Despedida

Esta tarde di el último paseo por el parque del Retiro. Caminé por los senderos rodeados de árboles que desembocan en plazas adornadas con estatuas de reyes a caballo. Al final llegué hasta el lago y me quedé viendo las parejitas que toman los botes y reman. Estuve mucho rato mirando el agua, sintiendo el sol en el rostro. Vi las balsitas que pasaban frente a mí, casi siempre él remando y ella al frente. Conversaban, reían, parecían contentos. Sentí envidia y pensé que estaba infinitamente solo. Las parejitas no me miraron, ni tampoco me vieron las que pasaron a mi lado cuando hice el camino de vuelta. Mañana estaré lejos.

Adiós, Madrid.

De aquí y de allá

Un amigo me invitó ayer al lanzamiento de un libro. El autor es un tipo curioso: maneja taxi por las calles de Madrid y en sus ratos libres escribe un blog en el diario 20 minutos que se ha vuelto muy popular. El libro, de hecho, es una recopilación de sus mejores historias como taxista. Está simpático. Además de tomar algunos tragos gratis, el evento me permitió conocer un par de autores jóvenes españoles. Durante el rato que estuvimos charlando me sorprendió que todos tienen una cosa en común: el pronfundo desconocimiento y poco interés por la literatura que se produce en Latinoamérica. No existimos. A tres les pregunté qué autores les gustaban del otro lado y todos me contestaron que García Márquez. De ahí para adelante no hay mucho. Los nuevos, que se han abierto paso incluso acá, ni siquiera les suenan. Apellidos como Zambra, Vásquez o Roncagliolo les parecen extraños. Quisiera pensar que no es un mal común, pero algo me dice que me equivoco. Paradójico, digo, porque si uno se denomina escritor lo mínimo es que se preocupe por saber lo que se está escribiendo en su propia lengua. Bueno, al menos conocerlo así sea de pasadita. Pero ni eso.

Curioso.

Persiguiendo a Vargas Llosa

Ya lo había visto. Fue hace algunos años, cuando viajó a Bogotá para presentar su novela El paraíso en la otra esquina. Yo estaba en la parte de atrás del auditorio donde iba a dar la charla; al frente, las filas se hacían cada vez más grandes. Pensé que no alcanzaría a entrar y justo cuando me iba vi llegar dos camionetas Honda de color verde. Vargas Llosa estaba adelante. Tenía corbata, como siempre. Antes de que se bajara ya había una multitud alrededor; en menos de un minuto sus acompañantes le abrieron espacio y el escritor se me perdió de vista.

En Madrid había intentado verlo. Primero le escribí un mail a la oficina de Carmen Balcells —la famosa agente— pidiendo una entrevista. Sabía que estaba lanzando una botella al mar porque no tenía siquiera dónde publicarla. Además, ¿cuántas no le solicitarán a diario? Tal y como esperaba declinaron mi ofrecimiento, pero al menos se tomaron la molestia de responder el correo.

Y entonces me enteré que iba a dar una charla en la Casa de América por los cien años de nacimiento del uruguayo Juan Carlos Onetti. Me fui temprano y cuando llegué la fila ya iba por la media cuadra. Esperé. Eran las 7 y 30 de la tarde y el sol no daba tregua. El auditorio se llenó en cuestión de minutos. Todos esperábamos. Pasadas las ocho salió el escritor; saludó con la mano y se paró frente a los fotógrafos, que dispararon los flash de sus cámaras sin piedad. Vi cómo los años le han caído encima.

Luego proyectaron una obra de teatro llamada La verdad de las mentiras, donde el escritor y la actriz Aitana Sánchez Gijón interpretan un relato de Onetti y después, al fin, vino la charla. Vargas Llosa contó lo mucho que lo ha impactado la obra del uruguayo y relató un par de anécdotas para dibujarlo. Dijo que era un tipo tímido que detestaba hablar en público y que sólo se sentía cómodo en su habitación, leyendo y con una botella de whisky al lado. Relató la historia que un día le escuché a Pablo Arango: alguna vez Onetti le preguntó cómo trabajaba y luego de que el peruano le esbozara todo un régimen de horarios y desvelos, sentenció: “lo que pasa es que tu relación con la literatura es conyugal y la mía, adúltera”.

Después de los aplausos finales la nube de periodistas se abalanzó sobre él. Yo, que había comprado en la entrada un ejemplar de La ciudad y los perros, me metí en la barahúnda y me colé hasta tenerlo al frente. Cuando terminó de firmar el libro de la chica que estaba al lado, le pasé mi edición; él la recibió con gusto y le estampó la firma. Quise decirle algo pero no me salió nada; entonces me lo devolvió y yo sólo pude balbucear un simple “gracias, Mario”.

Fue suficiente. No había mucho más que decir.

Notas sueltas (apuntes de todo y nada)

UNO. Quién iba a pensarlo: después de tanta crítica, de escribir columnas en su contra, de cuestionar su proceder y de dejar de creer en la institución que preside, ahí lo tenía al frente. Apenas unos metros me separaban de la ventana por la cual, a las doce del medio día, Benedicto XVI dio el Ángelus en la plaza de San Pedro. Fue el domingo pasado, en Roma. Durante quince minutos el hombre salió, entregó una bendición, habló en varios idiomas y luego volvió a meterse. La plaza estaba abarrotada de gente que al verlo gritó, aplaudió y hasta se arrodilló. Para mí fue extraño. Mientras lo escuché hablar pensé en lo que dijo sobre el condón durante su reciente visita a África; o cuando, tiempo atrás, reafirmó la existencia del cielo y el infierno. Entonces, para dominar la extraña sensación de emoción que empezó a embargarme, pensé en todo lo que la Iglesia ha hecho durante años, en los miles de muertos en nombre de Dios, en los excesos de los papas, y reafirmé que en realidad no es ningún enviado sino sólo una persona más. Mi acompañante -que es católica practicante- dijo que la bendición del Papa es un regalo divino. Puede que tenga razón: al menos me queda la tranquilidad de saber que ya tengo vía libre al cielo.

DOS. Es difícil escribir sobre un viaje sin dejar de sonar pretencioso y aburrido. Quizás lo mejor de agarrar una maleta y abandonar la rutina es esa sensación de asombro que aún nos queda cuando llegamos por primera vez a algún lugar pero que con el tiempo, por desgracia, se quita. La costumbre es una mala costumbre.



TRES. Leía en un blog vecino una entrada sobre los escritores que se creen el cuento y posan. Creo que sólo hay una cosa peor: los que además de asumir el papel se la pasan hablando de sí mismos y haciéndose propaganda. Poco a poco he venido descubriendo a un paisano manizaleño que va por esa línea; los invito a que visiten en el blog y, si alguien sabe, me diga dónde puedo conseguir alguna de sus novelas. Ahora que hablamos de religión no está de más una buena dosis de masoquismo: http://egarciaguilar.blogspot.com/.

Añorando el álbum

Toda casa lo tiene. Guardado en algún cajón de la sala, o en la parte de arriba del armario, hay un álbum de fotos. O dos, tres, cuatro, más de cinco. Hasta hace apenas unos años el dueño solía sacarlos de vez en cuando, en medio de una reunión familiar, para que todos recordaran juntos el paseo a no sé dónde. Eran momentos agradables en los que brotaban anécdotas y uno aprovechaba para avergonzarse, en silencio, de la facha que llevaba por esa época.

Hasta que apareció Facebook. El invento del señor Zuckerberg mandó al traste el significado de la palabra privacidad y nos puso a ver, de buenas a primeras, la vida de los demás en primerísimo primer plano. Ahora uno abre una cuenta en esta famosa red social y de repente tiene desplegado ante sí un inmenso mar de fotos de gente que, si no fuera por la página, ya habría olvidado. Ahí está Zutano con cara de dicha debajo de la torre Eiffel; allí Mengano abrazado a su nueva esposa el día de su matrimonio; luego éste con su novia de paseo en Cartagena y aquél con sus amigos en cualquier lugar del mundo.

Antes las fotos eran sólo para unos pocos. El viejo álbum era un libro que permanecía muchos años guardado y luego uno lo abría para constatar cómo había pasado el tiempo. Pero esas páginas traían algo más que fotos: había recuerdos. Ahora la gente sube fotografías a la velocidad de la luz y ni siquiera por algún motivo especial: vemos a no sé quién pasando la tarde con los amigos y haciendo nada, o a una cantidad de borrachos en cualquier bar. Decenas, cientos, miles de imágenes. Porque sí y porque no, por cuenta de un increíble afán de mostrar lo que han hecho.

Yo extraño el viejo álbum. Quisiera volver a esa época donde las fotos eran para los que habían estado en el lugar donde se tomaron y nada más. Me gustaría poder dejar de saber qué ha pasado con la gente, recordar lo que es extrañar a alguien y luego un día cualquiera, por alguna casualidad, volver a saberlo. Pero ahora es imposible: con Facebook no se puede preguntar ¿qué ha sido de tu vida?, porque ya se sabe de antemano. Lo peor es que yo también lo hago. También cuelgo fotos, etiqueto, pierdo el tiempo. También caigo en el juego que critico.

El pez muere por la boca.

Pero extraño el álbum… ¿qué culpa tengo?