Penetración artística

Confieso que tengo problemas con el arte moderno. En realidad creo que no lo entiendo y hago poco esfuerzo intelectual por hallar sus múltiples significados. Digo la penosa verdad: la grieta de Doris Salcedo en la Tate Gallery no me dice mucho –nada, para ser sincero– y me parece un poco fácil que un tipo gane concursos con la instalación de un cuarto vacío donde se prende y apaga una luz cada que alguien entra. Tal vez esas obras están cargadas de simbolismo, o quizá cada uno ve lo que quiere ver.

El caso es que, como he estado perdiendo mucho el tiempo en los últimos días, decidí irme con unos amigos a una exposición que se llama ‘Los penetrados’, de Santiago Sierra, una especie de performance pregrabado –video de 45 minutos y varias fotos– que consiste en lo siguiente:

a) Unos tipos negros se lo meten por detrás a varias mujeres blancas en un salón pequeño, con espejos al fondo que multiplican sus imágenes. Las mujeres están en cuatro, los tipos atrás, y abajo unos tapeticos para que no se pelen las rodillas.

b) La misma escena pero ahora son los tipos blancos trabajándole a los tipos negros.

c) Se repite el acto con los tipos blancos dándole duro a las mujeres negras. Los cuerpos se mueven con ritmo; los que están abajo apoyan los brazos, y los que están detrás entran y salen.

d) Los negros se lo meten a los blancos.

Y súmenle a eso todas las combinaciones posibles.

Me salí de la sala donde proyectaban el video para ver los cuadros y tratar de entender algo, ver más allá de unos simples cuerpos teniendo sexo. Pero nada. No me malinterpreten los que de verdad saben; la triste verdad es que no entendí nada de lo que decía la hojita que me pasaron a la entrada (“las mantas grises construyen por lo tanto la trama perfecta sobre la que, con posterioridad, se aplicarán los condicionantes de la realidad. Los vacíos son una representación visual de la composición de la sociedad española actual”), ni pude comprender cuál es la alusión que se hace a la inmigración en esa pelea de cuerpos.

Discúlpenme los entendidos, pero a mí me quedó la impresión de estar viendo una película de porno. Y como toda película de ésas, después de cinco minutos ya estaba mamao. Quisiera tener en el futuro un acercamiento más profundo con el arte moderno, pero por ahora creo que volveré a perder el tiempo. Lo único que se me ocurre pensar es que el performance habría estado mejor si, por pura irreverencia, lo hubieran hecho en vivo.

¿Sí?

suicidios etílicos

Cada que sale una entrevista en La Patria con alcalde de Manizales, el ilustre ‘dotor’ Juan Manuel Llano, siento unas ganas inmensas de esconderme bajo la cama. Por fortuna no puedo verlo en los noticieros de la gran televisión regional caldense, porque esa vocecita ronca de hacendado me haría sentir unas nauseas terribles. Pues bien, resulta que este domingo el periódico le dio varias páginas a don Juan Manuel para que, como es usual, se dedicara a defender su gestión y hablara de lo divino y lo humano.

Da gusto ver lo práctico que es el alcalde. Nuestro mandatario no se anda con cuentos pendejos y suele tener soluciones rápidas para problemas reales y molestos. Sobre el aumento en la tasa de suicidios, por ejemplo, dice muy seguro:
“Tenemos una situación muy complicada de salud mental, nuestros jóvenes se están suicidando, la cifra es alarmante, pero con las acciones
que estamos tomando de control en retenes desde el jueves, con el cierre de establecimientos que les vendan licor, estamos logrando resultados,
mantenemos comunicación con todas las instituciones y nos dicen que aún son muchos los suicidios, pero la tendencia que está mostrando es que están reduciendo”.
O sea que la fórmula mágica para detener los suicidios de los jóvenes, según don Juan Manuel, es hacer retenes en las calles y evitar que se les venda licor. Papel y lápiz, señores: anoten. No importa la situación personal o familiar del suicida, ni la violencia física y sicológica, ni mucho menos la falta de oportunidades de la ciudad. El culpable es el alcohol. O peor: la droga. Hay que combatir ese monstruo terrible para que los jóvenes dejen de matarse.

Pues bien, ‘dotor’ Juan Manuel, le propongo que empiece entonces prohibiendo el trago en ese larguísimo desfile de borrachos que es la cabalgata de la Feria, donde uno ve muchachitos imberbes sosteniéndose apenas encima de su jumento; o que prohíba la entrada de botas con licor a la plaza de toros. ¿No se ha puesto a pensar en lo peligroso que resulta alguien que sale borracho de la plaza después de ver un espectáculo tan violento?

No se deje amilanar usté, ‘dotor’, por lo que le digan los críticos; si ya encontró la solución al problema del suicidio, siga poniendo retenes como un diablo por las empinadas calles de Manizales. Y en unos meses vuelve a salir en La Patria mostrándonos, con cifras, cómo se ha reducido el número de pendejos que se quitan la vida.

imposible conversar

No hay mucho qué hacer: la tan mentada era digital nos está comiendo. Ahora, gracias a este fantástico mundo de las comunicaciones, no se mueve una hoja sin que lo sepamos: nos enteramos, por las fotos del facebook, de la vida de viejos conocidos; sabemos, gracias a los blogs, lo que piensa tal o cual de cualquier pendejada, y vemos en videítos de youtube las imágenes de guerras que pasan mientras nosotros perdemos el tiempo.

En su columna de la revista Arcadia, Marta Ruíz dice que el celular se ha convertido en un verdadero obstáculo para la conversación. En un intruso. Ya no es posible charlar con más de tres personas sin que en algún momento a uno de ellos le suene el celular y se retire un rato. Y ni mencionar al tal blackberry, que viene con la desgracia de estar siempre conectado a internet. Hace un par de años me volví a ver con una amiga que, por entonces, tenía un novio en Ecuador y se comunicaba con él por el dichoso aparato. Por cuestiones de trabajo debíamos tomar el Transmilenio desde la 72 con Caracas hasta la biblioteca de El Tintal; más de una hora de viaje en la que ella no quitaba los ojos ni despegaba los dedos del teléfono. Yo intentaba hablarle de algo pero muchas veces se quedaba un rato en silencio, pedía disculpas, y preguntaba mientras volvía al mundo real: “¿qué cosa?”.

Ya para qué.

No quiero negar las bondades de internet o los celulares, pero a veces pienso que antes todo era más tranquilo. Nadie se preocupaba si el otro no contestaba el teléfono de su casa (hay que ver ahora lo que la gente se alcanza a imaginar si alguien apaga el celular un día entero), y era más fácil sentarse en torno a una mesa a conversar. Vuelvo sobre todo esto porque ayer, después de clase, quedamos con mis dos compañeros de apartamento en comprar una botellita de vino y sentarnos a charlar luego de casi todo un día frente al computador. Apenas llegamos me olvidé del aparato, puse música, saqué las copas y abrí la botella, pero cuando fui a servir me di cuenta de que ya los dos estaban sumergidos en la pantalla. Me senté a esperar a que terminaran pero no había muchos signos: los dedos tecleaban rápido y una sonrisita se dibujaba en sus rostros cuando llegaban las respuestas de sus conversaciones. Me quedé unos minutos sintiéndome estúpido y no tuve más remedio que apagar la música, meterme en mi cuarto y cerrar la puerta.

Ya comienza a entrarme, otra vez, la dichosa etapa del hastío tecnológico.

un puñado de hojas

Releo en el boletín de la librería Libélula –con el cual tengo deudas– un artículo de Carlos Augusto Jaramillo que se llama “La dificultad de escribir”. Aunque salió hace ya rato, por allá a mediados del año pasado, confieso que a veces me gusta volver sobre escritos así. Dice Carlos que lleva tres años redactando una novela y que cada vez se le hace más difícil avanzar. Desconozco si es un síndrome general, pero creo que en ese solitario oficio de escribir la incertidumbre es una presencia que siempre ronda el ambiente. No hay peor padecimiento que sentarse frente a un puñado de páginas escritas, redactar un párrafo, y luego volver sobre él para darse cuenta de que es una mierda y no vale la pena.

En ocasiones abro ese temido archivo de mi computador que dice “novela” sin tener mucho para decir. Entonces voy atrás y releo, cambio, borro. Algunas veces me convenzo de que me gusta y otras –la mayoría–, tengo la certeza de que es una cosa muy débil. Hay días en que sólo redacto un doloroso párrafo; semanas enteras en que no la abro y tan solo mirar su nombre me da miedo, y noches en que las páginas salen casi solas. Noches un tanto mejores. Tampoco sé si algún día esto tome forma, ni tengo una fecha definida, ni tampoco quiero imponérmela. Sólo sé que siempre, sin excepción, escribir es una labor jodida. Pero no sé qué otra cosa podría hacer.

El síndrome de la bragueta

Una buena lectora me lo dijo, cuando vio El Síndrome de Ulises encima de mi escritorio: “a esa novela le sobran como treinta polvos”. Creo que se quedó corta: apenas voy en la mitad y la verdad ya estoy un poco hastiado de tanto sexo. No me malinterpreten: en realidad lograr buenas descripciones de escenas eróticas es tan difícil como emocionante, pero hay una estrecha frontera entre lo que puede despertar algo y lo que se vuelve francamente vulgar y poco creíble. Un paréntesis: los mejores polvos que he leído –y si alguien conoce buenos, que se eche la cuñita–, están en El amante de Lady Chatterley, la bellísima novela de D.H. Lawrence.

Hablaba, pues, de la frontera entre lo erótico y lo exagerado. Y creo que a Santiago Gamboa, al menos en esta novela, se le va la mano. No sé si me lo imaginé pero creo haber leído antes, en alguna parte, sobre el muy manido, aburrido y trillado cliché de los “escritores de bragueta”. Ésos, sí, que en sus novelas se las comen a todas, que tienen vergas de no sé cuántos centímetros y que las mujeres les llueven como si fuera invierno.

Sé que Gamboa no es de ese estilo, porque he leído otras obras suyas, pero en esta novela se deja venir con todo: el protagonista, un aspirante a escritor que se va a vivir a París, tiene el misterioso don de seducir con una sola mirada a decenas de mujeres de distintas nacionalidades. Rumanas, iraníes, colombianas, francesas… todas caen rendidas ante su imponente falo que, para colmo, tiene un nombre. ¿Cómo les parece? En una escena memorable del libro, Paula, su amiga colombiana que sabe más de sexo que cualquiera, le dice que él no puede andar por la vida sin darle un apelativo a su miembro; entonces, luego de pensarlo unos segundos, el novel escritor decide ponerle Holofernes, en honor al general asirio que luchó bajo las órdenes de Nabucondosor. Desde entonces, el invencible Holofernes se yergue (literalmente) batalla tras batalla, tras batalla…

He estado a punto de dejarlo, lo confieso, pero una morbosa curiosidad por saber qué hay más allá me impulsa a continuar. Acabo de pasar un capítulo entero donde se describe una orgía increíble (pero no por lo buena sino por lo inverosímil), donde, luego de terminar, el narrador sale con esta perla: “…y de nuevo me vino la duda, ¿para qué diablos me vine a París? La respuesta cayó de la mente: porque quiero escribir y siempre creí, por influencia de tantos, que éste era el mejor lugar para hacerlo”. ¡Ufff, el viejísimo cliché del escritor muerto de hambre en París! Yo es que no sé qué le ven a redactar una novela en la ciudad luz, con el frío que hace en invierno, lo cara que es, y sobre todo lo cabrones que son los franceses.

Pero bueno, no seamos injustos: aparte del mucho sexo hay historias sobre emigrantes que se entretejen y se construyen bien; vidas distintas y llenas de mierda que tienen como punto de encuentro una ciudad que no es de nadie. Por ese lado, en verdad, me gusta; el problema es que después de tres páginas así se vienen quince con las proezas sexuales de Holofernes y… ¡ay, ay, ay… no me digás que te las comiste a todas!

En todo caso sigo, y creo que lo haré hasta el final.

¡Ay Manizales del alma!

Aquí está, señores y señoras, el fiel reflejo de mi bella ciudad: a nadie se le ocurre indignarse por, digamos, el larguísimo desfile de caballos, traquetos, silicona y mierda por la Avenida Santander en plena feria, pero sí por la realización de un evento blasfemo y vil como Expoerótica. ¿Que a Manizales va a entar el diablo? ¡Jamás! No suelo hacerlo, pero pego acá la columna de La Patria aparecida antier para que se hagan una idea; aunque supongo que, como yo, muchos ya se habrán tapado la cara de vergüenza con la noticia. O mejor: se habrán reído a carcajadas. Yo la verdad aún no dejo de hacer ambas.

***
¿Expoerótica? ¡Qué susto!

Que el arzobispo de Manizales, Fabio Betancur Tirado, se haya indignado por una nueva versión de la feria Expoerótica es algo que no debe extrañar a nadie. Al fin y al cabo ya lo había hecho dos años antes, cuando armó un bochinche de padre y señor mío por la realización de un evento que, según él, no era apropiado para la ciudad. Lo que sí debería llamar la atención es que este año el alcalde Juan Manuel Llano se sumara a la cruzada, y luego de cambiar las reglas de juego sólo para no entrar en desacuerdo con el prelado, haya terminado cancelando la actividad.

Escandalizados por una exposición que, según ellos, no estaba a la altura de la feria, la oficina del señor Llano movió cielo y tierra para buscarle el quiebre: primero le hicieron cambiar el nombre de Expoerótica por el feísimo eufemismo de "Feria del entretenimiento, la moda y la salud sexual"; luego la obligaron a variar el enfoque y prohibieron de manera tajante los shows eróticos; y, finalmente, ordenaron cerrarla porque encontraron un menor de edad trabajando en ella. Quizás con una sanción hubiera bastado, pero la Alcaldía no podía desaprovechar semejante 'papayazo' para quitarse de encima una cosa tan obscena y molesta, aunque hasta ayer seguía abierta.

Todo parece indicar que a este señor Llano le preocupa muchísimo que la ciudad se convierta en un burdel gigantesco y por eso pretende actuar como adalid de la moral y las buenas costumbres. La verdad sigo sin entender por qué la gente -y en especial algunas administraciones públicas- le tiene tanto miedo a palabras como erotismo, sexo o puta; o por qué se escandaliza la Iglesia cuando se habla del tema abiertamente, si no es ningún secreto que de puertas para adentro su institución está llena de ese tipo de historias.

Pero en realidad lo que más me sorprende es saber que tanto tiempo después de que la Iglesia y el Estado partieran cobijas -los gobiernos tardaron en darse cuenta de lo dañina que resulta la influencia de una institución tan arcaica y abusiva en el poder, pero lo hicieron-, en Manizales la Alcaldía siga pensando que este tipo de eventos no son "dignos". En realidad creo que la preocupación del alcalde por el qué dirán está de más, ya que ciudades tan importantes como París, Berlín y Barcelona tienen sus propios y gigantescos museos eróticos, y nadie con dos dedos de frente piensa que sean de moral dudosa. Bueno, perdón: de repente la Iglesia manizaleña esté convencida de que son una especie de infierno en la tierra, vaya uno a saber.

Lo triste del caso es que, en últimas, la que sale perdiendo es Manizales. Pierde porque refuerza esa imagen mojigata que con este tipo de acciones continúa cultivando; y pierde, también, porque una ciudad necesita gobernantes de mente abierta, que puedan darle ese aire cosmopolita del que tantos manizaleños se vanaglorian pero que es, a todas luces, falso. Mientras las acciones no digan lo contrario, seguimos siendo un pueblo de mente cerrada. Así a muchos les duela.

Lecturas de vacaciones

De la viajadera no queda sino el cansancio y –por fortuna– tiempo para leer en los trenes y aeropuertos. Así que este fin de año empaqué la maleta y metí dos libritos que les comentaré aquí, para hacer la cosa más sencilla y menos jarta. El primero, que me producía gran curiosidad, es El amanecer de un marido, los cuentos de Héctor Abad Faciolince que publicó editorial Planeta.

Debe ser difícil para un escritor salir con algo después de que un libro suyo haya tenido un éxito arrasador, como le sucedió a Abad con El olvido que seremos. Difícil, digo, porque tiene ya una cantidad de ojos encima, cientos de lectores voraces que esperan más de lo mismo y seguro se desilusionarán si ven que la cosa cambia. Así le habrá pasado a muchos, quizás, pero quienes hemos seguido a Héctor desde antes de que se convirtiera en Best seller, sabemos que estos cuentos conservan enterito su estilo.

Para ser justos debo decir que hay de todo: algunos buenos (como Alguien oculta algo); otros bonitos y nostálgicos (como Volver y Mantis religiosa) y otros francamente malos (como La Señorita Antioquia y El verbo divino). En cualquier caso, me sigue gustando esa inmersión que hace Abad en el fondo de las relaciones entre hombres y mujeres; por qué carajos nos enamoramos y por qué siempre eso que llaman amor resulta tan difícil. Por qué se acaba y por qué a veces jamás termina. Algunos cuentos están mejor que otros pero, igual, confieso que la pluma del antioqueño me sigue cautivando por lo amena y nada pretenciosa que resulta.

El otro libro que compré, atraído por el boom en que anda la literatura “joven” peruana, fue Pudor, de Santiago Roncagliolo. No sé si fue porque estaba delgadito o porque ya no tenía más, pero el caso es que lo leí hasta el final. Suena normal que uno lea un libro entero, claro, pero es que tienen que empezar éste para darse cuenta de lo que digo. La trama, para resumirles, está tejida con las diversas historias que le suceden a los miembros de una familia: sus problemas, miedos, soledades y esas cosas que a todos nos pasan siempre. La idea no está mal, pero, ¿qué hago? La prosa es aburrida y predecible. Además, dedica capítulos enteros a describir lo que siente… ¡el gato de la familia!

Ya había pasado por Abril Rojo y sé que Roncagliolo es un autor respetado en su país y en España, por eso le entré con confianza y expectativa. Pero para ser sinceros no me gustó nada. Lo único rescatable –aunque un poco obvia, lo sé– es esta frase que está casi al final: “los hombres hablan antes de hacer el amor, pensó. Las mujeres, después”. De resto, pocón pocón.

La tumba de Cortázar

Tengo la impresión de que París es una ciudad para gente que se toma muy en serio. Lo que tiene de imponente –sus edificios y emblemas– contrasta con la parquedad de su gente que, como bien se dice, resulta creída y aburrida. Quizás habría que vivir algún tiempo allí para corroborar o desmentir esa imagen de apenas unos días, pero en mi opinión una semana es suficiente para saber que es mejor conocerla y marcharse. Aunque a decir verdad es muy fácil enamorarse de sus calles llenas de árboles; del Sena bordeando la ciudad y de sus monumentos insignes y pomposos. Quizás todo eso lo entendió mejor Julio Cortázar, un amante de París, quien alguna vez escribió que la había elegido "porque no ser nadie en una ciudad que lo era todo era mil veces preferible a lo contrario".

Para ser sincero creo que no me gustaría vivir en un lugar tan solemne, así como tampoco me convenció Rayuela a pesar de la algarabía general por la historia de Horacio y la Maga. Sé que más de uno se sentirá indignado, pero en mi opinión no tiene la misma magia de sus textos cortos. En todo caso, era casi una obligación darse una pasada por el cementerio de Montparnasse para visitar la tumba del gran Cronopio, el argentino grandote de dedos largos y barba espesa que, como alguien dijo una vez, “se hizo querer de todos”. Una amiga de mi prima con quien viajábamos abrió los ojos como dos platos cuando le contamos nuestro plan y preguntó por qué no mejor visitábamos el cementerio de Pere Lachaise, donde están enterrados verdaderos famosos como Jim Morrison y Oscar Wilde. Quizás para ella visitar una tumba no es más que mirar una lápida de cemento con un nombre escrito encima.

El cementerio de Montparnasse no tiene nada de especial, en realidad. Es un lugar como cualquier otro: tumbas, lápidas, flores y recuerdos. El día que estuvimos no había nadie; nevaba y hacía un frío que se metía por los huesos. En la entrada, de primera y grandísima, está la tumba de Sartre y Simone de Beauvoir. Tiene esa aureola de grandeza francesa que es insoportable y por eso no me produjo nada. Luego de dar un par de vueltas, de meternos por los recovecos, encontramos, por fin, la de Cortázar. Tampoco es la gran cosa: una lápida blanca y pequeñita con su nombre inscrito en letras negras. En un extremo tiene una figura extraña, una especie de flor adornada al final con una carita sonriente. Más tarde me enteré de que es la representación de un Cronopio, pero me dio rabia pensar que tiene esa forma; el encanto de los Cronopios y las Famas es que son como cada uno quiere.

Encima de la tumba la gente escribe cosas; algunos le agradecen por haberles cambiado la vida, y otros –muchos– dicen que siempre lo recuerdan gracias a sus libros. Alguien dibujó con marcador el jueguito de la Rayuela. También hay flores, piedras pequeñas y, cosa curiosa, tiquetes del metro de París. Me quedé un buen rato mirando la piedra; por las calles del cementerio caminaba una pareja y el frío se hacía cada vez más intenso. Entonces llegaron a mi mente, vagos, algunos personajes de sus cuentos. Me levanté para irme. Quise dejarle algo de recuerdo, pero cuando busqué en los bolsillos me di cuenta de que no tenía nada. Di media vuelta y caminé. Estaba contento.