Navidad con 'saudade'

Apuntes de cuaderno. Diciembre 22.

Saudade es una palabra bellísima que, por desgracia, no existe en español. Los portugueses la usan para describir un sentimiento de nostalgia por el recuerdo de un pasado mejor. Saudade es una tristeza interior, una especie de dolor en el alma que también puede sentirse por alguien que ya no está. Alguien que, como suele suceder en la vida, dejó su recuerdo en el camino de alguien más.

Y Saudade es, también, la palabra que mejor describe a Lisboa. La capital de Portugal es una ciudad triste, que sin duda se quedó anclada rememorando su grandeza de siglos anteriores. Poco o nada resta de aquel gran imperio; apenas los recuerdos de antiguos navegantes y reyes de largos nombres representados en estatuas de mármol. Eso queda de la grandeza: una figura de piedra. Y la gloria –como bien lo dijo Vallejo–, no es más que una estatua que cagan las palomas. La saudade de Lisboa está en sus calles; en sus edificios viejos carcomidos por el salitre; en la pintura de las paredes que se cae poco a poco y a nadie parece importarle. En Lisboa el mar es un adorno más, un telón de fondo que acompaña la tristeza de sus habitantes. Quienes la ocupan son seres toscos y callados; una mezcla curiosa y variopinta de razas: negros, blancos, árabes. Sus mujeres bonitas de mirada altiva adornan las calles adoquinadas, empinadas como las de mi ciudad, a tantos cientos de kilómetros de aquí.

Ahora escribo en el mismo café donde –dicen– solía venir Fernando Pessoa. Ese gran poeta, Pessoa, el de los versos tristes que me encantan: “No soy nada/ Nunca seré nada/ No puedo querer ser nada/ Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo”. A mi lado hay una estatua –una más– del poeta joven, de sombrero y corbatín, cruzando las piernas y con cierta sonrisa en la cara. Me cuesta trabajo imaginarlo sin saudade. ¿Cuántas veces habrá visto pasar la gente calle abajo? ¿Se habrá sentado en este mismo lugar o prefería estar adentro, a salvo de miradas inquisidoras? Mañana temprano abandono Lisboa; quizás no vuelva nunca o tal vez algún día regrese. ¿Quién sabe? Pasado mañana es navidad y yo estoy lejos, lejísimos, dejando que la saudade me invada. Se siente bien la nostalgia en Lisboa; la saudade de mi familia, de la gente que quiero, que seguramente estará allá, tan distante, riendo sin mí, lejos de mí. Acá no dejo más que el recuerdo de un turismo ordenado y un día, quizás el mejor, en que me senté a escribir para nadie en un café de Lisboa. Y me queda también –y para siempre– el recuerdo de haber sentido la saudade.

Felices fiestas a todos.

¿Coincidencia?

Lo que sigue es un fragmento del libro El Sha o la desmesura del poder, del gran Richard Kapuscinski, donde relata lo que sucedió durante la dictadura de Mohamed Reza Pahlevi en Irán. Traigo a colación este texto sobre el codiciado "oro negro" porque refleja lo que pasa hoy, varias décadas después, en un país de América de cuyo nombre no quiero acordarme, manejado por un presidente deschavetado que se muere por perpetuarse en el poder. Juzguen ustedes y díganme si de verdad creen que es una simple coincidencia.

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El petróleo suscita grandes emociones y grandes pasiones, porque el petróleo es sobre todo una gran tentación. Es una tentación de enormes sumas de dinero fácil, de riqueza y fuerza, de fortuna y poder. Es un líquido sucio y apestoso que brota alegre hacia lo alto para luego caer en la tierra en forma de lluvia de hermosos billetes. El que haya encontrado y hecho suya una fuente de petróleo se siente como alguien que, tras un largo caminar bajo la tierra, encuentra de repente un tesoro real. No sólo se ha convertido en rico, sino que además se convence de una manera un tanto mística de que alguna fuerza superior lo ha elegido para elevarlo generosamente por encima de los demás y lo ha hecho su favorito. (…)

Y es que el petróleo crea una ilusión de vida completamente diferente, una vida sin esfuerzo, una vida gratis. El petróleo es una materia que envenena las ideas, que enturbia la vista, que corrompe. La gente de un país pobre deambula pensando: ¡Ay, Dios, su tuviéramos petróleo...! La idea del petróleo refleja a la perfección el eterno sueño humano de la riqueza logada gracias a un azar, un golpe de suerte, y no a consta de esfuerzo y de sudar sangre. Visto en este sentido el petróleo es un cuento, y como todos los cuentos, una mentira. El petróleo llena al hombre de tal vanidad que éste empieza a creer que fácilmente puede destruir ese factor tan resistente y reacio que se llama tiempo. (…)

El petróleo es fuerte pero también tiene sus puntos débiles: no sustituye la necesidad de pensar, tampoco sustituye a la sabiduría. Una de las cualidades más tentadoras del petróleo y que más atrae a los poderosos es que refuerza el poder. El petróleo da grandes ganancias y, al mismo tiempo, no crea graves conflictos sociales porque no genera grandes masas de proletariado ni tampoco importantes capas de burguesía, con lo cual un gobierno no tiene que compartir las ganancias con nadie y puede disponer de ellas libremente, de acuerdo con sus ideas o como le dé la gana.

R. Kapuscinski
El Sha o la desmesura del poder
Anagrama

Un intruso en el Bernabéu (II)

Estimados fanáticos: cambio de planes. Como no está tan larga, cuelgo de una vez el resto de crónica en el Bernabéu. Acomódense, pues, que el árbitro se dispone a pitar el inicio de este segundo tiempo.

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¿Dios es redondo?

Confieso que soy un mal hincha. Acepto sin pudor que con el tiempo he ido dejando el fútbol en el olvido y ahora me da una pereza terrible ver un partido entero por televisión. Los domingos en la tarde, mientras algunos de mis amigos más cercanos seguían la fecha del torneo local con una pasión religiosa, yo solía dedicar el tiempo de ocio a cosas menos oficiosas. De hecho, ya que entramos en la etapa de las confesiones vergonzosas, voy a hacer otra que hará temblar a más de un colombiano de raca mandaca: no soy hincha de ningún equipo. Me da igual si el torneo lo gana Santa Fe, o América, o si Envigado desciende a la B.

Lo que no quiere decir, tampoco, que odie el fútbol. ¿Cómo explicarlo? El deporte más popular del mundo no produce en mí la terrible enfermedad que brota con ardor en otros. Claro que siempre es bueno ir al estadio, y más si es el Santiago Bernabéu y quien juega es el Real Madrid.

Desde que llegué a la capital de España, hace poco más de un mes, había pasado por la zona donde está ubicado el gigantesco monstruo y apenas lo vi por fuera, tan grande e imponente. Sabía que antes de regresar a Bogotá debía ir a algún partido, pero como aún queda buen tiempo pensé que lo haría luego. Lo iría postergando, como hacemos siempre los que dejamos las cosas para mañana, y posiblemente al final no saldría con nada. Quien sabe. Pero se me presentó una oportunidad de oro: un amigo colombiano, que trabaja en la oficina de prensa del Sevilla, me consiguió entrada para ver el clásico que su equipo jugaría contra el Madrid. ¿Cómo negarse? Ambos equipos andaban parejos en el rentado local: tan sólo los separaba un puesto en la tabla y la diferencia de un punto hacía más interesante el encuentro.

Aunque esa noche caía en Madrid un típico aguacero bogotano, agarré mi cámara, la libreta y un lapicero, me metí dentro de las capas de ropa que deben ponerse por estos días –camiseta, saco, chaqueta, pantalón térmico, guantes y gorro–, y cogí el metro con dirección al estadio. Eran las 6 y 30 de un domingo oscuro; la poca gente que había en la calle corría a refugiarse de la lluvia.

El monstruo, por dentro

El aguacero me recibió al salir del metro. En la última estación, cuando nos acercábamos al estadio, varios hinchas subieron al tren entonando cánticos, gritando. Iban borrachos. Me fui bordeando el gigante iluminado, esquivando con destreza la gente enfundada en impermeables y paraguas, mientras sentía cómo el agua se metía por mis zapatos. El frío calaba en los huesos. En la entrada a los palcos mi amigo me entregó la acreditación: una tarjeta de prensa que me permitiría ver el partido en la tribuna de los periodistas. ¿Qué más podía pedir? La mojada había valido la pena.

La entrada de los medios es por la puerta 53, una de las tantas enormes que circundan el Bernabéu. La gente hacía fila muy callada, sin empujarse, esperando su turno a pesar del rigor con que caía la lluvia. Por dentro, el estadio es muy normal: las mismas escaleras que llevan a distintos lugares, pasillos, un ascensor. Nada del otro mundo. Lo verdaderamente apabullante es cuando sales a ver la cancha y las tribunas. Cinco pisos llenos de sillas azules, con divisiones, que circundan una grama en perfecto estado. En la parte de abajo, frente a donde estaba, un enorme letrero con el nombre del club: Real Madrid CF. A los costados, arriba, dos pantallas de televisión donde más tarde anunciarían las formaciones de los equipos, y en las esquinas, las luces para iluminar la cancha. El estadio tiene techo y calefacción, por lo que el frío se siente menos. La lluvia, sin embargo, siguió cayendo sin parar durante toda noche.

En este punto debo decirlo: el ambiente no es el mismo y el fútbol tampoco. En Colombia el primero es bueno y el segundo malo; acá, por el contrario, el ambiente es más parco pero el juego es buenísimo. Entré una hora antes del partido, cuando el estadio aún estaba vacío; a medida que se fue llenando, mientras se acercaba la hora, se escuchaban pitos y silbidos. Lo que en Colombia sería la barra brava –esos pelados que se matan por un equipo de fútbol–, acá es un grupito reducido e inofensivo que se la pasa cantando casi todo el partido. Curioso: casi ni groserías dicen; sólo por ahí, tímido y sin ganas, les salió un “sevillano hijo de puta”. Pero nada más.

La salida a la cancha del Madrid es quizá el momento de mayor apoteosis. En la tribuna sur despliegan una enorme pancarta con la figura de un jugador haciendo una media chalaca y los hinchas que quedan justo arriba sacan decenas de cartones blancos. Abajo, un letrero grande dice “mágico Madrid”. La ovación es general, pero todo se hace rápido y limpio: el equipo sale, posa para la foto, se acomoda y arranca el juego. Nada de himnos nacionales, ni entrevistas, ni niños en la cancha de la mano de los jugadores.

El partido transcurre sin mayores tropiezos y con muchos goles. Mientras veo las figuritas de blanco que se mueven allá abajo pienso en lo que daría un verdadero hincha por estar donde estoy ahora. En lo que sentiría por ver a Cannavaro, a Robben o a Higuaín. La verdad es que, si me lo preguntan, tampoco es la gran cosa: después de todo son personas como cualquier otra y desde arriba apenas se ven sus siluetas. No sé cuál será la magia que tienen los jugadores del Madrid que, al menos en Colombia, hacen pagar a la gente hasta un millón de pesos por ir a verlos. ¿O no era eso lo que costaba la boleta más cara cuando fue a jugar con Santa Fe hace poco?

Pero quizás no lo entiendo. Tal vez usted, fanático de corazón, pensará que para comprenderlo hay que llevar el fútbol en la sangre; que sólo soy un tipo con suerte y que sin duda usted lo habría disfrutado más. Usted habría saltado, gritado, derramado lágrimas de emoción al ver a Raúl haciendo un gol en su estadio. Usted habría sido un mejor testigo. En eso pienso cuando todo ha terminado y camino hacia la estación del metro para regresar a casa. La lluvia sigue cayendo, ahora más fina y pareja, mientras dejo atrás el gran monstruo iluminado, perdiéndome entre paraguas y fanáticos con las caras largas.

Un intruso en el Bernabéu

A partir de hoy, y durante lo que resta de esta semana, colgaré acá las impresiones de un mal fanático del fútbol colado en el estadio Santiago Bernabéu, el imponente monstruo donde juega el Real Madrid. ¿Cómo logré meterme en uno de los templos más sagrados del fútbol, un lugar donde cualquier fanático sufriría de hipertensión crítica? Les dejo esta crónica en tres entregas, para que los hinchas de verdad, aquellos a quienes el fútbol les corre por las venas, maldigan la suerte y la poca credibilidad futbolística de quien esto escribe. Sin más, señores: ¡qué ruede el balón!


***


Cuando Frederic Kanouté, delantero del Sevilla, anotó el tercer gol de su equipo al minuto 38 del primer tiempo, los 80 mil espectadores del estadio Santiago Bernabéu por fin estallaron. Miles de aficionados llenaron el imponente recinto con chiflidos y varios les gritaron un tímido “joder” a los jugadores del Real Madrid, parándose de sus sillas y gesticulando con las manos. En Colombia, la misma situación habría provocado decenas de hijueputazos y hasta conatos de bronca entre las barras de uno y otro equipo. En el Bernabéu, por el contrario, sólo duró un minuto. Y eso que a esa altura, cuando aún quedaba más de la mitad del partido por delante, el equipo de casa perdía tres goles por uno. Un desastre: la debacle de uno de los mejores oncenos del mundo se veía venir.

Todo cambió, sin embargo, cuando apenas corrían los primeros minutos del segundo tiempo. El Madrid, que había salido a arrasar, logró empatar el partido con goles de los argentinos Higuaín y Gago. Los mismos aficionados que antes los chiflaban ahora saltaban y agitaban con pasión sus gorros para protegerse del frío. Es curioso como el fútbol se parece a la vida en ese aspecto: la gente puede pasar de la risa al llanto en cuestión de minutos. Pero la alegría no era igual; si bien los espectadores despertaron y el ambiente se tornó más cálido, no pude evitar pensar que en Colombia la misma situación hubiera generado histeria colectiva y, seguro, una fiesta larguísima con pelea incluida. En el Bernabéu, aquella noche del 7 de diciembre, la lluvia seguía cayendo fina, como un telón de fondo que acompañaba la obra, y la gente, como al principio, en el fondo continuaba impasible.

Justo cuando todo parecía sentenciado, un desborde por la derecha del Sevilla terminó en gol de Renato. Faltaban seis minutos para finalizar el partido y el Madrid caía en su propio estadio; para rematar su mala racha, cuando el árbitro pitó el final descendió un puesto en la tabla. La última vez que el equipo sevillano le ganó al poderoso blanco en el Bernabéu fue en diciembre del 2004, cuando un solitario gol de Julio Baptista dejó en silencio a los aficionados. Lo anterior lo sé no porque tenga una gran memoria futbolística, sino porque el dato venía incluido en el dossier de prensa que me pasaron al entrar al estadio. Pero, ¿qué hacía yo, un mal fanático de fútbol, en la tribuna de prensa de uno de los estadios más importantes del mundo?

Continuará...

Cuestión de imagen

Es loable –pero cansón– el esfuerzo tan arduo que hacen en Colombia por limpiar la imagen del país en el exterior. Tanto adentro como afuera, todos, en algún momento, hemos tenido que aguantar ese corazoncito rojo que sale hasta en unas papas fritas y viene acompañado por el peligrosísimo eslogan de Colombia es pasión. Es inevitable, pues ya hasta varios cantantes de tropipop se unieron para aullarle al mundo su pasión por la tierra del Divino Niño.

El problema es que por más campañas que hagan va a ser muy difícil cambiar la imagen que tenemos fuera. En poco más de un mes que llevo lejos he tenido que aguantar todo tipo de chistes cuando, por algún motivo, me toca decir que soy colombiano. Me han dicho de todo: que mucho Colombia afecta el tabique; que no vaya a llevar nuestro producto típico de exportación ilegal a la cena de navidad, y decenas de comentarios por el estilo que involucran nuestras dos grandes desgracias: droga y violencia.

Pero lejos de indignarme por semejante nimiedad, lo que hago es tomarme la cosa con gracia. Seguirles el juego y reírme con ellos de nuestro primer lugar en producción de coca y restarle seriedad a las cosas que pasan todos los días en el país. El otro día, por ejemplo, una española de la clase me preguntó si era verdad que en Bogotá no se podía tomar un taxi en la calle; tuve que explicarle, con todos los detalles del caso, que hacerlo implica correr el riesgo de que dos tipos se te monten al carro por detrás y te saquen toda la plata de la cuenta bancaria para luego dejarte botado por ahí.

Y bueno: no es que me guste mucho contar estas cosas, pero tampoco pretendo tapar el sol con las manos. Si tenemos la fama que tenemos es porque hemos hecho méritos para cultivarla; por eso indignarse tanto me parece una pendejada. ¿Por qué emberracarse por algo que en el fondo es verdad? Es algo, por demás, inútil.

Una cosa más: tampoco crea usted que no extraño el país, ni vaya a tildarme de apátrida. Europa puede ser muy bonita y todo lo que usted quiera, pero la vida en Colombia es otra historia. A mí me encanta, pero sé que no necesito cortinas de humo ni eufemismos pendejos como el manido y cansón de ‘Colombia es pasión’.

¿Escritores de blog?

Hace ya días salió en el periódico que unos médicos asiáticos, si mal no recuerdo, estaban buscando catalogar la adicción a Internet como una enfermedad más. No está mal. El problema es que tendrían que dividir esa adicción en pequeños grupos porque no es sólo la conexión a la red lo que nos mantiene jodidos a muchos, sino todo lo que hay en ella: que el correo electrónico, que el blog, que las redes sociales, que una lista interminable. Traigo todo esto a colación porque ayer, en clase, un amigo me contó que estaba pensando abrir un blog para dejar plasmadas las impresiones de este viaje que apenas comienza. Yo, que suelo ser inconstante, no quise decirle que ya había pasado por eso y que abrir un blog implica casi lo mismo que cualquier otro vicio: tener que sentarse muchas veces frente al computador, sin nada que decir, para alimentar esa barriga que crece y pide. Quise hacerle ver que la relación con esa paginita es de amor y odio, y que si bien muchas veces salen cosas buenas, hay otras en que no se redacta más que basura. Estuve tentado a explicarle que cuando uno está borracho se siente dichoso, pero que al día siguiente, en medio del guayabo, viene la tal conciencia a mortificar, al menos por un ratico.

Pero no se lo dije.

Y no lo hice porque, para cualquiera que escriba, el blog es una experiencia muy sabrosa. La página, el teclado y quién redacta; unas herramientas de diseño que manejaría hasta un niño y listo, eso es todo. Una amiga que se toma muy en serio dice que ella no quiere ser “escritora de blogs”. Y yo me pregunto, ¿qué es ser escritor de blogs? ¿Es acaso más humillante que ser un escritor de pipa, bufanda y libros de más de 450 páginas? Si el escritor escribe se entiende que cualquier parte es buena para hacerlo: un papel, una servilleta, una máquina, un blog, Facebook o donde le dé la gana. El escritor es escritor y punto. Si Corín Tellado escribe novelas rosa y Gabo es premio Nobel, al final los dos son escritores. Que uno es bueno y la otra juzguen ustedes, eso ya es otra historia. Pero es que, a fin de cuentas, ¿quién es escritor? ¿El funcionario público que escribe en las noches sus historias o el que se la pasa todo el día perfeccionándolas? Kafka era de los primeros.

Me desvié.

Al final le escuché a mi amigo la historia del blog. Cuando terminó me quedé en silencio un rato y, luego de mirarlo a la cara con gravedad y asentir con la cabeza, le dije que me parecía una idea estupenda. Y claro: que tenía que darme la dirección.

¿Quién mató a Palomino Molero?

Hace unos días Vargas Llosa regresó a Madrid para presentar un libro suyo sobre la obra de Onetti. Uno más de sus juiciosos estudios donde analiza con lupa la obra de un autor que alguna vez le cuestionó, en tono de broma, su relación con la literatura: “la tuya es marital mientras que la mía es de adulterio”, le dijo Onetti, sin duda refiriéndose a la férrea disciplina que desde siempre se ha impuesto el peruano y que más de uno quisiera tener. Entre ellos yo, por ejemplo. Y bueno: ya estoy de nuevo hablando del arequipeño. Qué pereza, como si no existieran más autores. Pero, ¿qué hago? Cada vez que me encuentro con un libro suyo que no he leído se me vuelve una obsesión, casi una obligación, sacarlo de donde esté. No puedo hacer nada. Y así fue como en estos días, mientras me daba una vuelta por la biblioteca que queda cerca a donde estoy viviendo, me encontré con ¿Quién mató a Palomino Molero?, un librito que jamás había visto y que, según leo, escribió por allá en el ochenta y seis.

¿Qué puedo decir? En poco menos de 200 páginas, Vargas Llosa nos muestra la historia del teniente Silva y el cabo Lituma, quienes se dedican a investigar el atroz asesinato de Palomino Molero, un cantante de boleros que entró a la Fuerza Aérea peruana siguiéndole los pasos a una chica. Al principio no hay muchas pistas, pero el lector pronto descubre hacia dónde apuntan los asesinatos y todo parece muy claro hasta que el narrador, poquito a poco, le va enredando la pita. Ahí reside la gracia del librito. Al final todo queda muy claro para uno, pero al revés de cómo debía haber terminado. ¿Suena complicado? Sí, tal vez un poco, pero quienes por casualidad lo hayan leído seguro entenderán mejor.

Y así como para responder a la pregunta con que empieza el párrafo de arriba, creo que es poco lo que diré. Que me gustó –como suelen gustarme las novelas de este autor–, que pasé un buen rato y que la técnica es genial. No fue mi culpa haberlo encontrado ni hablar aquí de sus libros; juro que es algo más fuerte lo que me obliga a hacerlo. Ahora me pego una pasadita por la biblioteca y saco otra cosa, algo completamente diferente. Pero no les voy a negar que después de leer este libro quedé con un fresquito delicioso. Y hasta aquí llego, porque ya me mamó este tono de fan enamorada. Sólo una cosa: si pueden, leánlo.

Un clásico de siempre: A sangre fría, de Truman Capote

Detesto generalizar pero creo no equivocarme al afirmar que el sueño frustrado de todo periodista es escribir una obra de la talla y magnitud de A sangre fría. O bueno: de todo periodista con ambiciones literarias. Porque uno cierra la última página de este libro –que se relee con un gusto delicioso– y no puede hacer otra cosa que putear a Capote. Malparido, ¿cómo carajos escribió esta obra maestra? ¿Cómo se le ocurrió sacar este retrato tan nítido a partir de un hecho que, si bien terrible, hubiera pasado de largo después de unos meses? Pero cada capítulo de este libro está tan bien diseñado, cada palabra tan puesta donde debe estar, que el resultado no puede ser otro: un relato increíble.

La narración de los hechos es tan detallada, tan excesivamente minuciosa, que no deja ni un cabo suelo. En los primeros dos capítulos (Los últimos que los vieron con vida y Personas desconocidas), Capote pinta el retrato de la familia Clutter –padre, madre y dos hijos– mostrándolos tan perfectos, tan gringos y tan rectos, que el lector puede llegar a detestarlos. El exceso de pulcritud es también terrible. De manera paralela están las andanzas de Dick Hickock y Perry Smith, quienes luego cometen el brutal asesinato: un tiro de gracia en la frente para cada miembro del clan Clutter después de amordazarlos en su propia casa. La reconstrucción de los hechos deja algunas preguntas que se van resolviendo en el tercer capítulo, Respuesta, donde viene la confesión del crimen por parte de los asesinos y que mantiene al lector atado a la silla hasta la última línea. El último, El rincón, narra el único desenlace para estos asesinos en un estado como Kansas durante los años sesenta: la pena de muerte. Y todo se cuenta por medio de un narrador omnisciente tan sutil, que en la única parte donde se revela en carne propia es casi al final, cuando dice, refiriéndose a sí mismo y en boca de uno de los asesinos: “Nadie viene a verlo a él excepto usted –dijo refiriéndose al periodista que tan amigo era de Smith como de Hickock–”.

Puede que Capote fuera un insoportable engreído que quería ser siempre el centro de atención, pero sólo por este libro se le perdona todo. Además, ¿a quién le importa el autor? Una cosa es quien escribe, y otra lo que está en el papel. Ahora, que si en estos tiempos de periodismo multimedia y toda esa cháchara alguien quiere recordar cómo se hace una buena crónica o cómo se construye una historia, debe volver a este libro. Una, dos, tres o las veces que sean. Y siempre, seguro, le sacará más gusto.

Morir

“Entre todos los ritos fúnebres elucubrados por las criaturas de este mundo siempre he admirado el de los elefantes, tienen una extraña manera de morir, ¿la conoces? Cuando un elefante siente que ha llegado su hora se aleja de la manada, pero no se marcha solo, escoge un compañero que vaya con él, y parten. Empiezan a caminar por la sabana, a menudo a trote, depende de la urgencia del moribundo… y avanzan y avanzan, durante kilómetros y kilómetros tal vez, hasta que el moribundo no decide que ése es el lugar para morir, y da un par de vueltas trazando un círculo, porque sabe que ha llegado el momento de morir, la muerte la lleva dentro, pero siente la necesidad de situarla en el espacio, como si se tratara de una cita, como si deseara mirar la muerte a la cara, fuera de él, y le dijera, buenos días, señora muerte, ya estoy aquí… el suyo es un círculo imaginario, naturalmente, pero le sirve para geografiar la muerte, si puede decirlo así… y en ese círculo sólo puede entrar él, porque la muerte es un hecho privado, muy privado, y allí no puede entrar nadie más que el que se está muriendo… y entonces le dice al compañero que le abandone, adiós y muchas gracias, y el otro regresa a la manada.”

Antonio Tabucchi
Tristano muere

Vicky Cristina Barcelona

Es una lástima que el título diga tan poco sobre esta película. Porque usted lo ve así, tan frío, tan inexpresivo, y no se imagina que se trata de un complejo triángulo amoroso –o cuadrado, si es que cabe– en el que se ven envueltas dos turistas norteamericanas en Barcelona, un pintor bohemio y su antigua esposa, una artista con problemas depresivos que la bella Penélope Cruz interpreta divinamente.

Es triste, digo, porque a pesar de que sea difícil sacarle su lado gracioso al tema, uno termina riéndose en su silla. Claro: me dirán que detrás está el sello de Woody Allen y yo les contestaré que tienen razón. Eso no se discute. Pero es que el tema apunta a descifrar la forma cómo cada uno de estos personajes entiende el amor. Un amor que para muchos es rígido y rutinario; para otros, libre y doloroso, y para unos más deseo e incógnita. Y todo se jode cuando esa bomba exposiva se junta.

En todo caso, casi todos los comentarios del público que vi en los foros de los periódicos o portales de cine sobre esta película fueron negativos. A la gente no le gusta y la mayoría de devotos que tiene Allen le reprochan haber escrito y dirigido algo que, para ellos, no se acerca ni poquito a sus demás cintas. Se rasgan las vestiduras con la actuación de la Scarlett (que bueno, aceptémoslo: no está tan buena como ella); con el hecho de que Barcelona parezca una postal (lo cual no me pareció, y eso que no conozco la dichosa ciudad); y, sobre todo, con que el director haya filmado tres películas buenas en Inglaterra y que ésta, rodada en España, no sea del mismo calibre. Vaya uno a saber si es una especie de regionalismo absurdo.

Está bien, hay algunas cosas que sobran: mucha voz en off; Scarlett no está tan bien y blablablá. Pero con la película se pasa un rato divertido. Bardem y Penélope se roban el show y la historia, en medio de las críticas, se desarrolla y se resuelve bien. Quizás no sea el gran Woody Allen de otras películas pero no está mal. Nada mal.

Volver

Cuatro meses después he decidido regresar a mi vieja casa. Las razones por las que vuelvo no son muy distintas a las que esgrimí cuando me fui: porque siempre he sufrido de inconsistencia crónica. Si al principio me tenía mamado, ahora me hace falta; si al final de la época de Matamoscas quería hacer algo distinto, ahora quiero regresar a lo viejo. O mezclar las dos. O hacer otra cosa. Es que, al final, ¿quién en sus cinco sentidos puede de verdad saber lo que quiere? “No hay en este mundo nada constante, salvo la inconstancia”, escribe Jiménez que dijo Swift hace tantos años. Y vaya si tiene razón. Así que empaco mis maletas en la puerta y regreso para que se trasladen otra vez, o no vuelvan si es que les cansa tanto. Como ven hay nuevo diseño y por el contenido ni se preocupen: prometo seguir escribiendo las mismas sandeces de siempre. Así que si usted regresa, siéntase como en casa: quítese los zapatos, estire las piernas encima de la mesa y sea de nuevo bienvenido.