Persiguiendo a Vargas Llosa

Ya lo había visto. Fue hace algunos años, cuando viajó a Bogotá para presentar su novela El paraíso en la otra esquina. Yo estaba en la parte de atrás del auditorio donde iba a dar la charla; al frente, las filas se hacían cada vez más grandes. Pensé que no alcanzaría a entrar y justo cuando me iba vi llegar dos camionetas Honda de color verde. Vargas Llosa estaba adelante. Tenía corbata, como siempre. Antes de que se bajara ya había una multitud alrededor; en menos de un minuto sus acompañantes le abrieron espacio y el escritor se me perdió de vista.

En Madrid había intentado verlo. Primero le escribí un mail a la oficina de Carmen Balcells —la famosa agente— pidiendo una entrevista. Sabía que estaba lanzando una botella al mar porque no tenía siquiera dónde publicarla. Además, ¿cuántas no le solicitarán a diario? Tal y como esperaba declinaron mi ofrecimiento, pero al menos se tomaron la molestia de responder el correo.

Y entonces me enteré que iba a dar una charla en la Casa de América por los cien años de nacimiento del uruguayo Juan Carlos Onetti. Me fui temprano y cuando llegué la fila ya iba por la media cuadra. Esperé. Eran las 7 y 30 de la tarde y el sol no daba tregua. El auditorio se llenó en cuestión de minutos. Todos esperábamos. Pasadas las ocho salió el escritor; saludó con la mano y se paró frente a los fotógrafos, que dispararon los flash de sus cámaras sin piedad. Vi cómo los años le han caído encima.

Luego proyectaron una obra de teatro llamada La verdad de las mentiras, donde el escritor y la actriz Aitana Sánchez Gijón interpretan un relato de Onetti y después, al fin, vino la charla. Vargas Llosa contó lo mucho que lo ha impactado la obra del uruguayo y relató un par de anécdotas para dibujarlo. Dijo que era un tipo tímido que detestaba hablar en público y que sólo se sentía cómodo en su habitación, leyendo y con una botella de whisky al lado. Relató la historia que un día le escuché a Pablo Arango: alguna vez Onetti le preguntó cómo trabajaba y luego de que el peruano le esbozara todo un régimen de horarios y desvelos, sentenció: “lo que pasa es que tu relación con la literatura es conyugal y la mía, adúltera”.

Después de los aplausos finales la nube de periodistas se abalanzó sobre él. Yo, que había comprado en la entrada un ejemplar de La ciudad y los perros, me metí en la barahúnda y me colé hasta tenerlo al frente. Cuando terminó de firmar el libro de la chica que estaba al lado, le pasé mi edición; él la recibió con gusto y le estampó la firma. Quise decirle algo pero no me salió nada; entonces me lo devolvió y yo sólo pude balbucear un simple “gracias, Mario”.

Fue suficiente. No había mucho más que decir.

4 comentarios:

Carlos Augusto Jaramillo dijo...

Hermosa la anédota, lástima que él sea tu ídolo. Estas escribiendo muy sabroso.

yacasinosoynadie dijo...

que bueno por lo menos poder mirar a los ojos a esas vacas sagradas... un honor...

Esteban Dublín dijo...

No entiendo por qué lástima, don Carlos.

Martín, hace muy poquito leí Los cuadernos de don Rigoberto y más que los apuntes eróticos y la historia de Fonchito, lo que más me llamó la atención es la obsesión de Vargas Llosa por Egon Schiele. Fue como una visión particular de un hombre que quiere ser otro hombre. Mejor dicho, creo que Fonchito en el fondo era él, obsesionado a tal punto con el pintor que si no hubiera podido elegir quién ser, sería Schielle.

Ahora, Martín, esta anécdota sin la escaneada de la firma no es lo mismo. Yo quiero verla.

Martín Franco dijo...

Yo entiendo a mi amigo Carlos. Lo que pasa es que él es más de Borges y Vargas Llosa le parece light. En todo caso gracias por el cumplido, paisano; sigo esperando los cuadernos del pasado que andan quedados. Esteban, casi diez años antes de Los cuadernos escribió el Elogio de la madrastra, donde en vez de Egon Schiele hace el mismo ejercicio con cuadros de Francis Bacon y otros pintores. Los protagonistas son los mismos, la historia casi igual. Es sabroso. Yacasi, opino lo mismo que vos.