Fragmento

"Dejada la Arriflex en la seguridad de mi casa (escondida entre la ropa vieja de un closet, de suerte que se roben primero el televisor), sin un café, sin más retardos, nos vamos a Santa Anita. Corre el viejo carro por la vieja carretera de Envigado y va en el tramo de El Poblado, por donde bajaba el abuelo hecho una bala con el motor apagado para ahorrar gasolina, sin meter frenos por no gastarlos y sin las gafas porque se le olvidaron: a la buena voluntad de la fuerza de gravedad. Ya pasamos El Poblado y pasamos la finca Oviedo y la Gruta de la Virgen y El Carmelo, y vamos a Otraparte, lo del maestro González, que en paz descanse... Pero no te quiero repetir, Bruja, el camino que de sobra conocés porque tantas veces te lo he contado. Quiero llegar. Ya.

Abrieron la portada y tomamos el sendero de cascajo. ¡Santa Anita! El nombre se queda atrás en una losa de mármol cuarteada, con una fecha cuarteada, rajada para la eternidad. ¡Santa Anita! Sin el abuelo... Pero están la abuela y Elenita esperándome en el comedor delantero. Y la Virgen de la Merced en su Nicho, los geranios, las azaleas, las vetustas paredes que ya no alcanzo a distinguir porque me las anega el llanto. "Abuela, fue una equivocación haberme ido, pero vuelvo para quedarme". Los ojos empañados en lágrimas que no puedo contener, corro hacia ella a abrazarla, a besarla. No tiene caso decir más. Por mi soberana voluntad voy a perpetuar el instante, a detener el tiempo, a quedarme así a su lado cuanto quiera, abrazándola, besándola, apoyando mi cabeza sobre su corazón humilde de paloma para acabar, sin que corra el día, sin que siga el libro, sin que caiga la tarde, en el sosiego adorado de la dicha, con un final feliz".

Fernando Vallejo
Los caminos a Roma

otro adiós

Me pregunto cuántas veces podemos decepcionar a aquellas personas que alguna vez creyeron en nosotros. Tienen que ser muchas. Hoy, antes de partir, sentí un poco de nostalgia; pensé que quizás no había sido del todo justo. Es verdad: tal vez no lo he sido. Lo cierto es que no todo es malo. Me queda la certeza de haber conocido gente que recordaré: Antonio, más amigo que jefe; Andrea y Cristian Góngora, colombianos exiliados en estas tierras áridas. En la tarde volví a mirar esta ciudad y me encontré con cientos de cosas que no había visto y ya no veré.

En todo caso no pude dejar de pensar que este sentimiento de nostalgia es deleznable: al final queda la certeza de las horas vacías y del deseo de estar en otro lado. Un deseo que me empuja a empezar de nuevo, por tercera vez, en menos de un año.

Las despedidas son una mierda.

Cómo olvidar

La delegación de la agencia en Málaga es más grande de lo que yo había pensado al principio: tiene buenos computadores, escritorios amplios, oficina aparte para el jefe y una sala de juntas que nadie usa con las paredes llenas de fotos.

Con el tiempo recordaré algunos de los personajes con los que trabajé y a otros, como siempre sucede, terminaré olvidándolos. Quizás dentro del primer grupo estarán los “becarios”: periodistas noveles –o ya ni tanto– que van de empresa en empresa detrás de lo que llaman becas. Debo explicarlo, porque acá el concepto es distinto: las “becas”, en España, son una especie de convenio entre alguna institución (llámese universidad, entidad financiera, empresa tecnológica o lo que sea) y un medio de comunicación por medio del cual se permite a jóvenes periodistas hacer prácticas por un tiempo y ganar poco. Eso está bien cuando uno sale de la universidad, pero hasta ahí. El problema es que aquí la práctica continúa de manera indefinida y las empresas, para ahorrarse lo costoso que resulta hacer un contrato, van rotando a su personal de beca en beca. Llega un becario, está seis meses, le pagan poco –pero trabaja lo mismo– y a buscar otra. Según cuentan en la agencia, la delegación de Málaga lleva más de diez años con esta técnica. Y los becarios, que ganan menos de la mitad que un redactor, hacen fines de semana, cierres y un largo etcétera.

No olvidaré a los becarios, sobre todo por esa resignación tácita a aceptar este periodismo de ruedas de prensa. Cómo borrar de la memoria a Esperanza y sus ojitos lastimeros, que miran siempre a Antonio –el jefe– con una súplica de “quiero quedarme”. Imposible dejar de recordar su terrible abnegación y esa fastidiosísima manera de quejarse –pero a la vez disfrutar– con el exceso de trabajo. Hay gente a la que le encanta flagelarse, qué le vamos a hacer.

Málaga me deja cientos de dudas. Me asusta imaginar –casi con certeza– que en unos años las ruedas de prensa, los comunicados y los intermediaros nos van a comer en Colombia. La mecanización es inevitable: en poco tiempo eso que se llama entrevista persona a persona no se dará: antes habrá que pasar por una burocracia kafkiana que hará imposible hacer algo tan simple, tan banal, tan rutinario, como preguntar. ¿No es irónico? Gústenos o no, así va la cosa. Lo peor, sin embargo, es acostumbrarse. Ahí ya estaremos jodidos, como en Málaga.

Crónica de un desencanto

Se acabó. Tres meses después de Málaga empaco maletas y regreso. Una semana –la última– y vuelvo a la capital; mientras tanto, aguanto con estoicismo la monótona rutina de las ruedas de prensa, de los políticos echándose el agua sucia y del popular “canutazo”, que consiste en alargar la grabadora, como una falange más del brazo, hacia la boca del entrevistado de turno. Adelante, di lo que tengas que decir, que luego salimos todos a escribir los mismos titulares en las portadas.

Me voy decepcionado de este periodismo. Llámenme idealista, pendejo, o lo que sea, pero me niego a concebir esta profesión como una fábrica de salchichas. No deberíamos hacer producción en serie. No deberíamos asistir a esas ruedas de prensa como máquinas y luego llegar a escribir lo mismo. Es que ni siquiera es necesario. Piensen esto: uno llega a una sala de prensa donde se aglutinan los mismos de siempre; los que están ahí arriba –que también son los mismos de siempre–, dicen lo que tienen que decir –que es lo mismo de siempre– y luego el jefe de prensa nos pasa un comunicado por si algo no nos quedó claro. Pregunto: ¿por qué no nos ahorramos tanta güevonada y envían directamente el comunicado a la oficina? Así yo (agencia) lo copio para que el otro (redactor) lo copie y lo publique. La copia de la copia.

Me voy porque no quiero estancarme como los que veo ahí, día a día, igual que un funcionario en una notaría. Recién llegado traté de que las cosas fueran diferentes y me esforcé por preguntar en las ruedas de prensa, así apenas entendiera cómo es que funciona la política en Andalucía. Cualquier cosa. Los colegas me miraban raro por mi acento; seguro pensaban –no sin razón– qué carajos estaba haciendo un ‘sudaca’ en esa pequeña ciudad del sur de España. Pero ya me importa un carajo. Ahora, mientras espero que pasen estos días, soy uno más de los que alargan el brazo, de los que se quedan callados, de los que van por ir, de los que llegan y redactan, de los que ya aprendieron la fórmula y lo hacen todo casi sin pensar. Ésa es la verdad. Me convertí en uno más.

Salgo, pues, jodido con la ciudad. Pensé que la playa sería un consuelo, pero qué va: yo nunca he sido de costa y por eso mismo no la extraño. Un par de veces me fui con un libro y cervezas pero la cosa no es tan agradable como piensan; en realidad, por cuestiones de temperatura y comodidad, es mejor quedarse en la casa.

En fin, ya estuvo bien de quejas. Ya estuvo bien de Málaga. Una experiencia más antes de regresar a Colombia que me deja las mismas dudas que certezas. La duda que siempre estará sobre este oficio y la certeza de saber que no es esto lo que haré. Ni lo que ninguno de los colegas debería hacer. Pero, después de todo, ¿quién soy yo para juzgar? Qué cada cual se defienda como quiera. Eso sí: me gustaría saber qué pasará con la vida de mis compañeros de agencia en Málaga en, digamos, unos diez años. Me imagino que será como si el tiempo no hubiera pasado. Aunque quisiera pensar que me equivoco.