Ciento veinte días

Todavía recuerdo la ansiedad cuando miré por la ventana del avión. Aún tengo en mi mente lo que sentí al ver la ciudad, cuando me topé con un mundo al que no estaba habituado: pensé que todo quedaba atrás y arrancaba otra vez. Una sensación que, por desgracia, se pierde rápido. La costumbre es igual en todas partes.

Cuatro meses han pasado casi sin darme cuenta. En ocasiones me pregunto qué es lo que hago acá y no puedo encontrar una respuesta clara. Estudio. He seguido la costumbre de la que tanto renegué: correr detrás de títulos y más títulos que te hacen experto en algo cuando en realidad no sabes mucho de nada.

Pero he aprendido algunas cosas. Sé, por ejemplo, que viajar es una manera de huir. Los que empacan sus maletas dejan atrás lugares y personas, pero no pueden olvidar su pasado. Lo vivido es una carga, una maleta que no se empaca. Y he aprendido que cuando pasa la euforia inicial de conocer personas y lugares, todo va volviendo a ponerse en su sitio, despacio y en silencio. Nada cambia mucho: en el fondo la gente se parece aquí y allá.

“Lo viajes no existen para un álbum de retratos. Tampoco los libros han nacido para la construcción de una biblioteca en el salón de los padres. Los amores lo saben cuando se van, desnudos de resentimientos, cuando aprenden a beber las centellas de cada instante vivido. Los viajes nos hacen ir del deseo al desierto, y nos traen de vuelta a ninguno de esos dos puntos, de llegada o de partida, que en rigor se confunden”. Lo dice Floriano Martins, escritor y poeta brasileño, en un cuentico muy bello llamado Los párpados ardientes del último relámpago, que me dieron en una estación de buses en Évora, Portugal.

Creo que, ciento veinte días después, puedo decir que un viaje es como escribir: en el fondo, lo que hacen quienes se van y los que redactan es buscarle sentido a algo. Indagar por respuestas, aunque en realidad no haya muchas.

10 comentarios:

Esteban Dublín dijo...

Martín, justo a los 4 meses de vivir en Bs As estaba tan encantado, que no había posibilidades de que volviera a Bogotá.

El quinto mes fue distinto. Ya conocía mucho, tenía muchos amigos y la rutina empezó de nuevo. Los meses siguientes fueron una cuenta regresiva casi obsesiva por volver.

Tim Briceño Torrenegra dijo...

Lo vivido es una carga, una maleta que no se empaca...

lo vivi el anho pasado...

Buena Muerte...

Ivan Andrade dijo...

"La costumbre es igual en todas partes".Que frase tan bacana.

Saludos.

yacasinosoynadie dijo...

alguien dijo que el reloj late con la misma lentitud aquí y allá... Yo volví de mi ultimo viaje por la urgencia de despedir a un buen amigo, pero el hastío ya me estaba carcomiendo.

Carolina Andújar Córdoba dijo...

Yo he viajado por escapar casi siempre. Y después toca escapar del lugar a donde uno se fugó... Me parece que tenés razón. Toda. Te quedó chévere el post.

PADRE RESPONSABLE dijo...

Bacano. "Todo va volviendo a ponerese en su sitio, despacio y en silencio..."

Sin duda, sos uno de los que andamos buscando. A que te va a gustar:

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Pasate,

Editor, A-Pín.

Martín Franco dijo...

Buenísima la agencia Pinocho; de una vez la enlazo, socio. ¿Quién dijo EFE? Fuchi.

Terapia de piso dijo...

Y ese vacío se va llenando en cada lugar. A veces de más vacío.

José Roberto Coppola

Extranjera dijo...

Me alegra sentirme identificada con lo que dices tú y Esteban. Yo ya tengo 7 meses en Nueva York, y sí, los primeros cinco meses fueron pura euforia pro al sexto todo cambió, y ahora intento encontrar un nuevo sentido.
Abrazos

Manuel Dueñas dijo...

Bueno, creo que sentiré lo mismo que Esteban aquí, en Buenos Aires, cuando esté asentado e inmerso en una nueva rutina.

Muy linda entrada, Martín.