Un intruso en el Bernabéu (II)

Estimados fanáticos: cambio de planes. Como no está tan larga, cuelgo de una vez el resto de crónica en el Bernabéu. Acomódense, pues, que el árbitro se dispone a pitar el inicio de este segundo tiempo.

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¿Dios es redondo?

Confieso que soy un mal hincha. Acepto sin pudor que con el tiempo he ido dejando el fútbol en el olvido y ahora me da una pereza terrible ver un partido entero por televisión. Los domingos en la tarde, mientras algunos de mis amigos más cercanos seguían la fecha del torneo local con una pasión religiosa, yo solía dedicar el tiempo de ocio a cosas menos oficiosas. De hecho, ya que entramos en la etapa de las confesiones vergonzosas, voy a hacer otra que hará temblar a más de un colombiano de raca mandaca: no soy hincha de ningún equipo. Me da igual si el torneo lo gana Santa Fe, o América, o si Envigado desciende a la B.

Lo que no quiere decir, tampoco, que odie el fútbol. ¿Cómo explicarlo? El deporte más popular del mundo no produce en mí la terrible enfermedad que brota con ardor en otros. Claro que siempre es bueno ir al estadio, y más si es el Santiago Bernabéu y quien juega es el Real Madrid.

Desde que llegué a la capital de España, hace poco más de un mes, había pasado por la zona donde está ubicado el gigantesco monstruo y apenas lo vi por fuera, tan grande e imponente. Sabía que antes de regresar a Bogotá debía ir a algún partido, pero como aún queda buen tiempo pensé que lo haría luego. Lo iría postergando, como hacemos siempre los que dejamos las cosas para mañana, y posiblemente al final no saldría con nada. Quien sabe. Pero se me presentó una oportunidad de oro: un amigo colombiano, que trabaja en la oficina de prensa del Sevilla, me consiguió entrada para ver el clásico que su equipo jugaría contra el Madrid. ¿Cómo negarse? Ambos equipos andaban parejos en el rentado local: tan sólo los separaba un puesto en la tabla y la diferencia de un punto hacía más interesante el encuentro.

Aunque esa noche caía en Madrid un típico aguacero bogotano, agarré mi cámara, la libreta y un lapicero, me metí dentro de las capas de ropa que deben ponerse por estos días –camiseta, saco, chaqueta, pantalón térmico, guantes y gorro–, y cogí el metro con dirección al estadio. Eran las 6 y 30 de un domingo oscuro; la poca gente que había en la calle corría a refugiarse de la lluvia.

El monstruo, por dentro

El aguacero me recibió al salir del metro. En la última estación, cuando nos acercábamos al estadio, varios hinchas subieron al tren entonando cánticos, gritando. Iban borrachos. Me fui bordeando el gigante iluminado, esquivando con destreza la gente enfundada en impermeables y paraguas, mientras sentía cómo el agua se metía por mis zapatos. El frío calaba en los huesos. En la entrada a los palcos mi amigo me entregó la acreditación: una tarjeta de prensa que me permitiría ver el partido en la tribuna de los periodistas. ¿Qué más podía pedir? La mojada había valido la pena.

La entrada de los medios es por la puerta 53, una de las tantas enormes que circundan el Bernabéu. La gente hacía fila muy callada, sin empujarse, esperando su turno a pesar del rigor con que caía la lluvia. Por dentro, el estadio es muy normal: las mismas escaleras que llevan a distintos lugares, pasillos, un ascensor. Nada del otro mundo. Lo verdaderamente apabullante es cuando sales a ver la cancha y las tribunas. Cinco pisos llenos de sillas azules, con divisiones, que circundan una grama en perfecto estado. En la parte de abajo, frente a donde estaba, un enorme letrero con el nombre del club: Real Madrid CF. A los costados, arriba, dos pantallas de televisión donde más tarde anunciarían las formaciones de los equipos, y en las esquinas, las luces para iluminar la cancha. El estadio tiene techo y calefacción, por lo que el frío se siente menos. La lluvia, sin embargo, siguió cayendo sin parar durante toda noche.

En este punto debo decirlo: el ambiente no es el mismo y el fútbol tampoco. En Colombia el primero es bueno y el segundo malo; acá, por el contrario, el ambiente es más parco pero el juego es buenísimo. Entré una hora antes del partido, cuando el estadio aún estaba vacío; a medida que se fue llenando, mientras se acercaba la hora, se escuchaban pitos y silbidos. Lo que en Colombia sería la barra brava –esos pelados que se matan por un equipo de fútbol–, acá es un grupito reducido e inofensivo que se la pasa cantando casi todo el partido. Curioso: casi ni groserías dicen; sólo por ahí, tímido y sin ganas, les salió un “sevillano hijo de puta”. Pero nada más.

La salida a la cancha del Madrid es quizá el momento de mayor apoteosis. En la tribuna sur despliegan una enorme pancarta con la figura de un jugador haciendo una media chalaca y los hinchas que quedan justo arriba sacan decenas de cartones blancos. Abajo, un letrero grande dice “mágico Madrid”. La ovación es general, pero todo se hace rápido y limpio: el equipo sale, posa para la foto, se acomoda y arranca el juego. Nada de himnos nacionales, ni entrevistas, ni niños en la cancha de la mano de los jugadores.

El partido transcurre sin mayores tropiezos y con muchos goles. Mientras veo las figuritas de blanco que se mueven allá abajo pienso en lo que daría un verdadero hincha por estar donde estoy ahora. En lo que sentiría por ver a Cannavaro, a Robben o a Higuaín. La verdad es que, si me lo preguntan, tampoco es la gran cosa: después de todo son personas como cualquier otra y desde arriba apenas se ven sus siluetas. No sé cuál será la magia que tienen los jugadores del Madrid que, al menos en Colombia, hacen pagar a la gente hasta un millón de pesos por ir a verlos. ¿O no era eso lo que costaba la boleta más cara cuando fue a jugar con Santa Fe hace poco?

Pero quizás no lo entiendo. Tal vez usted, fanático de corazón, pensará que para comprenderlo hay que llevar el fútbol en la sangre; que sólo soy un tipo con suerte y que sin duda usted lo habría disfrutado más. Usted habría saltado, gritado, derramado lágrimas de emoción al ver a Raúl haciendo un gol en su estadio. Usted habría sido un mejor testigo. En eso pienso cuando todo ha terminado y camino hacia la estación del metro para regresar a casa. La lluvia sigue cayendo, ahora más fina y pareja, mientras dejo atrás el gran monstruo iluminado, perdiéndome entre paraguas y fanáticos con las caras largas.

13 comentarios:

Lucaz dijo...

Lo del tamaño no es un mito, al menos en lo que a barras bravas respecta, como allá los "ultras" son más poquitos los pudieron sacar fácil de los estadios. Claro que cuando se quitan la camiseta del Real o del Atlético y se ponen la chaqueta negra para salir a despescuezar ecuatorianos o somalíes ahí si son más bastanticos.

Esteban Dublín dijo...

Yo, hincha del fútbol de corazón, tampoco lo entiendo. El fútbol es la cosa más extraña que le ha pasado a mi vida. Iba a ser futbolista, a jugar en el Barcelona e iba a ser el ídolo más grande de la historia de Millonarios. Un central me quitó el 30% de mi menisco izquierdo y me hice más tronco de lo que ya era. Me echaron del equipo y ahora me dedico a sufrir de una forma que me parece incluso ridícula.

Luego de eso, empecé a leer. Ya ves, Martín

Fernando Ramos dijo...

No soy hincha del Madrid, suelo escoger equipos más modestos. Pero deliro por el fútbol, por eso cuando se juega buen fútbol no importa que mi equipo pierda. Aún así, cuando estuve en España, fuera de temporada de fut, para mi mala suerte, no pude dejar de visitar esos dos colosos, el Bernabeu y el Nou Camp, fue emocionante sin jugadores, me lo sigo imaginando con gente y con fútbol en el campo.

Suertudo.

yacasinosoynadie dijo...

Tienes razón Martín: cualquiera de nosotros lo hubiera disfrutado más. Yo también soy un apasionado de ese jueguito loco, y aunque detesto al Real y en general al futbol español y quizás a los españoles (de pasadita) creo que si me hubiera movido las fibras estar en tu lugar.

Martín Franco dijo...

Hombre Esteban: parece que el defensa central hizo algo bueno por la literatura, después de todo. Y yacasi, ¿por qué tanta bronca con los españoles? A mí se me hacen hasta divertidos...

Esteban Dublín dijo...

El hijueputa ese no hizo nada bueno por la literatura. Lo que hizo fue quitarle un crack a este país.

Jajajajajaaj.

Martín Franco dijo...

Qué malparido entonces

yacasinosoynadie dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
yacasinosoynadie dijo...

Yo también le agradezco a ese robusto central Esteban. No solo por la literatura sino porque como hincha de Nacional no quisiera un crack en Millonarios… jejeje

Digamos amigo Martín que cuando estuve por allá tuve que presenciar y “sufrir” los más aberrantes casos de racismo, en fin.

Esteban Dublín dijo...

Les hubiera dado títulos, goles, jugadas de fantasía, goles contra Nacional. Ay, Dios, cómo extraño ese menisco.

Manuel dijo...

Me duele oir algunas de las cosas que leo cuando alguien se queja de "los españoles", "los colombianos" "los .....". Digamos que conozco más o menos bien al menos cuarenta paises entre europeos y americanos. He visto actitudes racistas en casi todos ellos y no me atrevo mas que a combatir a los que pretenden estigmatizar ya sea de una manera o de otra. No somos ni peores ni mejores, un poquito mas serios y menos amables si, respecto a ustedes pero mucho más agradables que el resto de los europeos aunque igual de racistas que ellos y que... ustedes.

Martín Franco dijo...

Pues en los dos meses que llevo aquí, estimado Manuel, debo decir -y no por lambonear- que los españoles son "la hostia", como dicen en esta tierra. No es mentira: después de seis días en París ya anhelaba regresar a Madrid y, sobre todo, a su gente.

Manuel dijo...

Es que París y los parisinos son para echarles de comer a parte, prepárate si vas más al norte especialmente a Inglaterra, entonces si que echarás de menos este sur, que también lo es al menos respecto de este continente. Aún y todo me reafirmo en que no somos tan diferentes, nos cambia el clima, a mas calor mejor humor, pero en lo relativo a la aceptación del diferente somos básicamente igual de animales. Solo una buena formación cultural te puede permitir combatir con cierto sentido ese animal territorial que todos llevamos dentro