Colombia

No tuve necesidad de llegar a Colombia para sentirme en casa: bastó montarme al avión en el aeropuerto de Barajas para darme cuenta de que ya estaba entre los míos. Y lo digo porque las dos horas de retraso que sufrimos dentro del aparato se debieron a que, según dijo el capitán, hubo varios compatriotas que se negaron a apagar los celulares a pesar de las múltiples advertencias de interferencia que causaban los teléfonos en el sistema. Así que, acomodados en las sillas mientras los minutos pasaban y afuera caían unas goticas mínimas –casi imperceptibles–, mis compatriotas comenzaron a hacer lo que mejor saben: socializar. Colombiano que se respete no puede quedarse callado o quieto en una silla leyéndose un libro; hay que hacer amigos.

Desesperado por la demora, un caleño que estaba adelante mío dijo, medio en serio medio en broma, que iba a sacar una botellita de whisky para la espera; de inmediato dos paisas que estaban a su lado abrieron los ojos como platos, y entre chistes y burlas por la “interferencia”, una señora sacó vasos y una botella de agua. Se sirvieron, riéndose, y luego se empujaron el primer trago animados por las palabras de uno de los paisas: “brindo por conocerlos y por vivir en el país más chimba del mundo”. La alegría no les duró demasiado porque uno de los azafatos, visiblemente molesto, tuvo que decomisarles el trago. Ellos continuaron riéndose.

Y así fue la cosa: diez horas y mucha turbulencia después aterricé en el aeropuerto El Dorado. Ahora han pasado cuatro días y, luego de varias botellas de Antioqueño, muchas risas y varios abrazos, puedo decir que me siento contento. Es como si el tiempo no hubiera pasado: vuelvo a recorrer los lugares que dejé y compruebo que siguen siendo los mismos. Aún es temprano pero por ahora me gusta estar de vuelta; me agrada, sobre todo, encontrarme otra vez con cosas y personas que necesitaba. Ya tendré tiempo de volver a organizar la rutina; por ahora, feliz fin de año a los que todavía se pasen por acá. Volveremos a leernos.

Regreso

“Qué importa, qué más da: recuerdos son recuerdos, llamitas moribundas que ya apagará el olvido. En la mísera trama de la vida tejida de deleznables instantes, ¿qué es un instante entre millones, además?
Fernando Vallejo


Decir adiós siempre duele. Algo se queda en el lugar que dejamos; algo que esperamos volver a encontrar un día aunque sepamos que en el futuro todo será diferente. Hay una parte nuestra que no se va: un recuerdo, una imagen, un momento.

Un año, un mes y casi veintidós días después llega el adiós; volver, como dice el tango, bajo el burlón mirar de las estrellas. Decir adiós a lugares, a personas, a una tierra que me deja tantas cosas. No soy –no puedo ser– la misma persona que llegó hace tiempo. Es difícil mirar atrás y pensar que todo ha pasado tan rápido; al otro lado me espera, de nuevo, la vieja realidad.

¿Qué me queda?

Momentos inolvidables, amigos entrañables.

Y quedan, sobre todo, recuerdos.

Recuerdos. Frágiles instantes de la memoria que alguna vez nos hicieron felices. O algo parecido. A todos los que quedan y los que ya no están, los que quizás me demore en volver a ver, a los que han hecho parte de este capítulo que ahora se cierra, les deseo que soplen buenos vientos. Hasta que el destino nos vuelva a poner en el camino.

A España, esta tierra árida y cálida, a sus cañas y sus jamones, a sus trenes, a sus gritos, sus copas y sus olivos, sin duda echaré de menos.

Adiós Madrid. Adiós España.

Adiós.

Nicolás Castro, ¿víctima o villano?

La implacable reacción de la justicia en el caso de Nicolás Castro, el joven que creó un grupo de Facebook donde se comprometía a matar al hijo del presidente Uribe, deja un mal sabor en la boca de muchos colombianos: capturado como un peligroso delincuente, el ingenuo estudiante enfrenta ahora un proceso que podrá llevarlo varios años a la cárcel. Algo que, seguro, estaba lejos de imaginar cuando se le ocurrió promover la idea en la popular red social.

Pero deja un mal sabor de boca, decía, porque más allá del hecho en sí -que es totalmente reprochable-, a muchos nos queda la sensación de que la Policía actuó de tal modo porque el afectado es el hijo del presidente. De lo contrario, ¿por qué no se ha hecho lo mismo con las decenas de grupos que, como denunció la propia senadora Piedad Córdoba, se han creado en la red social instando a asesinarla? Difícil dejar de pensar en que la justicia actuó en este caso con más presteza movida por una razón específica.

Y aunque la reacción es sin duda exagerada, el caso de Castro sienta un precedente sobre las opiniones que emitimos en Internet. Convertida en el paraíso del anonimato, la red se ha transformado en un inmenso muladar donde los cibernautas desahogan sus frustraciones convencidos de que no les sucederá nada. Puede que, como dicen, “del dicho al hecho haya mucho trecho” y que Castro no tuviera ni la más remota intención de atentar contra la vida de Jerónimo Uribe, pero al crear un grupo así, pésele a quien le pese, está instando a cometer un delito.

Si bien la situación de Castro ha llegado a extremos, no estoy de acuerdo con utilizar -otra vez, sí- el argumento de la libertad de expresión para defender su causa, como lo hace un grupo de Facebook que -otra vez, sí-, se creó para promover una marcha. Vilipendiado y manoseado durante años, el término sirve ahora para justificar casi cualquier acción, sin tener en cuenta una verdad tan obvia que se cae de su propio peso: la palabra es un arma poderosa y las cosas que decimos tienen consecuencias. Uno no puede escudarse detrás de la libertad de expresión para escribir que se compromete a matar a alguien y luego pretender no responder por ello.

En cualquier caso, no parece muy justo que a este joven le caiga todo el peso de la ley cuando allá afuera hay verdaderos delincuentes, asesinos sin escrúpulos que han cometido verdaderas barbaridades. Castro no es más que un estudiante con rabia e impotencia que, por desgracia, enfocó mal su ira. De todas maneras, el hecho debe servir para que, a pesar del aparente anonimato, la gente se dé cuenta de que decir lo primero que se le viene a la cabeza en Internet puede -y sobre todo, debe- tener consecuencias. Es necesario asumir responsabilidad y evitar escribir cosas que, por lo demás, no pueden refugiarse bajo el escudo protector de la libertad de expresión. Contrario a lo que muchos creen, no todo cabe bajo el mancillado término.

Publicado en La Patria (Diciembre 9, 2009).

América para los americanos

El insomnio de Bolívar.
Jorge Volpi
Debate

¿Qué significa ser latinoamericano? ¿Cuáles son los elementos comunes –si lo hay– que nos unen como ciudadanos de un mismo continente? ¿Por qué sabemos tan poco y nos interesan todavía menos nuestros vecinos?

Preguntas como éstas son el punto de partida del libro “El insomnio de Bolívar”, una serie de ensayos con que el mexicano Jorge Volpi acaba de ganar el premio “Debate-Casa de América”. Un libro ameno, ágil y lleno de humor que arranca con mucha fuerza pero que al final va perdiendo impulso. En el intermedio, sin embargo, deja valiosas reflexiones sobre el pasado, presente y futuro de nuestras divididas naciones.

Dice Volpi, para empezar, que fue en España donde se dio cuenta de lo que significa ser latinoamericano. Justo allí, cuando se vio en la necesidad de reivindicar ante sus compañeros españoles a un continente generalmente olvidado y menospreciado, pensó por primera vez lo poco que en nuestros propios países conocemos de los vecinos. (Aquí un paréntesis: es increíble que Europa, separada por barreras lingüísticas y culturales casi infranqueables, haya logrado unirse, mientras que América con el mismo idioma –salvo la excepción del “impávido coloso” que es Brasil– y creencias no tan disímiles, continúe, doscientos años después de las independencias, mirando cada vez más para distintos lados).

Un ameno recorrido por el pasado y presente de nuestros países –punto a favor: la prosa es ágil y el libro está desprovisto de esas citas eruditas con que los ensayistas nos demuestran lo mucho que han leído–, nos permite ver un poco la luz: gobiernos actuales que, disfrazados bajo la etiqueta de “democracia”, son casi el reencauche de las dictaduras que proliferaron en la segunda mitad del siglo XX; peligrosos nacionalismos que nos identifican como naciones (“¿Qué significa ser chileno? Básicamente, no ser peruano. ¿Y salvadoreño? Básicamente, no ser nicaragüense. ¿Y venezolano? Básicamente, no ser colombiano”); y puntos comunes como el cansancio del mecenazgo estadounidense, son algunos de los elementos que nos identifican.

Volpi aborda, también, el fracaso de la guerra contra las drogas y el auge de la “cultura narco”; la ausencia de los compromisos por parte de los escritores actuales quienes, a diferencia de los narradores del Boom, son políticamente escépticos; las enormes desigualdades económicas de un continente lleno de contrastes –demasiados pobres y un grupo selecto de millonarios–; y la forma como, según él, América Latina en realidad no existe.

“El insomnio de Bolívar” está lleno de frases valiosas (“Se conforma la previsión de los escépticos: la democracia no garantiza el bienestar ni la felicidad”. “Paradoja latinoamericana: por un lado, la hipócrita veneración de las leyes escritas y, de otro, el burdo desprecio hacia su práctica”), pese a que el aparte dedicado a la literatura suena, más bien, como un pago de favores a sus amigos. Salvo esta pequeña excepción –y la desmedida adoración al personaje de Roberto Bolaño–, el libro vale la pena.

Que sea pues el propio Volpi quien, a manera de conclusión, cierre el comentario. Ah, y en cualquier caso lean el libro, pues, seguro, muchas de estas ideas apenas quedan aquí esbozadas a medias: “Tal vez la mejor manera de celebrar nuestras independencias, es decir, los dolorosos procesos que convencieron a los distintos pueblos latinoamericanos de aislarse unos de otros, sea renunciando de una vez por todas a esas convicciones patrióticas, a los himnos y las banderas, a los odios y las exclusiones, a las caducas ideas de soberanía, para entrar en un mundo nuevo, en una era donde la pertenencia a un solo país no sea crucial y donde sea posible articular una ciudadanía –y una identidad– más amplia”.

El Caribe en Madrid II

En vista del auge de anónimos que tuvo la entrada sobre "El Caribe en Madrid" —muchos de los cuales, según dicen, estuvieron en la charla de Fiorillo—, le pedí el favor a mi estimado Iván, amigo y colega, que escribiera su versión de los hechos. Y todo porque, leyendo los comentarios, cualquiera pensaría que hubo dos charlas distintas. Así que aquí va un breve texto de este "cuate" para seguir aumentando la polémica entre el club de fans del baranquillero.

***

¿Polémica?
Por Iván Hernández

http://lasaladeinterrogatorios.blogspot.com/


El “despistado” mexicano de marras —como alguien me llama en los comentarios— que estuvo esa noche en la Casa de América soy yo. Mis datos están disponibles para quien los quiera: Iván Hernández, mexicano, 32 años, reportero.

Para resumir, esa noche fui a conocer a dos narradores colombianos que desconocía y lo que vi fue a dos autores y a un presentador que ninguneaba a Sánchez Baute y elogiaba a Efraim. Vi a un presentador que confundía la ironía con el sarcasmo y las presentaciones públicas con sus fiestas particulares.

Los que responden a la versión del autor de MATAMOSCAS, (que es mi amigo, vaya por delante, y en caso de que eso ayude para descalificarme) diciendo que ellos estuvieron allí y se defienden respondiendo que los hoy citados “tienen mucho éxito”, le hacen un flaco favor a sus defendidos, porque utilizan argumentos extraliterarios como el éxito para sacarlos a flote. Si el éxito fuera una cualidad literaria, entonces podríamos meter en el mismo cajón a Dan Brown, Og Mandino, o el autor de Quien se robó mi queso, que ha vendido millones de libros en todo el mundo.

Algunos ejemplos de lo anterior:

Entre los anónimos florecen frases como las siguientes: “Fiorillo prepara sus presentación, “el tipo es un triunfador”, “No creo que un escritor tenga éxito internacional y sea traducido a varios idiomas por casualidad. Me pregunto quienes son ustedes, que representan. La envidia mata más personas que el cáncer”. “Averigüen primero antes de echar pestes sobre alguien. Revisen la hoja de vida de Fiorillo. Por encima, ha obtenido más de una docena de premios en periodismo, cine y televisión; tres películas y ocho libros escritos”.

El resto de los no argumentos son la descalificación directa, la amenaza y la revelación de que son ellos quienes poseen la verdad absoluta.

Ah, y se me olvidaba, en otros de los comentarios preguntan que quién es el autor del blog para criticar. Esa es una respuesta típica de los soberbios. En cualquier caso, creo que ningún premio Nobel ha respondido todavía a la discusión.

Les deseo a los fervorosos seguidores de Fiorillo, o de los autores, que en ocasiones futuras presenten mejores argumentos para defenderlos. Por ahora, no veo polémica alguna, veo escupitajos y pudores ofendidos y por lo tanto no queda nada qué decir.

Frase suelta



“Después de todos los lujos, de los viajes de la imaginación y del deseo tenemos que regresar a lo que nos rodea. La realidad es la resignación. Nos vemos obligados a darnos cuenta de que nuestra soledad esencial es esa realidad. Tenemos que hacer el empinado camino de vuelta de nuestros viajes imaginarios, enfrentarnos al hecho masivo de que tenemos una familia y que tenemos a una pareja que nos han sido dados por un azar de la voluntad (…) Y nuestra tragedia no es comprobar que hemos dejado de amar o de querer a esa persona, sino que detrás de las amarguras la seguimos queriendo sin comprenderlo, con la pasión resignada de la costumbre. Porque sabemos que todas las ilusiones que nos rodean son espejos deformes. No somos sino esa pareja a la que juramos fidelidad. No es que esa pareja sea una buena compañía. Es que envejecer significa darse cuenta de que no hay nadie que sería mejor que ella. Esto de la soledad es clave en ese tema, la jaula dentro de la cual tenemos que caminar como un animal manso y feroz, topándonos siempre con nuestro espejo”.

Alonso Cueto
La hora azul

Agassi


Hubiera sido más fácil, Andre. No hubiera supuesto mucho que, al igual que la mayoría de los grandes deportistas, tu silencioso retiro te hiciera permanecer en la memoria como una leyenda. Muchos recordarían, sin duda, aquella tarde de 2006 cuando el Arthur Ashe Stadium, en Nueva York, se paró a ovacionarte después de que un desconocido B. Becker (Benjamin, no el mítico Boris) te derrotara en tercera ronda del U.S Open, ese Grand Slam que ganaste en 1994 y 1999. Quedaría en el recuerdo la imagen del último punto –un terrible “ace”– que obligó al alemán a llevarse las manos al rostro y revelar, sin palabras, la vergüenza que sentía por haber despedido así a uno de los tenistas más grandes de la historia.

Quizás recordarían otra vez tus lágrimas, la voz entrecortada, los aplausos de un público que no quería perderte. Y si el silencio se hubiera prolongado, Andre, irían más atrás –mucho más– hasta ver de nuevo la imagen de un tenista de gorra, pelo largo y aretes que, desafiando la rigidez del pulcro “deporte blanco” a principios de los noventa, se presentaba en la cancha con zapatillas y ropa de colores.

Te verían llevándote los trofeos de tus ocho Grand Slams, la medalla olímpica, los grandes partidos contra el inmenso Pete Sampras y volverían a ser testigos de tu caída. Cómo olvidarlo: fue en 1997, el mismo año en que te casaste con la bellísima Brooke Shields cuando, por culpa de la presión y las drogas –como ahora lo sabemos–, bajaste al ranking 141 de la Asociación. Pero saliste, Andre. Regresaste a las canchas y, en contra de los que daban por terminada tu carrera, volviste a estar entre los diez primeros.

Todo eso pasaría, Agassi, si no hubieras hablado; si, como el resto, hubieras elegido el plácido cielo del elogio. Pero ayer apareció “Open”, una especie de autobiografía escrita por el periodista J.R. Moehringer –ganador del Pulitzer en el 2000– en la que, en un acto de confesión brutal, revelas decenas de verdades dolorosas: que odiabas el tenis, que detestabas la competición, que jugaste por la presión que te puso tu padre y que el mismo año de tu caída te dopaste con metanfetamina bajo la complicidad silenciosa de la ATP.

Quizás, para muchos, has destruido tu imagen de héroe. Ya algunos tenistas lo han dicho: Safin, Nadal, Becker. ¿Pero qué saben ellos? Hay que tener valor para revelar la verdad cuando todo podría ser tan perfecto; agallas para decir en voz alta: “miren, este es el verdadero Agassi, alguien que no es como creen. Un hombre que comete errores y se atormenta".

Ésa es la madera de los verdaderos campeones.


Una renuncia

Dos cosas me pusieron a pensar esta semana sobre el vicio de leer y el oficio de escribir. La primera fue una visita, por cuestiones de trabajo, al lujoso hotel Ritz de Madrid, donde se presentaron los ganadores del premio Planeta. Mientras escuchaba a Juan José Millás desbordarse en elogios hacia la ganadora, Ángeles Caso, no pude evitar preguntarme en qué momento la literatura se convirtió en un desfile de estrellas: el lujoso salón de estilo barroco, con una imponente lámpara de cristal en el medio, acogió decenas de personajes vestidos de gala en algo tan planeado y riguroso que no parecía la simple presentación de un libro.

La otra –sobre a lectura– tiene que ver con un comentario que apareció hace unos días en la página de Libélula, en respuesta a una pequeña reseña que hice sobre un libro de John Fante. El cruce de opiniones me hizo recordar algo que siempre he creído: el deber ser de la lectura, más allá de sus efectos secundarios, consiste en proporcionarnos un secreto placer que no se sustituye con nada. Por eso huyo de esas pequeñas cofradías que, creyéndose dueñas de la verdad, canonizan a ciertos autores y se dedican a señalar como impíos a quienes leen cosas que, para ellos, resultan “menores”. Vuelvo a decir lo que alguna vez escribí en ese boletín: que la gente lea lo que quiera, desde Cohelo hasta Thomas Bernhard, pasando, sí, por Ángela Becerra. Mejor que eso a que nunca abran las páginas de un libro.

Como una cosa lleva a la otra, volví sobre los antiguos boletines de la librería y revisé, algunas con más detenimiento que otras, las reseñas de sus colaboradores. Y entonces aterricé en el número 44, el de los siete años del lugar. Allí, en medio de tantas personas que sentían ese espacio como propio (“La mejor definición de patria es: biblioteca”, escribe Canetti), hay un mensaje mío. Un mensaje que trata de ser cálido pero que no logra acercarse a los otros por una razón muy sencilla, que vuelvo a pensar ahora: desde que conozco la librería, apenas la he pisado un par de veces. Y tal vez ni siquiera sea por la ausencia, pues he estado en Manizales durante largas temporadas; quizás sea sencillamente por ese deseo de huirle a cualquier encasillamiento de la literatura.

Le agradezco a Pablo Felipe por abrirme las puertas de ese cálido boletín durante tanto tiempo pero creo que debo dejarlo. Quizás me equivoque y la visión que tengo sea errada. Es muy probable: los prejuicios se basan, generalmente, en el desconocimiento. En cualquier caso, creo que no es honesto escribir en un lugar donde no termino de entrar, y por eso mejor dejar ese espacio a alguien que de verdad lo sienta. Seguiré viéndolo, claro, y quizás más temprano que tarde visite la librería una de esas tardes en las que, según leo, se reúnen para conversar entre cafés y libros.

El Caribe en Madrid


La Casa de América está ubicada en pleno centro de Madrid, diagonal al antiguo edificio de correos y justo al frente de la estatua de la diosa frigia Cibeles. Un punto privilegiado donde se reúnen escritores y artistas que cruzan el charco para mostrar su producción en este país. A finales de octubre el turno fue para Colombia; la embajada convocó a un pintoresco evento llamado “El Caribe a Madrid”, en el cual, durante cinco días, los españoles pudieron ver un trozo de la cultura costeña. El programa se cerró el viernes 23 de octubre con lo que se había anunciado como una charla entre el periodista y escritor Heriberto Fiorillo y “dos de las nuevas voces de la narrativa colombiana”: Efraim Medina Reyes y Alonso Sánchez Baute.

Invité a un buen amigo mexicano a que fuéramos a verlos, a pesar de que no había leído a ninguno. Aceptó sin estar muy convencido.

El evento empezó tarde. Sánchez Baute llegó primero a la Casa de América con algunos ejemplares de sus libros bajo el brazo y tras él Efraim Medina, embutido en unos pantalones blancos y con zapatos de punta del mismo color, empujaba el cochecito de su hija. El corpulento Fiorillo iba junto a Medina y sonreía detrás de sus gafas oscuras.

Noté que algo iba mal desde el momento en que se ubicaron en la mesa: Fiorillo –en el medio– y Efraim –a la izquierda– estaban sentados muy juntos; a la derecha, un poco marginado, quedó el escritor de Valledupar. De inmediato ambos “compadres” (“Efra es mi compa”, dijo Fiorillo cuando lo presentó) sacaron dos pequeños portátiles Mac y se sumergieron en ellos mientras un señor muy bogotano de la embajada decía las palabras de protocolo.

Y empezó la charla, o al menos eso creímos. Fiorillo, quien reconoció que no había preparado nada, le dijo a Efraim que leyera, mientras ignoraba sin remordimiento a Sánchez Baute. Medina leyó el fragmento de un cuento de Cinema árbol y luego el periodista se volteó sin muchas ganas y le dio la misma orden a Baute. Cuando ambos terminaron de leer, el ilustre barranquillero comenzó con las improvisaciones: “¿Qué es para ti la literatura?”, le preguntó a Sánchez Baute, y luego, para rematar, le dijo que por favor le aclarara al público si “existía eso de la literatura colombiana”.

Sánchez Baute –un tipo lúcido y sin pretensiones– sacó una buena respuesta que se extendió más de lo que Fiorillo estaba dispuesto a digerir, y así se lo hizo saber cuando terminó: “Ahora responde la segunda –le dijo, riéndose– pero no vayas a explayarte igual que en ésta”. Atónito, Sánchez Baute sólo alcanzó a responder: “pues entonces no me preguntes, marica”.

Cada que terminaba de hacerle las preguntas, Fiorillo se sumergía en su portátil o, peor aún, le decía algo al oído a Efraim y se reía. No pude evitar pensar que se estaba burlando en la cara de Sánchez Baute y me dieron ganas de que el escritor se parara de ahí y se fuera. Pero no pasó; por el contrario, tuvimos que tragarnos una nueva versión de un Medina que ya parece incómodo dentro de la etiqueta de chico malo que le han endilgado. Supongo que a Efraim la paternidad lo ha afectado –y mucho– porque estuvo leyendo un fragmento de su nueva obra llamada “El mecanismo”, una especie de diatriba anti globalización que dejaba a Obama como el gran salvador de una raza estúpida imbuida en la publicidad y el comercio. Un momento: ¿Efraim Medina cambiando las vergas por el nuevo Nobel de la paz?

El clímax de la reunión llegó cuando mi amigo levantó la mano para preguntar. Dijo que la charla estaba muy bien pero que si no habían considerado buscar una manera más amable de presentarles a los lectores españoles, tan desconocedores de lo que se escribe allá, la obra de estos dos escritores.

Sarcástico, Fiorillo sonrió y le respondió: “si quiere pídales que lean más, para que usted quede satisfecho”. Ahí fue Troya: mi amigo le recriminó su actitud pedante y displicente y de inmediato casi todo el auditorio, lleno de colombianos, se fue contra él. La cosa se diluyó cuando una mujer, supongo que de la logística del evento, pidió que nos calmáramos, “que allí íbamos a pasarla chévere”.

Cuando la charla terminó salimos pensando en que, quizás, a don Heriberto no le quedó tiempo para ocuparse de prepararla después de una caminada por la Gran Vía y un almuerzo con paella acompañado de buen vino. Es que pasear siempre es muy sabroso, y más si uno va invitado.

Curiosos hábitos

La fundación Germán Sánchez Rupérez publicó a finales de octubre un estudio sobre los hábitos de lectura de los inmigrantes en España. El trabajo buscaba analizar la percepción que tienen los habitantes extranjeros sobre el oficio de leer y, para ello, estudiaron un colectivo de rumanos, búlgaros, ucranianos, chinos, marroquíes, ecuatorianos, peruanos, bolivianos y –cómo no–, colombianos. Los resultados son sorprendentes. O tal vez no. En cualquier caso, leyendo un par de ellos recordé la brillante definición de “Vicio” que hace algún tiempo publicó Pablo Arango en El Malpensante. Acá van algunas de las conclusiones:

- “La mayoría de los inmigrantes considera leer una pérdida de tiempo, pero quieren que sus hijos lean y le dan una gran importancia a la lectura como medio para ampliar conocimientos”.

- "La gran barrera que aducen para no leer es la misma que para los españoles: no tengo tiempo”.

- “Otros obstáculos son el idioma, el precio de los libros, la falta de hábito de acudir a la red de lectura pública -en muchos de sus países no existe- y un desconocimiento bastante profundo de las letras españolas”.

- “..aunque los hábitos lectores son prácticamente nulos, se ha comprobado que los iberoamericanos solicitan más los "best-sellers"; las mujeres iberoamericanas y marroquíes prefieren lecturas prácticas, como bricolaje o cocina, y los marroquíes, libros religiosos”.

- “De todos ellos, sólo las niñas chinas dan absoluta prioridad a la lectura en su tiempo de ocio; el resto, ni lo nombra. Prefieren pasear e ir al parque, ver televisión o comunicarse con sus familiares en el extranjero”.

Y para finalizar, la gran perla:

- “Para los inmigrantes que han participado en el estudio, leer no es vivir; incluso conlleva graves perjuicios de salud, porque ocupa tiempo que se podría dedicar a pasear al aire libre y perjudica a los ojos; no se hacen amigos leyendo y es un ocio lujoso".

El corazón es un cazador solitario

Esta estúpenda novela de Carson McCullers, que escribió cuando apenas tenía veintitrés años (carajo: ¿cómo lo hizo?), ha sido un feliz descubrimiento en mi vida de lector. Tenía ganas de leerla desde hacía un buen rato y, cuando al fin la vi, temí que me sucediera lo que suele pasar cuando uno llega a algo con muchas expectativas. Pero no fue así: la historia de varios personajes marginales que tienen en común el inmenso vacío de la soledad, agarra al lector desde el principio y lo suelta, con rabia, en el triste desenlace de cada uno.

El gran mérito de esta hermosa novela es que los personajes son tan reales que no pueden quedarse sólo en la ficción. Existen. Si bien el destino de todos gira en torno a un sordomudo llamado Jhon Singer ―situémonos: el lugar es un pequeño pueblo de los Estados Unidos, en los años treinta―, cada uno de ellos está tan bien construido que se hace inolvidable. McCullers tiene una enorme capacidad de pintar como son, en general, la mayoría de los seres humanos: con sus vacíos, miedos, soledades y contradicciones.

Y aunque para muchos Singer es el gran protagonista de esta obra, el personaje que a mí más me conmovió fue el doctor Copeland, un viejo médico de raza negra a quien le hierve la sangre al ver la mansedumbre con que los suyos le agachan la cabeza a los blancos. La escena en la que pronuncia un enardecido discurso de emancipación durante una cena de navidad es memorable, sobre todo porque, al final, todo se va al traste por culpa de la sumisión y las creencias religiosas de los demás negros.

Pero todos, en general, son personajes reales, de carne y hueso: Jake Blount, el borracho que reivindica los derechos de los trabajadores; Biff Branon, el dueño del restaurante; y, por supuesto, la pequeña e incomprendida Mick. Todos ellos encuentran en Singer un amigo que creen íntimo, hasta que el impredecible final del sordomudo los deja, como se dice, con los crespos hechos. Lo bonito del personaje ―y la razón por la que lo creen tan amigo― radica, precisamente, en su limitación física. Lo único que eso demuestra es una realidad tan cínica como verdadera: todos queremos que nos escuchen, pero a pocos nos interesa oír.

Hay que leer esta obra tan bonita. Hay que leerla.

Yo critico, tú criticas...


La última entrega del boletín de Libélula* trae un artículo titulado “Nuestra mayor crítica consiste apenas en el silencio” que firma Pablo Felipe Arango, dueño de la librería. El texto vuelve sobre la polémica entre Arcadia y El Malpensante por cuenta de la entrevista que hace unos meses le hicieron a Harold Alvarado Tenorio, en la que el marginal poeta se dedica a despotricar de todo y contra todos hasta no dejar la cabeza de nadie en su sitio. Para los que no se han enterado de la trifulca dejo los enlaces, si tienen tiempo y ganas de controversia.

Volvamos. Dice PFA en el boletín que “No es necesario entrar en la discusión pues ya se bastan ellos para provocarse, pero vale meter basa para advertir que el mundo literario en Colombia merece más color, más provocación, más controversia, menos unanimismo, seguimos en el mismo estado de autoelogios, gestando escritores a veces con oficio pero siempre insípidos, y cuando más, llorones pretensiosos que suponen insuperable la capacidad de juntar de manera coherente más de tres frases. Nuestra mayor crítica consiste apenas en el silencio”. Y más adelante: “Alvarado Tenorio podrá ser un provocador que da golpes bajos, pero el establecimiento literario y editorial no se encumbra para mucho más. Un poco de humor y mala leche no pueden ser mal vistos en medio de tanto gris y tanta tristeza”.

Perdonarán, pues, pero quisiera meter la cucharada. Lo digo porque en este caso don Pablo Felipe mezcla peras con manzanas: después de todo, no es lo mismo la “mala leche” que el triste y repetido lugar común del “me cago en todo”. Una situación curiosa porque en el mismo texto da ejemplos de columnistas que, si bien tienen mala leche, van más allá de la descalificación per se (como Nicolás Morales Thomas). Y aunque puede tener razón en eso de que el mundo literario requiere más color y menos unanimismo, hay que tener cuidado en la forma en que se hace. ¿Tirar golpes a diestra y siniestra porque nos da la gana no nos convierte, al final, en simples bufones?

Lo triste del caso es que la fórmula del “me cago en todo” se utiliza cada vez con mayor frecuencia. Uno tiene derecho a pensar lo que le dé la gana, pero cuando va a volverlo público lo mínimo que se exige es un poco de coherencia. ¿O en qué se basa Efraim Medina –por citar sólo un ejemplo– para decir que García Márquez es un “papagayo disecado”? Y por favor, señores, no mezclemos las cosas: otros se escudan en el supuesto sentido del humor para machar a los mismos personajes con chistes repetidos y de mal gusto. ¿Humor eso?

Echarle el agua sucia a otro es de lo más sencillo. Decir “este es un pendejo” porque yo lo digo es facilísimo y quien escribe suele quedar como un rebelde sin causa. ¡Qué va! A mí me encanta la mala leche, pero desconfío de los que desdicen de todo sin argumentos. Y eso es lo que hacen Alvarado Tenorio y muchos más: dar alaridos, berridos, creerse los malos sólo para llamar la atención. Critiquen lo que quieran –y más si algo no les gusta–, pónganle toda la mala leche del mundo, sacudan el correcto y aburrido mundillo intelectual, pero que sea, por favor, de manera inteligente. Y eso ya es más difícil.

*Si alguien quiere el boletín y no lo tiene, déjeme su correo electrónico y se lo hago llegar.

El caso Claudia López

Dos días después de que El Tiempo empleara un eufemismo para despedir a la columnista Claudia López por cuenta de su columna Reflexiones sobre un escándalo, he tratado de comprender bien el asunto y ver lo que éste deja. Aquí van algunas conclusiones:

1. El público no es pendejo ni traga entero. El editorial con que el periódico explicó ayer las razones de su abrupta –y a mi juicio equivocada– decisión, no convenció a la mayoría de los más de mil usuarios que dejaron mensajes en la página. La gente se dio cuenta de que la justificación no responde a las acusaciones de la periodista, sino que se dedica a defenderse con retórica: “Haber respondido con el silencio, o una imposible actitud flexible, equivaldría a aceptar como verdaderas, afirmaciones que son a la vez mentirosas y temerarias”. “Por otra parte, sabemos que el protagonismo público de algunos miembros de la familia Santos -accionistas minoritarios de la Casa Editorial EL TIEMPO- o los intereses legítimos que sobre el tercer canal de televisión tiene el socio mayoritario -el Grupo Planeta- son utilizados para construir absurdas interpretaciones sobre las noticias que publicamos. Algunas son fruto de las suspicacias exageradas, tan propias de la idiosincrasia nacional. Otras son producto de malas intenciones y de intereses empeñados en hacer daño”.

2. Los comentarios evidencian que la credibilidad del periódico queda, en este caso, muy mal parada. ¿No va a ser extraño ver ahora al señor Enrique Santos hablando de libertad de prensa desde la SIP?

3. Comprendo que a nadie le gusta que lo vapuleen en la esfera pública –y menos que desde adentro le “pateen la lonchera”–, pero el periodismo de opinión consiste, precisamente, en pensar, analizar y cuestionar a los elementos de poder que no funcionen de manera idónea. ¿Y quién dice que en ese costal no pueda estar incluida la “casa” de la columnista?

4. He releído varias veces la columna de López y no encuentro “afirmaciones mentirosas y temerarias”; lo que veo es una interpretación de los hechos que puede o no ser válida –el criterio de cada lector permitirá determinarlo–, y que, en mi opinión, debió haberse manejado con más cautela. Un debate ideológico hubiera sido mucho más provechoso que esa riesgosa decisión. Después de todo parece como si estuvieran lanzando el mismo mensaje de Uribe: “el que no está conmigo, está contra mí”.

5. ¿Cuáles de los demás columnistas de El Tiempo serán capaces de abordar el tema después de esta “amenaza camuflada”? Hasta ahora, ninguno; hoy en El Espectador escriben María Teresa Herrán, Rodolfo Arango y ayer una muy lúcida reflexión de Cecilia Orozco, quien fuera defensora del lector del diario de los Santos.

6. En ese bellísimo libro que es El olvido que seremos, Héctor Abad dice: “(…) hay un único motivo por el que vale la pena conseguir algún dinero: para poder conservar y defender a toda costa la independencia mental, sin que nadie nos pueda someter a un chantaje laboral que nos impide ser lo que somos”. Conservar esa independencia mental es algo que cuesta, sobre todo en el ámbito periodístico. Y para lograrla hay que pasar por estos trámites. Por desgracia en Colombia no es la primera vez que sucede –Pascual Gaviria pasó hace poco por algo parecido con El Colombiano– y seguramente no será la última.

Un pañuelo

Acompañé a un amigo a entrevistar al escritor mexicano Yuri Herrera. Hace algunos meses devoré su primera novela, Trabajos del reino, una tarde de sábado con apenas un par de paradas para ir al baño. Yuri presentó el martes su segunda obra, Señales que precederán al fin del mundo, que publica también con Periférica, una editorial de libritos muy bien cuidados, pequeños y bonitos. No alcancé a leerla porque la invitación fue casi sobre el tiempo, pero en todo caso nos fuimos.

Yuri se está quedando en la nueva sede de la editorial, la quinta planta de un edificio de ladrillos, ni muy viejo ni muy moderno, como suelen ser muchas de las construcciones que hay en Madrid. Llegamos como a las cuatro y nos recibió una mujer joven, de ojos azules; al lado de la puerta estaba Herrera. Llevaba una camiseta blanca, jeans, zapatos cafés y unas gafas de marco grueso; con maneras amables y hablar pausado nos hizo pasar a una habitación que sólo tenía un sofá rojo.

Hablamos más de una hora. La entrevista con lo que dijo la colgará en los próximos días mi amigo en La sala de interrogatorios, un blog por el que los invito a pasar. Preguntas formales aparte, Herrera me dejó la impresión de ser un tipo sencillo, cordial, que a pesar del éxito no se come el cuento del escritor vedette. Más que una entrevista fue una charla muy sabrosa en la que habló de su obra, de escribir y de los escritores de su generación, si es que tal cosa existe. Por desgracia, cuando andábamos de lo más contentos charlando nos interrumpieron para decirnos que debían irse a otra entrevista en radio.

Cuando le dije que era colombiano me contó que su novia es paisa y que él, sin dudarlo, se iría a vivir al país. Al salir nos regaló un par de ejemplares de El perro, una revista que edita. Cuando íbamos en el metro le dije a mi amigo que conocía una de las que escribía porque era de la universidad y fue cuando él cayó en cuenta:

―Ésa es su novia, güey.

Qué pequeño es el mundo, caramba.

Sobre la locura

Auto de fe
Elías Canetti
De Bols!llo (Random House Mondadori)

Peter Kien, el protagonista de esta novela, hace parte de la larga lista de locos que pueblan la literatura. Pero no sólo él: todos los personajes de este libro desquiciado tienen, en mayor o menor grado, un tornillo zafado.

Kien es “el mayor sinólogo vivo de nuestro tiempo”; un tipo alto y desgarbado dueño de una enorme biblioteca en la que vive encerrado (Todo ser humano necesita una patria, pero no tal como la entienden algunos patrioteros primitivos, ni tampoco una religión, incluso anticipo de una patria ultraterrena. (…) La mejor definición de patria es: biblioteca). Peter vive con un ama de llaves –Teresa– a la que considera burda e ignorante; sin embargo, su percepción comienza a cambiar cuando ve que trata a los libros con cariño y dedicación. Decide hacerla su esposa y allí empiezan los problemas. Teresa es una mujer ambiciosa y arribista que sólo busca apoderarse de una supuesta herencia que, en su fructífera imaginación, magnifica y hace enorme (El dinero, para los analfabetos, es la prueba decisiva en todo orden de las cosas: la amistad, la bondad, la cultura, el pode o el amor).

Cuando está convencida de que Kien no le dejará un testamento con los millones imaginarios, lo echa de la casa y entran en escena dos personajes igual de chiflados: el portero, un ex policía jubilado que se dedica a espiar a los vecinos del barrio por una mirilla instalada en una caseta –y también a golpear hasta dejar moribundos a los mendigos que se acercan–; y Fischerle, un enano jorobado que sueña con quitarle el campeonato mundial de ajedrez a Capablanca y que, luego de conocer a Kien en un antro de mala muerte, se dedica a estafarlo de todas las maneras posibles (La locura, decía con gran énfasis y clavando en su mujer una mirada aguda y penetrante que la hacía sonrojar, la locura ataca a los que sólo piensan todo el tiempo en sí mismos. La demencia es el castigo del egoísmo).

Auto de fe es un desfile de personajes desquiciados que caminan por la delgada línea que separa la realidad de la ficción. La trama va enredándose, poco a poco, en capítulos que a veces se dejan leer con gracia y otros en los que el terreno se vuelve denso, pantanoso, y del cual resulta difícil salir. Compré este libro, básicamente, por razones prácticas: necesitaba algo grande y barato porque pronto regreso y no quiero que los libros me ocupen media maleta; y porque las dos bibliotecas que fui en Málaga eran más pobres que las de cualquier colegio público. La novela es una extraña experiencia llena de aforismos (Un librero es un rey, pero un rey no es un librero) que, seguro, vale la pena.

Una cosa más: me gustó la historia de Canetti que cuentan en el prólogo: “sus diarios se hallan celosamente custodiados en la biblioteca central de Zurich, en un búnker situado a quince metros de profundidad, donde se encuentra en la actualidad el “legado Canetti”, parte de lo cual no podrá ver la luz, por voluntad expresa del escritor, hasta el año 2024”.

Fragmento

"Dejada la Arriflex en la seguridad de mi casa (escondida entre la ropa vieja de un closet, de suerte que se roben primero el televisor), sin un café, sin más retardos, nos vamos a Santa Anita. Corre el viejo carro por la vieja carretera de Envigado y va en el tramo de El Poblado, por donde bajaba el abuelo hecho una bala con el motor apagado para ahorrar gasolina, sin meter frenos por no gastarlos y sin las gafas porque se le olvidaron: a la buena voluntad de la fuerza de gravedad. Ya pasamos El Poblado y pasamos la finca Oviedo y la Gruta de la Virgen y El Carmelo, y vamos a Otraparte, lo del maestro González, que en paz descanse... Pero no te quiero repetir, Bruja, el camino que de sobra conocés porque tantas veces te lo he contado. Quiero llegar. Ya.

Abrieron la portada y tomamos el sendero de cascajo. ¡Santa Anita! El nombre se queda atrás en una losa de mármol cuarteada, con una fecha cuarteada, rajada para la eternidad. ¡Santa Anita! Sin el abuelo... Pero están la abuela y Elenita esperándome en el comedor delantero. Y la Virgen de la Merced en su Nicho, los geranios, las azaleas, las vetustas paredes que ya no alcanzo a distinguir porque me las anega el llanto. "Abuela, fue una equivocación haberme ido, pero vuelvo para quedarme". Los ojos empañados en lágrimas que no puedo contener, corro hacia ella a abrazarla, a besarla. No tiene caso decir más. Por mi soberana voluntad voy a perpetuar el instante, a detener el tiempo, a quedarme así a su lado cuanto quiera, abrazándola, besándola, apoyando mi cabeza sobre su corazón humilde de paloma para acabar, sin que corra el día, sin que siga el libro, sin que caiga la tarde, en el sosiego adorado de la dicha, con un final feliz".

Fernando Vallejo
Los caminos a Roma

otro adiós

Me pregunto cuántas veces podemos decepcionar a aquellas personas que alguna vez creyeron en nosotros. Tienen que ser muchas. Hoy, antes de partir, sentí un poco de nostalgia; pensé que quizás no había sido del todo justo. Es verdad: tal vez no lo he sido. Lo cierto es que no todo es malo. Me queda la certeza de haber conocido gente que recordaré: Antonio, más amigo que jefe; Andrea y Cristian Góngora, colombianos exiliados en estas tierras áridas. En la tarde volví a mirar esta ciudad y me encontré con cientos de cosas que no había visto y ya no veré.

En todo caso no pude dejar de pensar que este sentimiento de nostalgia es deleznable: al final queda la certeza de las horas vacías y del deseo de estar en otro lado. Un deseo que me empuja a empezar de nuevo, por tercera vez, en menos de un año.

Las despedidas son una mierda.

Cómo olvidar

La delegación de la agencia en Málaga es más grande de lo que yo había pensado al principio: tiene buenos computadores, escritorios amplios, oficina aparte para el jefe y una sala de juntas que nadie usa con las paredes llenas de fotos.

Con el tiempo recordaré algunos de los personajes con los que trabajé y a otros, como siempre sucede, terminaré olvidándolos. Quizás dentro del primer grupo estarán los “becarios”: periodistas noveles –o ya ni tanto– que van de empresa en empresa detrás de lo que llaman becas. Debo explicarlo, porque acá el concepto es distinto: las “becas”, en España, son una especie de convenio entre alguna institución (llámese universidad, entidad financiera, empresa tecnológica o lo que sea) y un medio de comunicación por medio del cual se permite a jóvenes periodistas hacer prácticas por un tiempo y ganar poco. Eso está bien cuando uno sale de la universidad, pero hasta ahí. El problema es que aquí la práctica continúa de manera indefinida y las empresas, para ahorrarse lo costoso que resulta hacer un contrato, van rotando a su personal de beca en beca. Llega un becario, está seis meses, le pagan poco –pero trabaja lo mismo– y a buscar otra. Según cuentan en la agencia, la delegación de Málaga lleva más de diez años con esta técnica. Y los becarios, que ganan menos de la mitad que un redactor, hacen fines de semana, cierres y un largo etcétera.

No olvidaré a los becarios, sobre todo por esa resignación tácita a aceptar este periodismo de ruedas de prensa. Cómo borrar de la memoria a Esperanza y sus ojitos lastimeros, que miran siempre a Antonio –el jefe– con una súplica de “quiero quedarme”. Imposible dejar de recordar su terrible abnegación y esa fastidiosísima manera de quejarse –pero a la vez disfrutar– con el exceso de trabajo. Hay gente a la que le encanta flagelarse, qué le vamos a hacer.

Málaga me deja cientos de dudas. Me asusta imaginar –casi con certeza– que en unos años las ruedas de prensa, los comunicados y los intermediaros nos van a comer en Colombia. La mecanización es inevitable: en poco tiempo eso que se llama entrevista persona a persona no se dará: antes habrá que pasar por una burocracia kafkiana que hará imposible hacer algo tan simple, tan banal, tan rutinario, como preguntar. ¿No es irónico? Gústenos o no, así va la cosa. Lo peor, sin embargo, es acostumbrarse. Ahí ya estaremos jodidos, como en Málaga.

Crónica de un desencanto

Se acabó. Tres meses después de Málaga empaco maletas y regreso. Una semana –la última– y vuelvo a la capital; mientras tanto, aguanto con estoicismo la monótona rutina de las ruedas de prensa, de los políticos echándose el agua sucia y del popular “canutazo”, que consiste en alargar la grabadora, como una falange más del brazo, hacia la boca del entrevistado de turno. Adelante, di lo que tengas que decir, que luego salimos todos a escribir los mismos titulares en las portadas.

Me voy decepcionado de este periodismo. Llámenme idealista, pendejo, o lo que sea, pero me niego a concebir esta profesión como una fábrica de salchichas. No deberíamos hacer producción en serie. No deberíamos asistir a esas ruedas de prensa como máquinas y luego llegar a escribir lo mismo. Es que ni siquiera es necesario. Piensen esto: uno llega a una sala de prensa donde se aglutinan los mismos de siempre; los que están ahí arriba –que también son los mismos de siempre–, dicen lo que tienen que decir –que es lo mismo de siempre– y luego el jefe de prensa nos pasa un comunicado por si algo no nos quedó claro. Pregunto: ¿por qué no nos ahorramos tanta güevonada y envían directamente el comunicado a la oficina? Así yo (agencia) lo copio para que el otro (redactor) lo copie y lo publique. La copia de la copia.

Me voy porque no quiero estancarme como los que veo ahí, día a día, igual que un funcionario en una notaría. Recién llegado traté de que las cosas fueran diferentes y me esforcé por preguntar en las ruedas de prensa, así apenas entendiera cómo es que funciona la política en Andalucía. Cualquier cosa. Los colegas me miraban raro por mi acento; seguro pensaban –no sin razón– qué carajos estaba haciendo un ‘sudaca’ en esa pequeña ciudad del sur de España. Pero ya me importa un carajo. Ahora, mientras espero que pasen estos días, soy uno más de los que alargan el brazo, de los que se quedan callados, de los que van por ir, de los que llegan y redactan, de los que ya aprendieron la fórmula y lo hacen todo casi sin pensar. Ésa es la verdad. Me convertí en uno más.

Salgo, pues, jodido con la ciudad. Pensé que la playa sería un consuelo, pero qué va: yo nunca he sido de costa y por eso mismo no la extraño. Un par de veces me fui con un libro y cervezas pero la cosa no es tan agradable como piensan; en realidad, por cuestiones de temperatura y comodidad, es mejor quedarse en la casa.

En fin, ya estuvo bien de quejas. Ya estuvo bien de Málaga. Una experiencia más antes de regresar a Colombia que me deja las mismas dudas que certezas. La duda que siempre estará sobre este oficio y la certeza de saber que no es esto lo que haré. Ni lo que ninguno de los colegas debería hacer. Pero, después de todo, ¿quién soy yo para juzgar? Qué cada cual se defienda como quiera. Eso sí: me gustaría saber qué pasará con la vida de mis compañeros de agencia en Málaga en, digamos, unos diez años. Me imagino que será como si el tiempo no hubiera pasado. Aunque quisiera pensar que me equivoco.

Réquiem por Selecciones

Una de las cosas que más me gustaba hacer en vacaciones, cuando viajábamos a la finca que durante mucho tiempo tuvo mi abuelo en Melgar, era agarrar una revista y tumbarme a leerla en una hamaca. Pero no cualquiera: entre los archivos de Semana y Cromos ―que a veces también ojeaba, aunque no con la misma avidez― había un enorme compendio de viejas Selecciones del Reader's Digest. A diferencia de las otras publicaciones, volvía una y otra vez sobre sus páginas porque el contenido era siempre atemporal; así que cada año, cuando regresábamos a la finca, las revistas salían de su estantería y pasaban de mano en mano como si estuvieran recién compradas.

No sé cuántas veces leí las mismas historias; lo que sí estoy seguro es que siempre me divertí. Tenía secciones que adoraba: Gajes del oficio, La risa, remedio infalible y Así es la vida. Y claro: aquellas pequeñas cápsulas que aparecían regadas al final de cada artículo. Con el paso de las vacaciones, el sol y el agua, aquellas Selecciones se fueron haciendo viejas; algunas estaban sin portada o con los bordes de las hojas amarillos, aunque eso no era obstáculo para que continuaran resistiendo. La mayoría eran de los años ochenta pero, si buscaba bien, podía encontrar alguna de finales de los setenta.

Casi no volví a leer la revista desde que mi abuelo vendió la finca. Supongo que el viejo archivo se quedó allá, con los nuevos dueños, o fue tirado a la basura con las cosas inservibles. Yo estaba lejos y no podía averiguarlo. El caso es que pocas veces la vi de nuevo; un día, no hace mucho, compré algún ejemplar pero ya no me pareció lo mismo: los artículos se me hicieron sosos y las secciones no me despertaron el mismo interés. Entonces se me ocurrió pensar que quizás las revistas anteriores eran similares y que quien había cambiado era yo. No lo supe.

Hoy publica el periódico El País una pequeña nota donde anuncia que la revista se ha declarado en bancarrota; hacen un recuento de sus orígenes y luego aclaran que, al menos por ahora, la medida sólo afectará su circulación en Estados Unidos. Fue entonces cuando recordé la historia de la finca y las viejas revistas del Reader's Digest.

Es triste pensar que pueda morir.

Problemas con la ironía

La mentira más grande que nos tragamos los manizaleños es que tenemos una ciudad cultural. Universitaria sí, pero con la paradoja de que no hay dónde ejercer lo estudiado. Exceso de oferta y falta de demanda. ¿Pero cultural? Permítanme dudarlo y más aún con las directrices que imparten desde arriba los encargados de lidiar con este chicharrón.

La historia es así: primero fue la cancelación de la Orquesta Filarmónica y ahora el Festival de Jazz. Ambos, según dicen, por falta de presupuesto. Luego posiblemente seguirá el Festival de Teatro –que se mantiene con las uñas– y la exigua Feria del Libro, que es una vergüenza.

Por eso, agobiado por la falta de interés en estos temas, escribí esta columna el miércoles anterior. Al día siguiente, la directora del Instituto de Cultura y Turismo le envió una carta a Nicolás Restrepo, director de La Patria, quien de manera amable me la remitió.

No voy a decir mucho más. Tan sólo pegaré aquí la misiva y seguiré lamentándome de que la persona que está al frente de la "Cultura" en Manizales no tenga idea de lo que es una ironía. Y peor aún: que lea de manera literal. Así que, como le respondí a Nicolás, espero que pronto ponga en marcha lo del carril para los caballos y el reinado de la fiesta brava. Juzguen ustedes.


***

Doctor Nicolás Restrepo
Director La Patria Manizales
Cordial saludo,

Con extrañeza observamos que en la sección de Opinión del diario del 19 de Agosto de 2009 hay un artículo titulado “¡Al Carajo la Cultura!”, en la cual el columnista Martín Franco, persona con quien no hemos tenido el gusto de dialogar, escribe la siguiente frase: “He decidido apoyar al señor Llano y a la directora (encargada) del Instituto de Cultura y Turismo de Manizales, Paula Giraldo. Tienen razón: festivales así no sirven para nada. ¿Qué ganamos nosotros con que vengan a la ciudad una manada de barbados y peludos a tocar trompetas? Nada bueno”.

Y desde el Instituto de Cultura y Turismo nos preguntamos ¿Cómo es posible que este columnista hable de mechudos y barbados? Y peor aún que lo ponga en palabras de la Gerente (E). Como se ha explicado en reiteradas ocasiones, en el Instituto de Cultura y Turismo existe un proyecto denominado Apoyo a Iniciativas Culturales en el cual, los proponentes deben entregar su propuesta a la Institución. Aún no conocemos las razones, pero el Festival de Jazz no se presentó a tal iniciativa, hecho por el cual no aplicó a recursos del Instituto.

Es una pena para la ciudad que este año no contemos con el Festival de Jazz pero también es cierto que toda la responsabilidad no puede recaer en el Instituto de Cultura y Turismo, es claro que mientras no presenten los documentos, no podrá haber apoyo.

Cordialmente,
Paula Giraldo Robledo Gerente (E) Instituto de Cultura y Turismo

Irse

Eme es un colombiano que vive en Málaga hace casi tres años. En realidad no está aquí, sino en un pueblito que queda a poco más de una hora en tren. El lugar es muy agradable, con edificios modernos y una avenida junto a la playa llena de palmeras y bares “pijos”.

Eme se vino a vivir a España luego de una decepción amorosa y ahora trabaja con una compañía que, por el sueldo, le permite tener carro, moto, apartamento y darse ciertos lujos. No es lo que estudió, pero alguna vez me dijo que uno “estudia lo que quiere y trabaja en lo que puede”.

Cuando hablamos, mientras calmamos el calor con cerveza fría, Eme se pasa comparando la vida que tenía allá con la de acá. Dice que en Colombia uno no puede hacer tal cosa o que tal otra está mal vista, y que acá es diferente por equis o ye. Yo no le digo nada porque las comparaciones me parecen odiosas. En cualquier caso, creo que es un mal común de muchos emigrantes resaltar lo que allá les hacía falta para justificar que haberse ido no les resulta en vano. El problema es que siempre llevan a Colombia adentro, por mucho que hablen mal de ella.

En mi opinión España y Colombia no son mejor o peor la una de la otra. Sencillamente son diferentes, aunque haya muchas cosas –muchísimas, en realidad– que las unan. Creo que el meollo del asunto, y que Eme aún no ha entendido después de tres años, es que uno debe aprender a separar su vida en cada lugar. El problema es que el pasado es siempre una carga muy pesada.

La tele-basura

Quienes creen que la televisión en Colombia es una basura seguro no han tenido que soportar durante más de un mes la gloriosa programación española. Yo allá me divertía, lo confieso; los jueves en la noche, cuando aparecía en mi pantalla el gran Jorge Duque Linares, solía desternillarme de risa con sus consejos para la vida. Pero servían: al final me hacían mejor persona. En las noches picaba un poco de telenovelas aquí y allí y me hacía gracia la poca vergüenza del gordito de Sweet. Era un mal televidente y lo sabía.

Acá la cosa es a otro precio. Hace algunos meses escribí que la prensa del corazón era digna, como cualquier otra. ¡Qué bruto! Aún no había visto suficientes programas de ese estilo en la tele. Pero ahora, luego de nueve meses de ocasionales noches de ocio frente a la cajita, puedo decir que España tiene mucho que enseñarnos en lo que se refiere a este estilo de periodismo: viéndolos debemos aprender –por nuestro propio bien– lo que nunca debemos hacer en Colombia.

La prensa del corazón aquí no tiene vergüenza; los presentadores, menos. Es patético: en uno de los programas estrella –Vaya par–, una cuchi-barbie y un cincuentón afeminado se dedican a discutir durante horas sobre la vida de los famosos. Y aquí los famosos, ahora que lo empiezo a entender, son los miembros de la realeza y los toreros.

Pero es que no he sido bastante claro, disculpen. No es que sencillamente “se dediquen a discutir”; es que mandan a sus reporteros a hacer guardia día y noche en las casas de sus presas, a atacarlos con una lluvia de micrófonos cuando los ven salir, a inventar y especular sobre el futuro de sus relaciones, a insultarse, agredirse, pelearse, gritar, llorar y hacer lo que sea necesario por tener rating. Lo mejor de todo –o lo peor– es ver cómo asumen el papel: todos se sientan en su estudio y tratan sus temas con la misma seriedad que si estuvieran entrevistando a Obama o analizando las medidas contra la crisis.

Por fortuna, hay un salvavidas: se llama “Sé lo que hicisteis” y lo pasan todos los días por La sexta. La dinámica es sencilla: coger estos programas del corazón y burlarse de ellos con un humor inteligente, satirizándolos y haciéndoles ver el daño que le hacen al periodismo. ¿Periodismo, digo? Ya ven cómo termina afectando el exceso de estos programas…

Feria


El que pone por escrito sus pensamientos, sus ensueños, sus sentimientos, los va consumiendo, los va matando. En cuanto un pensamiento nuestro queda fijado por la escritura, expresado, cristalizado queda ya muerto y no es más nuestro que será un día bajo tierra nuestro esqueleto.
Miguel de Unamuno


Empieza a oler a fiesta. Cada año, a mediados de agosto, se celebra la Feria de Málaga. Durante este mes todo está más muerto de lo usual: los políticos se van de vacaciones, las ruedas de prensa se disuelven, el trabajo se relaja. Todo menos el calor. En la entrada de la calle Larios, en pleno centro, han puesto una escultura de flores gigantes; colgadas de los faroles que se extienden a los costados de la vía hay macetas llenas de buganvillas.

Larios es el lugar más tradicional de Málaga: una calle llena de turistas con cámaras; de estatuas humanas –la forma más digna de desperdiciar la vida–; de reconocidos almacenes y restaurantes de paella. Si uno sigue hacia arriba llega al teatro Cervantes pero antes, por el camino, se topa con un par de librerías. Está una –Rayuela–, que siempre debo ver a través de los cristales porque nunca parece estar abierta; por esas mismas calles hay otra bastante acogedora que alguna vez visité pero que no he logrado volver a encontrar. Hace unos días estuve buscándola por las callecitas, tan parecidas todas, hasta que me rendí.

Parece que media España se está viniendo a esta ciudad; no hay cupos en buses, ni tren y mucho menos en avión. Dicen que las playas se llenan a reventar, lo mismo que el centro y los bares. En realidad, la feria no es muy diferente a lo que se ve allá: toros, caballos, fiesta y borrachos. Es como si nunca hubiera salido de Manizales, sólo que acá hay mar.

Que haya feria o no es igual: para mí Málaga sigue siendo una ciudad ajena. Tanto que ya ni siquiera me aburro.

hay de todo...

Nunca pensé que existiera algo mejor que subirse a un bus. Jamás imaginé que lo diría, pero es cierto: diez, doce o quince minutos después de estar bajo una estación de techo ínfimo, cocinándose lentamente bajo los casi cuarenta grados que hace a la sombra, no hay dicha más grande que montarse al transporte público y sentir el aire acondicionado helado. Me importa un carajo que muchos españoles –sobre todo los viejos– huelan a los mil demonios; en últimas, prefiero aguantar un rato ese humor que se les pega en la piel a seguir sudando como un caballo.

Ay, Málaga. Como empiezo a coger una rutina varios personajes se me van haciendo familiares. No amigos, sino los que tengo que ver día tras día. Están las chicas de la casa, por ejemplo. Compatimos poco porque paso todo el día afuera y cuando vuelvo tampoco hablamos mucho. Me doy cuenta de que han usado mi detergente y el papel higiénico que compré, pero aún no les digo nada. Para vengarme, uso la sal, el aceite de oliva y la crema dental de ellas.

Abajo, a dos edificios de EFE, hay un bar que se llama Cervecita’s. Así, con apóstrofo. En las tardes atienden dos meseras: una española y una colombiana. Paisa. Cuando al final de la jornada la cosa está relajada me bajo y charlamos; o mejor: charla ella porque no me deja hablar. Me cuenta que su hermano se fue para Medellín, que está dichoso y que no se quiere devolver. Yo pienso que es una mierda tener que quedarse aquí teniendo la cabeza allá. Pero no se lo digo. Ella habla y yo me río; su compañera, una española, me cuenta que ya ha aprendido las palabras claves del vocabulario colombiano: carechimba, gonorrea, hijueputa y malparido. Le digo que aprende rápido y me responde que tiene que viajar pronto a Colombia.

En la oficina la cosa es diferente. Al frente mío se hace Esperanza. Pobre Esperanza, me da un poco de lástima. Es una buena chica; en realidad, demasiado buena: siempre contesta el teléfono, llega más temprano, se va más tarde, hace lo que no le piden y se sacrifica por todos. Se le ven las ganas de mostrarse para que la dejen. A veces la soporto menos que otras. De no ser por mi jefe la cosa hace rato se habría vuelto insoportable. Por fortuna es un tipazo; buenísima gente el hombre. Muchas veces me voy para su oficina y nos ponemos a charlar sobre Colombia, o el periodismo, o esa jodida proliferación de los gabinetes de prensa que —muchas gracias— nos hacen la vida más fácil y mecánica. Hace unos días me invitó a almorzar a un chiringuito y comimos los famosos espetos, pulpo, calamar, pimientos, cañas y mil cosas más a cuenta de EFE. Me hubiera encantado decirle que pidiéramos unas copas y nos echáramos la tarde emborrachándonos con el mar al frente, pero entiendo que es el jefe y debe guardar la compostura. O dar ejemplo, yo qué sé.

Ya me lo dijeron una vez: no se emborrachen nunca con sus subalternos. Los jefes tienen que ser cabrones.

veinte

He empezado a acostumbrarme; la batalla del 'todo es una mierda' comienza a pasar. Al final he optado por reírme. A nadie le importa ir más allá de la cordialidad, pero los entiendo: cada uno está en su pequeño mundo. Una de las chicas con las que vivo me dijo hace unos días que había tenido que buscar en Google dónde quedaba Colombia. La comprendo: la pobre no tiene tiempo de informarse porque se la pasa noche tras noche tomando pedidos en un bar. Supongo que pensará que somos una raza exótica que por allá, lejos, se moviliza en canoas. Tampoco hablo mucho con ella; apenas si la veo en la mañana, antes de que salga huyendo en su bicicleta. Hoy me dijo que no se me olvidara cerrar la llave del gas porque le daba miedo de que se expandiera por todo el apartamento y muriéramos asfixiados. Una muerte lenta y deliciosa. Me reí y se emputó. El problema es que, como soy el único que se baña todos los días, me poduce un tedio terrible tener que ir cada mañana a abrir el calentador. Y luego se me olvida cerrarlo. Entonces la chica se pone brava; pero yo no me cabreo porque se mete debajo de la ducha cada semana, así que deberíamos estar a mano.

En fin. Hay gente linda por acá; mujeres bronceadas, tipos que se gastan horas en el gimnasio. El sábado me fui a la playa con Onetti —es un error leer a ese cabrón si uno está menopáusico—, y media botella de aguardiente camuflada en un tarrito de agua. Al lado había una pareja joven y la chica no tenía puesta la parte de arriba del bikini. Mi mirada no podía concentrarse en el libro. Me dieron ganas de meterme en el mar pero me arrepentí; el Mediteráneo no es igual al Atlántico: la playa tiene piedras, el agua es helada. La ventaja, eso sí, es que no hay vendedores ambulantes que cada cinco minutos te joden con el masaje, la foto, las 'shakiras', los paseos en yate y cuánta mierda.

Poco a poco me habitúo a las ruedas de prensa. Ya no me parecen tan terribles; comienzo a conocer a los colegas. La mayoría son practicanes. Me encanta cuando me envían a cubrir algún tema político: aparte de que aún no entiendo cómo funcionan las cosas aquí, los malagueños hablan tan rápido, abriendo tan poco la boca, que termina la vaina y quedo en las mismas. Así que cuando me preguntan en la oficina que cómo me fue digo que bien, del putas, y luego no tengo mucho. O nada.

Supongo que todo hace parte de la historia. Creo que los momentos jodidos me van apropiando de esta ciudad; poco a poco voy construyendo lo que mañana será un recuerdo. Así que me río. Y claro: lo acompaño con mucha cerveza Cruzcampo.

Lo que hace una coma...

El Espectador publica en la sección "Un chat con..." una divertida y ligera entrevista con el gran maestro del periodismo Alberto Salcedo Ramos. Todo va bien hasta esta pregunta, que el redactor de turno trascribe así:

¿Su libro de cabecera?
El secreto, de Joe Gould.

Lo que hace una simple coma. ¿Estará el pobre Joseph Mitchell revolcándose en su tumba?

¿Nos tomamos en serio?

Tremendo alboroto armó la columna de la revista SoHo donde el periodista Adolfo Zableh se mete con Manizales. Seguro ya sabrán de lo que hablo. En realidad, el escrito no es una diatriba en contra de la ciudad, sino el recuento de lo que sucedió en la final del torneo Apertura en que el Once Caldas le ganó al Junior. Si miramos las cosas desde lejos la supuesta columna no refleja más que las palabras de un hincha que, vaya uno a saber si en un momento de rabia, le dio por ‘meter la pata’ insultando a la ciudad con el siguiente párrafo:

"¿Cómo es posible que Alex Sinisterra haya hecho un gol? ¿Cómo se dejan ganar de un equipo dirigido por Javier Álvarez, el mismo del 9-0 en Londrina? Es un equipo de Manizales, por Dios, una villa apenas, sin sol, sin mar, sin gracia. Tan atrasada es que a muchos de sus habitantes aun le gustan los toros. Es indignante. Ahora sé lo que siente un bogotano cuando su equipo pierde con el de una ciudad pequeña".

Apenas Zableh colgó la entrada, la gente en Manizales se le vino encima: grupo en Facebook, insultos y cientos de correos de personas indignadas porque se les metieron con el terruño. No justifico las reacciones de quienes comentan –pues ya sabemos que los foros en las revistas y periódicos son como los grafitis de los baños públicos–, pero creo que en este caso corresponden apenas a una consecuencia lógica de lo que escribió. Me explico: si ya se sabe que el peligroso manto del regionalismo nos cubre en esa tierra con tanto ahínco, ¿qué otra cosa podía suceder después de decir una cosa así? Hombe, por Dios: si al que intenta debatir con argumentos lo descalifican con los improperios más soeces, díganme pues qué se puede esperar del que los insulta por igual…

Para mí Zableh puede tener la opinión que quiera de Manizales; no me voy a poner en la inútil tarea de defenderla pues hay muchas cosas que critico de la ciudad. Pero también hay otras que echo de menos y me parecen destacables. Creo que su opinión es respetable, pero parece que a Adolfo se le olvida que escribe para una de las revistas más leídas del país y que la gente no pasa un insulto así tan fácil, como de hecho se ha demostrado. Ése es el punto.

Hace unos días hablamos por chat y me dijo que el problema es que la gente se toma muy en serio. Lo mismo dijo en la entrevista de Caracol. Y sí, quizás tenga razón, pero no me parece que en este caso se deba aplicar ese argumento: yo no puedo decirle a alguien en la cara que es un hijueputa y cuando el otro se indigne lavarme las manos replicándole que “se toma muy en serio”.

Creo que la falla del escrito es que Zableh se ubica en el mismo nivel de los que lo insultan y no me parece sensato que un periodista se ponga en ésas. En mi opinión el artículo que hace unos años escribió Jaime Monsalve “contra Manizales” es graciosísimo, pero si uno lo lee no hay un insulto contra nadie, sino una cantidad de verdades que a más de uno–y con razón– le dolieron. Ese texto tiene ironía, gracia, humor; cosas que en la columna de Zableh no se notan porque prefirió optar por la vía fácil del insulto.

A veces hay que morderse la lengua.

Es lo que hay

Llevo dos semanas en Málaga y una trabajando en la delegación de la agencia EFE. A veces me pregunto qué diablos estoy haciendo aquí. Cuando nos pusieron a escoger en qué ciudad de España queríamos hacer las prácticas, entré a la oficina de la delegada sin saber a dónde iría. Sólo sabía que tenía ganas de abandonar Madrid; que, aunque me encantaría volver una y mil veces a la capital, ocho meses habían sido suficientes. Sentía que el ciclo se había cumplido y la idea de comenzar otra vez no dejaba de atraerme. Pero cuando me senté detrás del escritorio no tenía ni la más mínima idea de lo que iba a pasar conmigo.

Fue ella la que me sugirió Málaga. Me convenció con dos o tres frases formales y yo, que no sabía mucho de la ciudad, acepté. Rápido y sencillo. Salí de allí con la única certeza de que me iría a un lugar distinto, nada más. Mientras los días en Madrid se agotaban me resistía a averiguar datos sobre la nueva ciudad; siempre he creído que es mejor hacerse una idea y luego llegar a descubrir lo equivocado que uno anda. Y en efecto, así sucedió. Aún hoy no estoy seguro de lo que me produce esta pequeña ciudad de playas y palmeras, pero supongo que es cuestión de tiempo.

Suena a lugar común, pero el tiempo es la única manera de poder empezar a sentir algo como propio. Mañana cumplo una semana en la que será mi casa durante lo que me resta en este país y aún no puedo decir que la cama en que duermo o el cuarto en el que me quedo sean míos. Al principio uno entra a invadir un espacio, a romper una rutina establecida, a alterar un orden. Y lo único que resta es esperar.

A veces ni siquiera sé para qué escribo estas cosas en el blog; otras ni para qué sirve tener uno. Unas más pienso que la cosa va muy en serio y que debería haber otro tono en las entradas, pero luego me doy cuenta de que, como dicen acá para justificarse, “es lo que hay”.

En realidad la respuesta a esas preguntas –que vuelven una y otra vez sobre este espacio–, me la dio hace poco Juan Gabriel Vásquez, en una entrevista que navegando por ahí vi en el blog (¿casualidad?) que tiene Mauricio Becerra en la revista Cambio. Dice Vásquez que “uno no escribe sobre lo que sabe: escribe para saber, para averiguar. No escribe para explicar sus opiniones, sino para descubrirlas”.

Para eso sirve escribir aquí, allá o donde sea. Para descubrir y descubrirse. Aunque la verdad no entiendo por qué terminé hablando de esto cuando empecé con otra cosa. ¿Quién dice que no es raro esto de escribir?

Bolaño, el detective salvaje

Los detectives salvajes
Anagrama

Sí, lo acepto: durante un buen rato me dio pereza cogerlo. Mucho bombo, mucha unanimidad con el tal Bolaño. Hasta me reía de los que le hacían culto. Y es que empecé mal, entrándole a La pista de hielo, que es aburrido. Pero Los detectives salvajes se empeñaba en cruzarse en mis lecturas y de un tiempo para acá me hacía ojitos. La agarré, al final, después del empujón que me dio el fisgón.

Puta, tengo que callarme la boca. Es que la historia de los real visceralistas me agarró desde el principio. Y aunque es un libro grandote uno va pasando las páginas sin darse cuenta. En mi caso no pude leer otra cosa; terminé dedicándole fidelidad absoluta a la novela, a Lima y a Belano, y un par de noches hasta soñé con ellos. Suena estúpido, lo sé, pero es cierto. Soñé que, como tantos otros, los había visto por ahí, en alguno de sus pasos fugaces por una ciudad perdida.

Lima y Belano. Los real visceralistas. No sé qué opinen los que la han leído, pero a mí me da la impresión de que en el fondo Bolaño era un mamador de gallo. Que ese poema de Césarea Tinajero es una burla a toda esa literatura de vanguardia que muchos hacen hoy en día. Que varios personajes están hechos para reírse en la cara de algunos de sus colegas. Y eso me encanta. Hay buenas frases, también, sobre literatura, amor, soledad. Sobre la vida misma. Dejo una, nada más: “El amor, no recuerdo qué clásico lo dijo, sonríe a los que triunfan”.

Decía, pues, que me callo la boca. Y anoto 2666 en la lista de pendientes, pero lo dejo para después después de un tiempo prudente. Ya llegará el día en que me dé un arrojo de valentía y me meta en esa mole de no sé cuántas páginas. Ya llegará.

Málaga

El paisaje es siempre el mismo: los árboles de olivos, tan pequeños, con sus hojas secas y los troncos alargados. La tierra es árida. Siete horas de bus hacia el sur de Madrid está Málaga. Andalucía, tierra de flamenco.

El casco histórico se parece al resto. Todos son similares: iglesias barrocas, pasajes peatonales y edificios viejos. La avenida principal es una alameda larga por la que se puede caminar bajo la sombra. Luego se prolonga, atraviesa un parque y sigue, sigue, sigue hasta que termina en la playa.

Hace calor y a veces huele mal. Las mujeres tienen la piel morena, tostada por el sol. Llevan los vestidos cortos.

Málaga es cálida. Me gusta caminar por el centro. Ayer encontré una librería grande a donde he vuelto un par de veces, pero ahora no tengo dinero para antojarme. Esta mañana abandoné la residencia donde me había estado quedando y fui con las maletas a mi nueva casa, un apartamento grande y con terraza que compartiré con tres españolas. La habitación es pequeña.

Por ahora me adapto. Aún no conozco a nadie pero supongo que es cuestión de tiempo. Hace dos días caminé por la playa y me quedé un rato viendo los turistas. Luego me tomé una cerveza y regresé por la Alameda. Es bueno volver a comenzar.

Despedida

Esta tarde di el último paseo por el parque del Retiro. Caminé por los senderos rodeados de árboles que desembocan en plazas adornadas con estatuas de reyes a caballo. Al final llegué hasta el lago y me quedé viendo las parejitas que toman los botes y reman. Estuve mucho rato mirando el agua, sintiendo el sol en el rostro. Vi las balsitas que pasaban frente a mí, casi siempre él remando y ella al frente. Conversaban, reían, parecían contentos. Sentí envidia y pensé que estaba infinitamente solo. Las parejitas no me miraron, ni tampoco me vieron las que pasaron a mi lado cuando hice el camino de vuelta. Mañana estaré lejos.

Adiós, Madrid.

De aquí y de allá

Un amigo me invitó ayer al lanzamiento de un libro. El autor es un tipo curioso: maneja taxi por las calles de Madrid y en sus ratos libres escribe un blog en el diario 20 minutos que se ha vuelto muy popular. El libro, de hecho, es una recopilación de sus mejores historias como taxista. Está simpático. Además de tomar algunos tragos gratis, el evento me permitió conocer un par de autores jóvenes españoles. Durante el rato que estuvimos charlando me sorprendió que todos tienen una cosa en común: el pronfundo desconocimiento y poco interés por la literatura que se produce en Latinoamérica. No existimos. A tres les pregunté qué autores les gustaban del otro lado y todos me contestaron que García Márquez. De ahí para adelante no hay mucho. Los nuevos, que se han abierto paso incluso acá, ni siquiera les suenan. Apellidos como Zambra, Vásquez o Roncagliolo les parecen extraños. Quisiera pensar que no es un mal común, pero algo me dice que me equivoco. Paradójico, digo, porque si uno se denomina escritor lo mínimo es que se preocupe por saber lo que se está escribiendo en su propia lengua. Bueno, al menos conocerlo así sea de pasadita. Pero ni eso.

Curioso.

Persiguiendo a Vargas Llosa

Ya lo había visto. Fue hace algunos años, cuando viajó a Bogotá para presentar su novela El paraíso en la otra esquina. Yo estaba en la parte de atrás del auditorio donde iba a dar la charla; al frente, las filas se hacían cada vez más grandes. Pensé que no alcanzaría a entrar y justo cuando me iba vi llegar dos camionetas Honda de color verde. Vargas Llosa estaba adelante. Tenía corbata, como siempre. Antes de que se bajara ya había una multitud alrededor; en menos de un minuto sus acompañantes le abrieron espacio y el escritor se me perdió de vista.

En Madrid había intentado verlo. Primero le escribí un mail a la oficina de Carmen Balcells —la famosa agente— pidiendo una entrevista. Sabía que estaba lanzando una botella al mar porque no tenía siquiera dónde publicarla. Además, ¿cuántas no le solicitarán a diario? Tal y como esperaba declinaron mi ofrecimiento, pero al menos se tomaron la molestia de responder el correo.

Y entonces me enteré que iba a dar una charla en la Casa de América por los cien años de nacimiento del uruguayo Juan Carlos Onetti. Me fui temprano y cuando llegué la fila ya iba por la media cuadra. Esperé. Eran las 7 y 30 de la tarde y el sol no daba tregua. El auditorio se llenó en cuestión de minutos. Todos esperábamos. Pasadas las ocho salió el escritor; saludó con la mano y se paró frente a los fotógrafos, que dispararon los flash de sus cámaras sin piedad. Vi cómo los años le han caído encima.

Luego proyectaron una obra de teatro llamada La verdad de las mentiras, donde el escritor y la actriz Aitana Sánchez Gijón interpretan un relato de Onetti y después, al fin, vino la charla. Vargas Llosa contó lo mucho que lo ha impactado la obra del uruguayo y relató un par de anécdotas para dibujarlo. Dijo que era un tipo tímido que detestaba hablar en público y que sólo se sentía cómodo en su habitación, leyendo y con una botella de whisky al lado. Relató la historia que un día le escuché a Pablo Arango: alguna vez Onetti le preguntó cómo trabajaba y luego de que el peruano le esbozara todo un régimen de horarios y desvelos, sentenció: “lo que pasa es que tu relación con la literatura es conyugal y la mía, adúltera”.

Después de los aplausos finales la nube de periodistas se abalanzó sobre él. Yo, que había comprado en la entrada un ejemplar de La ciudad y los perros, me metí en la barahúnda y me colé hasta tenerlo al frente. Cuando terminó de firmar el libro de la chica que estaba al lado, le pasé mi edición; él la recibió con gusto y le estampó la firma. Quise decirle algo pero no me salió nada; entonces me lo devolvió y yo sólo pude balbucear un simple “gracias, Mario”.

Fue suficiente. No había mucho más que decir.

Notas sueltas (apuntes de todo y nada)

UNO. Quién iba a pensarlo: después de tanta crítica, de escribir columnas en su contra, de cuestionar su proceder y de dejar de creer en la institución que preside, ahí lo tenía al frente. Apenas unos metros me separaban de la ventana por la cual, a las doce del medio día, Benedicto XVI dio el Ángelus en la plaza de San Pedro. Fue el domingo pasado, en Roma. Durante quince minutos el hombre salió, entregó una bendición, habló en varios idiomas y luego volvió a meterse. La plaza estaba abarrotada de gente que al verlo gritó, aplaudió y hasta se arrodilló. Para mí fue extraño. Mientras lo escuché hablar pensé en lo que dijo sobre el condón durante su reciente visita a África; o cuando, tiempo atrás, reafirmó la existencia del cielo y el infierno. Entonces, para dominar la extraña sensación de emoción que empezó a embargarme, pensé en todo lo que la Iglesia ha hecho durante años, en los miles de muertos en nombre de Dios, en los excesos de los papas, y reafirmé que en realidad no es ningún enviado sino sólo una persona más. Mi acompañante -que es católica practicante- dijo que la bendición del Papa es un regalo divino. Puede que tenga razón: al menos me queda la tranquilidad de saber que ya tengo vía libre al cielo.

DOS. Es difícil escribir sobre un viaje sin dejar de sonar pretencioso y aburrido. Quizás lo mejor de agarrar una maleta y abandonar la rutina es esa sensación de asombro que aún nos queda cuando llegamos por primera vez a algún lugar pero que con el tiempo, por desgracia, se quita. La costumbre es una mala costumbre.



TRES. Leía en un blog vecino una entrada sobre los escritores que se creen el cuento y posan. Creo que sólo hay una cosa peor: los que además de asumir el papel se la pasan hablando de sí mismos y haciéndose propaganda. Poco a poco he venido descubriendo a un paisano manizaleño que va por esa línea; los invito a que visiten en el blog y, si alguien sabe, me diga dónde puedo conseguir alguna de sus novelas. Ahora que hablamos de religión no está de más una buena dosis de masoquismo: http://egarciaguilar.blogspot.com/.

Añorando el álbum

Toda casa lo tiene. Guardado en algún cajón de la sala, o en la parte de arriba del armario, hay un álbum de fotos. O dos, tres, cuatro, más de cinco. Hasta hace apenas unos años el dueño solía sacarlos de vez en cuando, en medio de una reunión familiar, para que todos recordaran juntos el paseo a no sé dónde. Eran momentos agradables en los que brotaban anécdotas y uno aprovechaba para avergonzarse, en silencio, de la facha que llevaba por esa época.

Hasta que apareció Facebook. El invento del señor Zuckerberg mandó al traste el significado de la palabra privacidad y nos puso a ver, de buenas a primeras, la vida de los demás en primerísimo primer plano. Ahora uno abre una cuenta en esta famosa red social y de repente tiene desplegado ante sí un inmenso mar de fotos de gente que, si no fuera por la página, ya habría olvidado. Ahí está Zutano con cara de dicha debajo de la torre Eiffel; allí Mengano abrazado a su nueva esposa el día de su matrimonio; luego éste con su novia de paseo en Cartagena y aquél con sus amigos en cualquier lugar del mundo.

Antes las fotos eran sólo para unos pocos. El viejo álbum era un libro que permanecía muchos años guardado y luego uno lo abría para constatar cómo había pasado el tiempo. Pero esas páginas traían algo más que fotos: había recuerdos. Ahora la gente sube fotografías a la velocidad de la luz y ni siquiera por algún motivo especial: vemos a no sé quién pasando la tarde con los amigos y haciendo nada, o a una cantidad de borrachos en cualquier bar. Decenas, cientos, miles de imágenes. Porque sí y porque no, por cuenta de un increíble afán de mostrar lo que han hecho.

Yo extraño el viejo álbum. Quisiera volver a esa época donde las fotos eran para los que habían estado en el lugar donde se tomaron y nada más. Me gustaría poder dejar de saber qué ha pasado con la gente, recordar lo que es extrañar a alguien y luego un día cualquiera, por alguna casualidad, volver a saberlo. Pero ahora es imposible: con Facebook no se puede preguntar ¿qué ha sido de tu vida?, porque ya se sabe de antemano. Lo peor es que yo también lo hago. También cuelgo fotos, etiqueto, pierdo el tiempo. También caigo en el juego que critico.

El pez muere por la boca.

Pero extraño el álbum… ¿qué culpa tengo?

Roncagliolo, de nuevo


Memorias de una dama
Santiago Roncagliolo
Alfaguara


Hace algunos meses mentí sobre Santiago Roncagliolo. No lo hice al escribir que su novela Pudor me pareció una obra floja, sino porque prometí darle un buen tiempo de descanso al autor peruano y al final no cumplí. Fue sin querer, en realidad, pues entre las novedades de la biblioteca había una que me atrajo de inmediato: Memorias de una dama. Primero, por la bonita edición de Alfaguara. Segundo, por el autor. Tercero, porque estaba en busca de algo que me hiciera pasar un buen rato. Así que después de dar una rápida mirada a los demás títulos decidí sacarlo, aún sabiendo que corría riesgo.

El caso es que empecé a leerlo, contento de darle una segunda oportunidad, y debo decir que no me arrepiento: la novela está sabrosísima. Entre muchas otras cosas porque va hilado una trama que poco a poco se torna intensa; porque construye unos personajes sólidos, humanos y contradictorios; y sobre todo –quizás lo más importante–, porque tiene humor. Roncagliolo se burla de sí mismo (un personaje con su nombre resulta ser un escritor pedante e insoportable), y de la figura del escritor arribista, mentiroso, que está dispuesto a todo por ser publicado. Mejor aún: se ríe de los autores en general (¿De cuándo acá unas memorias hablan de lo que su protagonista quiere? ¿De cuándo acá hablan de lo que su editor quiere? ¿Alguien sabe que existen los autores? ¿Alguien sabe para qué sirven?), de las cintillas de los libros y hasta de las frases incomprensibles que escriben en la contraportada los narradores amigos, y que son sólo palmaditas en el hombro para vender.

Diana Minetti es millonaria y quiere escribir sus memorias; para ello contrata a un pichón de escritor peruano que vive como ilegal en España y anhela volverse famoso a toda costa. Al principio el novel narrador acepta el encargo por la plata –el lugar común tan cierto del escritor muerto de hambre–, pensando que sólo describirá las tediosas fiestas de sociedad de una dama de clase alta en París. Sin embargo, a medida que empieza a indagar, se da cuenta de que todo es mucho más interesante de lo que pensaba: por las páginas del libro desfila la vida de la protagonista durante la dictadura de Trujillo en República Dominicana; en la Cuba de Batista y algunos negocios turbios de su familia con la CIA y la mafia italiana.

En fin: si buscan una historia divertida, sabrosa, rica de leer, anímense con Memorias de una dama. Yo me la gocé. Lo triste es que se me fue volando.