Añorando el álbum

Toda casa lo tiene. Guardado en algún cajón de la sala, o en la parte de arriba del armario, hay un álbum de fotos. O dos, tres, cuatro, más de cinco. Hasta hace apenas unos años el dueño solía sacarlos de vez en cuando, en medio de una reunión familiar, para que todos recordaran juntos el paseo a no sé dónde. Eran momentos agradables en los que brotaban anécdotas y uno aprovechaba para avergonzarse, en silencio, de la facha que llevaba por esa época.

Hasta que apareció Facebook. El invento del señor Zuckerberg mandó al traste el significado de la palabra privacidad y nos puso a ver, de buenas a primeras, la vida de los demás en primerísimo primer plano. Ahora uno abre una cuenta en esta famosa red social y de repente tiene desplegado ante sí un inmenso mar de fotos de gente que, si no fuera por la página, ya habría olvidado. Ahí está Zutano con cara de dicha debajo de la torre Eiffel; allí Mengano abrazado a su nueva esposa el día de su matrimonio; luego éste con su novia de paseo en Cartagena y aquél con sus amigos en cualquier lugar del mundo.

Antes las fotos eran sólo para unos pocos. El viejo álbum era un libro que permanecía muchos años guardado y luego uno lo abría para constatar cómo había pasado el tiempo. Pero esas páginas traían algo más que fotos: había recuerdos. Ahora la gente sube fotografías a la velocidad de la luz y ni siquiera por algún motivo especial: vemos a no sé quién pasando la tarde con los amigos y haciendo nada, o a una cantidad de borrachos en cualquier bar. Decenas, cientos, miles de imágenes. Porque sí y porque no, por cuenta de un increíble afán de mostrar lo que han hecho.

Yo extraño el viejo álbum. Quisiera volver a esa época donde las fotos eran para los que habían estado en el lugar donde se tomaron y nada más. Me gustaría poder dejar de saber qué ha pasado con la gente, recordar lo que es extrañar a alguien y luego un día cualquiera, por alguna casualidad, volver a saberlo. Pero ahora es imposible: con Facebook no se puede preguntar ¿qué ha sido de tu vida?, porque ya se sabe de antemano. Lo peor es que yo también lo hago. También cuelgo fotos, etiqueto, pierdo el tiempo. También caigo en el juego que critico.

El pez muere por la boca.

Pero extraño el álbum… ¿qué culpa tengo?

15 comentarios:

Esteban Dublín dijo...

Por eso es que yo no tengo Facebook y le digo a mis amigos que si quieren ver mis fotos que vayan a mi casa.

ángela cuartas dijo...

Ayer un man me hizo caer en cuenta de que ahora ya no va a haber manera de saber quién se acuerda del cumpleaños de uno de verdad y a quién se lo recordó Facebook. Él decía que eso antes era bacano, ver que la otra persona se había acordado por su propia cuenta, porque lo quiere a uno. Pero ahora sí no hay modo de saber. Eso sí me pareció matar la magia de la felicitación del cumpleaños irreversiblemente. Bueno, siempre está la opción que propone Esteban. Pero es que a mí me gusta Facebook, nada qué hacer. Por un ratico, porque se agota en dos minutos cada día. Pero esos dos minutos me gustan mucho.

maggie mae dijo...

a mi facebook me gusta, no tengo nada en contra. Pero los álbumes, ay, esos me fascinan. Yo si los abro con frecuencia para ver las fotos de cuando éramos chiquitos y hay muchos, por lo menos 10, mi papá se enloqueció con nosotros y tomaba fotos casi todos los fines de semana. Muy bacano.

Jorge Sánchez dijo...

Bueno, hasta que me mamé y me salí de Facebook. O eso quise hacer. Resulta que si uno pide la baja, puede volver a entrar en cualquier momento, con su mismo perfil, con todas las fotos que subió y con toda la lista de amigos que ya tenía, con sólo ingresar de nuevo el email y la contraseña. Osea, lo mismo que hacía cada vez que ingresaba a la página. No hay por ningún lado una opción para salir COMPLETAMENTE. No hay escape. Ellos amablemente te guardan todos tus datos... para siempre.

Mi única alternativa, para no volver a caer en la tentación, fue cambiar la contraseña por una que inventé en ese momento, y que ahora no recuerdo.

Terapia de piso dijo...

Con ese encanto que tienen las fotos viejas decoloradas por el tiempo, sucias las páginas por la oxidación del papel. Yo también extrano los álbumes.

Lo peor es que ahora ni imprimimos esas fotos. Ya siquiera tocarlas podemos.

Un abrazo, Martín.

José Roberto Coppola

Álvaro Peláez dijo...

¿Quién se une a Hatebook??

Como bien dice el señor J. R. Cóppola, lo peor es que ni imprimimos las fotos, ya ni las tocamos. Ese es el gran daño.

Con Hatebook sí, pierdes la privacidad, pero eso es cuento de cada uno.

Las que han ido sin piedad son las cámaras digitales. De 30 fotos que antes hacías en un viaje ahora te salen más de 200 (de las cuales el 99% de las veces quien las hace piensa: -esta va para el Facebook!) Arruinafiestas... tú sabes parce.

Martín Franco dijo...

Aguante, estimado Esteban. Ángela, yo prefiero verlo por el otro lado. En últimas, lo del cumpleaños es una ayuda para los que tenemos memoria de pollo. Pero sí, es jarto, sobre todo porque uno se da cuenta de que mucha gente escribe por cumplir. Maggie, la verdad es que Facebook tiene cosas que me gustan y otras no tanto. Pero para mamar gallo es sabroso. Y el álbum... ¡ay! Jorge, yo hice la misma mierda pero a los tres meses volví a caer. Y ya uno no sale, menos sabiendo que, como usted dice, para abrirlo de nuevo no hay que poner más que la contraseña. José Roberto, es cierto lo del color de las fotos... una lástima. Y Álvaro: ¡cómo pudimos comprobar eso que dices en estos seis meses!

Martín Franco dijo...

Por cierto, Jorge: ¿hay alguna forma para parar de leer el libro de Los detectives salvajes? Qué enganchada tan hijueputa...

CarolinaVK dijo...

Yo también extraño el álbum. Un montón de hecho. Pero también me gusta Facebook para otras cosas, no para las fotos, las fotos las dejo para Flickr (que es lo mismo), pero es que en Flickr tengo muy pocos contactos.

Lo que me parece que ha pasado es que ahora uno no se toma fotos con los amigos por el placer de verlas después y de recordar, a la gente lo que le gusta es participar en la foto. Una, dos, tres veces la misma foto; practicar su cara de foto; ver cuántas personas se quieren tomar fotos con ellos en 15 minutos; ver las fotos en la pantallita y ya. Después ya no importa porque hay millones de fotos rondando por ahí y ya no toca ser cuidadoso porque "me quedan 3 fotos en este rollo de 36".
Pero ojo que no estoy criticando la fotografía digital, solo que me parece curioso cómo cambian los rituales.

Mónica Palacios dijo...

Es cuestión de voluntad, Martín, y seguramente eso es lo que no hay. O se sienta uno a imprimirlas o las lleva a cualquier fotojapón.
Yo ya he escuchado varias veces la discusión sobre los pros y contras de facebook, pero para mí, cuando uno vive lejos, facebook es el mejor invento para estar en contacto con la familia y con los amigos que uno quiere, todos al tiempo, mejor que el e mail colectivo.
A mí el álbum también me gusta mucho, y ahora más. Yo me casé en diciembre y mi cuñada, de regalo, nos acaba de enviar el álbum pero una vaina divina, porque es un libro impreso, me pareció muy bonito. Esos recuerdos, creo, vale la pena conservarlos en álbum (así uno se separe después). Las fotos por la tarde tomando cerveza con los amigos, creo que no. Esta presentación impresa del álbum probablemente no le gustaría a José Roberto, porque uno toca el papel y no foto por foto, y bueno, tampoco creo que la imagen se decolore con el tiempo (aunque todo eso para mí es ganancia).

Martín, que bueno que leés Los detectives salvajes. Yo no soy una Bolaño-fan incondicional, pero sí creo que ese libro hay que leerlo. Ah, y no te había dado las gracias por la recomendación de Junot Díaz. Buenísimo.

Martín Franco dijo...

Ésa es la vaina, Carolina: que como ya no hay rollo ni por tanto límite, la gente se desborda. Mónica, yo también le tenía recelo a Bolaño, sobre todo porque le había entrado por donde no era. Pero después de tanta insistencia, de la irrefrenable "bolañomanía", agarré Los detectives. Y lo confieso: no he podido soltarlo. Ya contaré más. Ah, y qué bueno que te gustó Wao. ¡Es genial!

ángela cuartas dijo...

Hay uno en la casa de mi mamá que es de tela anaranjada con flores como bordaditas, divino. Y cada foto un tesoro. Yo he visto gente de mi edad que sigue haciendo álbum, con fotos hipermegaespeciales impresas. Eso se puede, ¿no? No todo está perdido, Martín.

Jorge Sánchez dijo...

Entre paréntesis porque se sale del tema de la entrada:

(Martín, Bolaño, cuando se le daba la gana, era todo un mago, un hipnotizador. Me pasó con Los detectives, y ahora me está pasando con 2666 (me tocó pararlo por andar en finales en la U, y ya estoy desesperado, con síndrome de abstinencia y todo). Con la de Óscar Wao me pasó igual, no pude dejar de leerlo, ese lo compré gracias a las reseñas que leí acá y en el Ojo en la paja).

yacasinosoynadie dijo...

Realmente el álbum se esta extinguiendo es por la llegada de la cámara digital, nada tiene que ver con facebook... Y hombre Martín a las nuevas tecnologías hay es que saberlas utilizar, punto... Yo tengo mi portafolio de fotografía montado en facebook y por ahí me ha salido muchísimo trabajo... otra cosa es ponerse a montar albunes llenos de parrandas y pendejadas... Y si a uno no le gusta que la gente sepa de uno, facil: se desetiqueta de las fotos y ya, es sencillo... Lo que me emberraca es que todo el mundo se queja pero todos son igual de curiosos y adictos (como tu dices: el pez muera por la boca, que bueno que lo aceptes)... Un abrazo hombre...

PDT: Bolaño es excelente, creo que ya te había recomendado algo de él... Recomendadísimo su libro de cuentos Las Putas Asesinas.

Lucaz dijo...

Buena parte de la profunda melancolía de Bolaño creo que se debe a su profunda certeza de que siempre fue vanguardista, osea que su esplendor sería (¿será?) efímero. Yo recomiendo mucho La Estrella Distante y Nocturno de Chile, cortas, contundentes, desencantadas y bellísimas.

No pierdo la esperanza de que el álbum de fotos vuelva.