los comunicados y los intermediaros nos van a comer en Colombia. La mecanización es inevitable: en poco tiempo eso que se llama entrevista persona a persona no se dará: antes habrá que pasar por una burocracia kafkiana que hará imposible hacer algo tan simple, tan banal, tan rutinario, como preguntar. ¿No es irónico? Gústenos o no, así va la cosa. Lo peor, sin embargo, es acostumbrarse. Ahí ya estaremos jodidos, como en Málaga.

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