Roncagliolo, de nuevo


Memorias de una dama
Santiago Roncagliolo
Alfaguara


Hace algunos meses mentí sobre Santiago Roncagliolo. No lo hice al escribir que su novela Pudor me pareció una obra floja, sino porque prometí darle un buen tiempo de descanso al autor peruano y al final no cumplí. Fue sin querer, en realidad, pues entre las novedades de la biblioteca había una que me atrajo de inmediato: Memorias de una dama. Primero, por la bonita edición de Alfaguara. Segundo, por el autor. Tercero, porque estaba en busca de algo que me hiciera pasar un buen rato. Así que después de dar una rápida mirada a los demás títulos decidí sacarlo, aún sabiendo que corría riesgo.

El caso es que empecé a leerlo, contento de darle una segunda oportunidad, y debo decir que no me arrepiento: la novela está sabrosísima. Entre muchas otras cosas porque va hilado una trama que poco a poco se torna intensa; porque construye unos personajes sólidos, humanos y contradictorios; y sobre todo –quizás lo más importante–, porque tiene humor. Roncagliolo se burla de sí mismo (un personaje con su nombre resulta ser un escritor pedante e insoportable), y de la figura del escritor arribista, mentiroso, que está dispuesto a todo por ser publicado. Mejor aún: se ríe de los autores en general (¿De cuándo acá unas memorias hablan de lo que su protagonista quiere? ¿De cuándo acá hablan de lo que su editor quiere? ¿Alguien sabe que existen los autores? ¿Alguien sabe para qué sirven?), de las cintillas de los libros y hasta de las frases incomprensibles que escriben en la contraportada los narradores amigos, y que son sólo palmaditas en el hombro para vender.

Diana Minetti es millonaria y quiere escribir sus memorias; para ello contrata a un pichón de escritor peruano que vive como ilegal en España y anhela volverse famoso a toda costa. Al principio el novel narrador acepta el encargo por la plata –el lugar común tan cierto del escritor muerto de hambre–, pensando que sólo describirá las tediosas fiestas de sociedad de una dama de clase alta en París. Sin embargo, a medida que empieza a indagar, se da cuenta de que todo es mucho más interesante de lo que pensaba: por las páginas del libro desfila la vida de la protagonista durante la dictadura de Trujillo en República Dominicana; en la Cuba de Batista y algunos negocios turbios de su familia con la CIA y la mafia italiana.

En fin: si buscan una historia divertida, sabrosa, rica de leer, anímense con Memorias de una dama. Yo me la gocé. Lo triste es que se me fue volando.

El Che y un mundo mejor

Hace unos días nos mostraron un documental sobre la historia de la fotografía. Además de Cartier Bresson, Robert Kapa y demás nombres ilustres, había una entrevista con Alberto Korda, el cubano que logró la mítica imagen del ‘Che’ Guevara con la mirada amenazante al horizonte, la barba rala y la boina de la estrella. Una foto que desde entonces le ha dado la vuelta al mundo y que quizás –aunque no estoy muy seguro–, sea la “más importante de la historia de la fotografía”, como lo dijo el propio Korda sin ninguna falsa modestia.

En su momento, todos esos sueños de liberación se colaron en las fantasías de muchos y los hicieron creer que era posible un mundo distinto y mejor; no está mal, claro, porque ya se sabe lo que pasó en Cuba con la revolución de la que el propio Che fue protagonista esencial. Pero desde entonces mucha agua ha corrido y la Cuba de hoy no es precisamente un modelo económico ni político. Por desgracia, a pesar de la inmensa popularidad que sigue teniendo la figura del Comandante, muchos todavía piensan que el comunismo es posible. Y no. Esta crónica sobre Corea del Norte nos puede dar una idea de lo sabroso que es vivir en un régimen así. No me malinterpreten: tampoco digo que el capitalismo sea la mejor opción, pero al menos tiene más ventajas que una teoría tan bonita en el papel.

El caso es que ayer estuvimos en un bar cubano donde, cómo no, había figuras del Che por todas partes: la mítica imagen que les describo, botones de la revolución y hasta fotografías de Benicio del Toro con el elenco de la larga saga que acaba de hacer en cine sobre el señor Guevara. Cuando las botellas de cerveza se fueron quedando vacías y habíamos bailado una que otra salsa, pusieron la canción del ‘Comandante’ que todos cantaron a grito herido. Al final, cuando parecíamos flotar en ese ambiente de hermandad que supongo produce el comunismo (todos somos iguales; tú no eres más que yo ni menos que nadie), se nos acercó el dueño a decirnos que debíamos irnos. Y así, sin más, no echó con la única justificación de que el bar era suyo.

Supongo que esas cosas se aprenden de generación en generación y la figura de Fidel sigue estando presente en la mente de los cubanos. Lo mismo que la del Che. Y aunque tuvimos que salir del bar sin saber por qué, quedé con la sensación de haber vivido en carne propia lo bonito del comunismo: todos somos iguales menos el que manda. Y las razones importan un pito.

me gustan

Me gustan los blogs sin mayores pretensiones. Aquellos en los que sus dueños escriben sencillo, claro y directo. Me gustan los blogs con comentarios que contradicen o complementan la opinión del autor; detesto, por el contrario, aquellos de falsa simpatía plagados de opiniones ensayadas, impostadas, escritas sólo para quedar bien con el administrador de turno. Me gustan los blogs donde el autor dice, sin miedo, “yo pienso esto y aquello”; me repelen los que no se ‘mojan’ ni son capaces de poner sus ideas. Me gustan los blogs sinceros, transparentes; huyo de los que son usados como propaganda y le sirven a un autor para darse bombo diciendo “he hecho esto y aquello”. Me gustan los blogueros que se equivocan, que escriben pendejadas, que se arrepienten. Me gustan los blogs que maman gallo y no se toman en serio, pero también los que sacan su mierda de adentro. Me gustan los blogs que ventilan vidas privadas pues todos tenemos un lado voyerista; salgo corriendo de los que cuelgan posts con sesudos ensayos llenos de palabras rimbombantes (no es del todo cierto: muchas veces visito uno que otro así por el simple placer de flagelarme). Me gustan los blogs porque, además de ejercicios de escritura, son como platos variados para ir picando. Me gustan los blogs, en últimas, porque son una forma deliciosa de perder el tiempo.

Nadie es eterno...

Un amigo de vieja data sufrió la más curiosa transformación cuando, hace cerca de dos años, asistió por primera vez al festival del Mono Núñez en Ginebra, Valle: no sólo empezó a amar el folclor colombiano con fervor, sino que, por algún motivo, comenzó a avergonzarse de la música de carrilera y arrancó una cruzada contra ella que no ha parado. Ahora es común ver cómo rescata en el Facebook, mediante videos, los más variados grupos de pasillos, bambucos o guabinas, y escribe mensajes incitando a una cruzada en contra de los herejes que cantan las tonadas de mal gusto que antes le encantaban.

No tengo nada en contra de su creciente afición por la música colombiana; al contrario, me parece muy bien que se dedique a explorar con pasión arqueológica esos ritmos que todos conocemos pero que pocos escuchan con verdadera devoción. Lo que me parece curioso es que se haya tomado tan a pecho la batalla contra la música popular, si antes era común que ambos nos dobláramos en la mesa de cualquier cantina a punta de aguardiente y Darío Gómez.

Quisiera pensar que su mal no es el mismo de muchos, que miran la música popular por encima del hombro y tildan de montañeros a quienes la escuchan. Si ahora se avergüenza por haber escuchado alguna vez las canciones de Julio Jaramillo o El Charrito Negro, lo incitaría a que explique por qué, como dijo en su último dardo del cara libro, este ritmo “atenta contra la identidad nacional”.

Puede que la música popular no sea la más elaborada ni los cantantes tengan la misma formación previa que los virtuosos del Mono Núñez –Jhonny Rivera, que es todo un ídolo en el Eje Cafetero y Antioquia, era recolector de café–, pero algo debe haber para que a la gente le guste tanto. ¿Que la desprecian los intelectuales y los melómanos consumados? ¡Y qué! En últimas a la gente eso le importa un pito.

No puedo terminar sin escribir que me declaro consumidor, defensor y amante de la música popular. Confieso sin pudor que una de las cosas que más extraño son las fondas de Manizales o Villamaría, cuando tomaba con usted, mi querido amigo, y cantábamos despechados las canciones de esa larga lista de infames que hoy desprecia. ¡Y ni hablemos de la arriería en Ferias!

El verdadero "nuevo periodismo"

Hace unos días llamé a Colombia para hablar con un viejo amigo que trabaja en un importante diario de la capital. Luego de cinco largos años de teoría periodística en la universidad, y de casi un lustro más dedicados al oficio, ambos nos dimos cuenta de que una cosa es lo que los profesores dicen en el salón de clases y otra esa selva indómita llamada mundo laboral. Pero como he estado estudiando otra vez –y en Europa–, me propuse impresionarlo con toda la teoría que me han hecho comer aquí.

―¿Y cómo vas con lo de la muerte de los diarios, socio? ―le pregunté a sabiendas de que, como yo, mi amigo quiere seguir haciendo carrera en un medio escrito.

―¿Cuál muerte, güevón? Acá esto está vivito y coleando ―me respondió mientras escuchaba, al fondo, el tac-tac frenético del teclado.

―Ya sabes lo que se dice ―repliqué―: en Europa el panorama de los periódicos no es muy bueno. Estamos entrando en la época de la “convergencia” y los medios escritos van a acabarse. También en Latinoamérica, por supuesto.

―¿A acabarse? ―dijo, sarcástico― ¿Y qué van a hacer entonces los pintores y los que envuelven pescado en la Costa?

―La nueva “agenda setting” del periodismo exige cambios drásticos ―volví a la carga, haciendo caso omiso de su chiste flojo―, y eso implica un profesional más dinámico, que sepa manejar las nuevas superficies tecnológicas. ¿Has oído hablar del periodista orquesta?

―¿Periodista orquesta? ―respondió después de un silencio que no supe cómo interpretar―. ¿Tiene algo que ver con la música?

―Es un comunicador polifuncional: además de que sabe redactar para prensa escrita, puede editar en radio y, al mismo tiempo, llevar una pequeña cámara para grabar una nota en video.

―No seas pendejo, hombre ―dijo enfático―: eso se llama “explotación”.

―Ahora tenemos que estar abiertos al cambio: el futuro está en el mundo digital. Los blogs, el periodismo ciudadano, la participación de los foristas en Internet.

―Vamos a ver ―tomó aire y prosiguió―: los blogs son un pequeño muladar donde cada quien recoge los pedazos de basura que están menos sucios; el periodismo ciudadano no es más que un tipo sin criterio armado de una cámara; y la participación de los foristas, como dijo el editor peruano este, son como los que escriben grafitis en los baños públicos.

Empecé a preocuparme; por un momento sentí que los seis meses que llevo estudiando en Madrid no estaban siendo del todo útiles. Pero como no podía dejarme amedrentar, volví a la carga:

―Los usuarios de medios exigen cambios; las nuevas generaciones casi no leen y están más familiarizadas con el lenguaje audiovisual.

―¿Y es que cuando vos naciste la televisión no existía, o qué? Dejate de pendejadas, Martín: mejor contáme otra cosa.

Como ya toda la teoría se me había venido abajo nos pusimos a hablar de trivialidades, cosas que de verdad valen la pena y tienen sentido. Cuando colgué y regresé a la casa, preocupado aún por lo poco receptivo que resultó mi amigo, me sumergí un rato en un libro sobre teoría de la comunicación. No tuve tiempo de pensar mucho pues por el tercer párrafo empecé a sentir los párpados pesados y luego, como suele sucederme, me quedé profundamente dormido. Al final me desperté sudando, luego de un sueño intranquilo plagado de agendas setting, periodistas orquesta y convergencias.

Bájenle

No hay cosa más sabrosa que sentarse a leer el periódico. O bueno: sí la hay, pero en todo caso es una delicia agarrar ese arrume de papeles que, según muchos, está destinado a desaparecer y darle una ojeada por las mañanas. Como me toca mirar El Tiempo, El Espectador y La Patria por Internet, echo mano de lo que hay en España para no pasar tanto tiempo frente a la pantalla: El País –casi siempre– y de cuando en cuando el Público o El Mundo.

Ustedes me van a perdonar, pero he visto a más de uno que compara la prensa colombiana con la de acá de manera despectiva: que el País sí es un periódico, que cómo escriben, que cuánta seriedad, y mil vainas por el estilo. Para ser sincero yo no veo dónde está la tan mentada diferencia; al contrario, si hasta parecidos son: las mismas intrigas políticas, el amarillismo, los columnistas pontificando, el afán por la chiva. La cosa no cambia mucho.

Miento: la cosa sí que cambia, sobre todo de la mitad del periódico para allá. Si en Colombia critican las páginas de cultura por simplonas, acá habría que achacarles un exceso de (¿cómo decirlo?) profundidad. Tíldenme de frívolo, pero leer los artículos de esta sección resulta a veces agobiante y soporífero: una escritura complicada, barroca, llena de adjetivos y torcida como una vieja carretera despavimentada.

Les pongo un ejemplo, para que no digan que es prejuicio. Escribe Carlos Boyero, crítico de cine de El País, refiriéndose a la película más reciente de Almodóvar: “(…) que la pasión que despertaba su cine entre la vanguardia obedecía a esa cosa tan provisional y epidérmica llamada moda, que sus hilarantes chapuzas fílmicas retratando a una fauna estratégicamente pintoresca”… Paro aquí. ¿Hilarantes chapuzas fílmicas? No fegués, colega: es un periódico, no un ensayo.

En fin: échenle una miradita y de paso lean las crónicas deportivas, que tienen una alta dosis de poesía, metáfora y símil. Este domingo escribe José Samano una sobre la aplastante victoria del Barcelona ante el Madrid y nos deja, de paso, algunas perlas: “frente al juego de sacamuelas y tono épico de los madrilistas, el barça resultó sinfónico”; “enfrente, Xavi, padre junto a Guardiola de la admirable y productiva genética azulgrana, manejó el encuentro con su toque homérico”.

No digo que una prensa sea mejor que otra; digo, nomás, que conviene bajar del pedestal a los periódicos de acá: después de todo el camino que recorren con los de allá es parecidísimo. ¿Y las revistas? Ahí sí, modestia aparte, estamos en otro nivel. Pero ésa es otra historia que, si les parece, mejor comentamos luego.